viernes, 21 de agosto de 2009

APOSTILLAS INGENUAS CONTRA UN CHISTE MACABRO

Por Luis Sexto

Los cubanos arrastran la fama de humoristas. Incluso, la fama de un humor corrosivo: el choteo. Pero verdaderamente el choteo, el tirar a relajo lo serio, ¿es solo defecto o virtud de los cubanos? Acabo de leer esta nota en el Nuevo Herald de Miami: “La hija de un piloto estadounidense que desapareció en 1963 durante una misión encubierta de la CIA para llevar armas a los opositores de Fidel Castro, recibirá una indemnización de $21 millones por una orden judicial que halló culpable de su "muerte por negligencia'' al gobierno cubano. Un juez de la Corte Superior del condado Waldo, en Maine, falló a favor de Sherry Sullivan, hija del piloto Geoffrey Francis Sullivan, y ordenó la millonaria compensación por ‘la pérdida de sustento monetario, los severos daños emocionales y la angustia sufrida' por la mujer tras la pérdida de su padre.”
Volvamos a leer. Despacio. El piloto norteamericano Geoffrey Francis Sullivan perece o desaparece en una misión encubierta de la Agencia Central de Inteligencia: trasladar armas a los opositores alzados contra el gobierno revolucionario cubano, en 1963. Al parecer muere en esta misión, porque la nota no cita ninguna de las fuentes “confiables” que dicen que el piloto estuvo en la cárcel. El juez le concede a la hija el derecho a cobrar una indemnización de 21 millones de dólares. El gobierno cubano “tendrá” que pagarlos por haber incurrido en una “negligencia” que ocasionó el fallecimiento del piloto. Más o menos, eso es lo que se sobreentiende…
Uno pregunta: quién le asignó al aviador Sullivan una misión subversiva y por tanto ilegal contra un Estado vecino de los Estados Unidos: ¿La CIA o el G2 cubano? La CIA, desde luego. Así ha sido reconocido. Y dónde radica la “negligencia del gobierno cubano”. En defenderse; en derribar el avión violador de su espacio aéreo y abastecedor de armas a enemigos de Gobierno. Ahora bien, si murió en la cárcel, dónde aparecen las pruebas de su justo encierro, incluso, las pruebas de que murió por negligencia. No se expresan. Pero ¿habrá una fuente “confiable” entre los enemigos de la revolución cubana en los Estados Unidos? ¿Fuente confiable entre personas que todo cuanto han hecho, en términos políticos, ha sido básicamente por dinero? Habría que ver.
Ingenuamente, creo: Si Sullivan murió en una misión de la CIA, haya sido derribado en el aire, o muerto en un accidente, o fallecido en la cárcel por enfermedad, la indemnización corresponde, en justicia, a la institución y el gobierno que lo envió a penetrar en cielo extranjero en una misión de guerra.
Este fallo judicial es, como otros de parecido corte, un chiste macabro. O un buen negocio. Además de lo que reciben los abogados y la demandante, cuánto le tocaría al juez…
Ahora bien, a quién podrían demandar las víctimas cubanas del terrorismo que ha procedido de territorio norteamericano. ¿Quién, por ejemplo, resarce a los familiares de los cubanos y extranjeros muertos en la explosión de la nave de Cubana de Aviación en Barbados, en 1976? ¿Posada Carriles, entrenado, nutrido, pagado, protegido por la CIA? ¿O acaso el gobierno cubano por haber hecho la revolución, haber declarado el socialismo, haber entrenado jóvenes campeones de esgrima y haber mantenido volando una empresa aérea nacional?
De acuerdo con la lógica de ciertos jueces norteamericanos, el gobierno de Cuba también tendría que indemnizarlos: si no hubiera habido revolución, ni Posada Carriles ni otros terroristas habrían tenido que andar con dinamita.
Ah, el mundo está al revés. El dinero lo corrompe… Y convierte las razones de llanto, en una mueca cínica.

jueves, 20 de agosto de 2009

A QUÉ HORA SE LEE A ELISEO


Por Luis Sexto
Leyendo a Eliseo Diego me he preguntado si la poesía pide la hora exacta para ser degustada. Como el té de los ingleses. Lo he leído habitualmente al atardecer, cuando se nos viene la sombra mortecina y quejumbrosa del día en su fin. Y quizás sea natural. Porque su poesía, como la tarde, es serena, quieta, amortiguada luz de una vela.
¿Estará en mí, lector al fin, esta preferencia horaria, esa impresión crepuscular, o ciertamente la poesía de Eliseo Diego se apega a lo vespertino?
Solo el poeta pueda, quizás, esclarecerlo. El poeta no escapa a su autodefinición. En un poema, en un verso habrá la imagen que contenga la silueta del hombre, o la sustancia de la obra... También en la palabra más recurrente, la más repetida, que aparece y sorprende por la escasa distancia con que fue dicha vocablos antes. Y puesto, pues, a ese gratísimo conteo, entre otros códigos posibles topo con “oscuro” y sus afines como noche, nocturno, penumbra, sombra.
Ahora me percato de una contradicción. Qué tiene que ver esa filiación estilística a palabras semánticamente tan opacas con la poesía de Eliseo Diego, donde “la demasiada luz forma otras paredes con el polvo”, y por tanto esa claridad ahuyenta las cáscaras del desorden, la impuntualidad verbal de lo inacabado. La poesía de Eliseo Diego ha sabido registrar, reflejar la luz afilada de la tierra donde el poeta siente y conversa la euritmia intachable del poema: “En mi país la luz/ es mucho más que el tiempo, se demora/ con extraña delicia en los contornos/militares de todo, en las reliquias/ escuetas del diluvio./ La luz en mi país resiste a la memoria/ como el oro al sudor de la codicia,/ perdura entre sí misma, nos ignora/ desde su ajeno ser, su transparencia.” No he visto nuestro paisaje solar tan sustanciado, tan filtrado en los aljibes interiores de un poeta. La cubanía es característica e intención de los poeta señeros de Orígenes, y quizás el nombre de ese grupo, esclarecido epígrafe de la literatura cubana, no responda tanto al nombre de un padre de la Iglesia Católica Romana cuanto a un apego humilde y subterráneo a la patria.
Tendría, para responder definitivamente a mis preguntas iniciales, que ir al encuentro de la pieza o el verso auto definitorio, auto explicativo, de que hablé un poco más arriba. Y entre otros también posibles, hallo en su libro El oscuro esplendor la pieza deseada. Su título: “No es más”… “Un poema no es más/ que una conversación en la penumbra/ del horno viejo, cuando ya/ todos se han ido, y cruje/afuera el hondo bosque; un poema/ no es más que unas palabras que uno ha querido, y cambian/ de sitio con el tiempo, y ya/ no son más que una mancha, una/ esperanza indecible;/ un poema no es más/ que la felicidad, que una conversación/ en la penumbra, que todo/ cuando se ha ido, y ya/ es silencio.”
En ese poema hallo la atmósfera predominante en la poesía de Eliseo Diego. Nos explica el porqué En la Calzada de Jesús del Monte, o en Los días de tu vida, o en Versiones, o en cualquiera de sus libros, los poemas nos parecen vistos a través de un cristal neblinoso. Y como en una espiral al revés -de arriba hacia abajo-, va degradándose la intensidad de la entonación, como en una conversación lenta, morosa, musitada en la esquina más recoleta, íntima, oscura de la casa familiar.
La penumbra, según otro poema, compensa al poeta: “Habiendo llegado al tiempo en que/ la penumbra ya no me consuela más/ y me apocan los presagios pequeños…”
Cómo habré de figurarme al autor de esta poesía tan hilvanada como las cuentas de un rosario que alguien desgrana en anublada soledad. Lo imagino tal un fraile, un monje contemplativo que, libro de horas al pecho, anda cabizbajo por la huerta de la abadía meditando en los misterios universales de la muerte, el tiempo, un muñeco guardado en un baúl, un payaso, una dama retenida en un óleo, o el misterio del niño que sabe “conmover la tranquila tristeza de las flores”.
No podré seguir dudando, según las sensaciones anuentes de mi lectura, que la poesía de Eliseo Diego se relacione con lo crepuscular. Por lo dicho antes, me convenzo de esa suave, apagada, mortecina luz que oscurece la construcción de sus ámbitos poemáticos. Y Lo acepto porque un poeta también es hijo, obra de los libros que lee, como de su sensibilidad y de las circunstancias sociales que la moldean. Quizás de la poesía inglesa que leía y traducía; de los cementerios, esquilas, brumas del norte anglosajón, le provenga a Eliseo Diego su afición a la niebla, al crepúsculo, a la noche, que se afilian a la atmósfera de la nostalgia, del íntimo mirarse dentro cuando el poeta intenta hallar el único y vario sentido de las cosas que renombra, pero, al fin, no acaba de comprender.
O pudiera ser que la poesía, en su lengua universal, el sentimiento común, que a pesar de palabras tan disímiles resulta inteligible en cualquier espacio humano, tenga su concreción más lancinante en lo borroso, lo entrevisto. Y más que en el júbilo solar, hiriente de la oda a la alegría, elija su nicho más acogedor, abrigado, en la evocación nostálgica de “todo cuanto se ha ido/ y ya es silencio”.
Tal vez, y la inseguridad es la actitud propia de materia tan entrañable, Heine haya descubierto la verdad al señalar el pasado como la patria del alma. Al menos la patria del poeta. Y también de quien lo lee.

martes, 18 de agosto de 2009

VIVIR LA VIDA

Por Luis Sexto
¿Acaso hacemos algo distinto? Tengo vida, luego vivo. Esa es la certeza íntima e impostergable de cualquier persona. Vivir, imperativo, avalancha sucesiva de energía y conciencia. Pero la frase no es tan torpe como aparenta. Excluye el simple existir, el mero impulso de respirar y andar.
Vive la vida. Y en el horizonte de tan redundante máxima, prevalece cierta subrepticia y nociva intención. Recomienda algo más. Y lo que nos pretende sugerir en tono tan inapelable, equivale a un apartamiento de las consideraciones éticas, a un cerrar los ojos ante una disyuntiva moral. Sacrifica la honradez, la verdad, el amor. A eso apunta. Porque vivir la vida para esta frase tan recurrente implica la erupción del yo y la inmersión del él, del tú, del nosotros. Exaltación, apoteosis del egoísmo, en la trama un tanto desvergonzada de una filosofía vitalista cuyo objeto es el placer y el tener.
Vive la vida. Goza, despreocúpate, záfate. Y los principios, ah, los principios, conviértelos en tus “fines”. No partas de ellos, móntate sobre ellos. Y simúlalo. Sólo se vive una vez...
Ahora, luego de haber hecho la ficha de tantas frases de uso común, me doy cuenta de que son versiones de una única actitud; visiones presuntuosamente originales del descrédito. Vive la vida. ¿No es en su esencia igual que Déjate de escrúpulos, Échatelo todo a la espalda, Que arree el de atrás... Ha sido este diccionario un serón de redundancias, un tragante de malquerencias. El contacto con un lejano y persistente legado que utiliza la lengua para acusar su presencia.
Y no ha de asustarnos. El hombre es mezcla. La vida es mezcla. La historia se configura con el barro y con la sangre. Y la sangre va limpiando, como el discurso de Diógenes desde su barril, las adherencias irracionales. Y la frase Vive la vida abre, como luego un baño profundo, otros espejos, se resuelve en otra dimensión. Y en vez de ser sinuosa, escabrosa, norma de conducta, pasa a componer un desafío. Vive la vida. Esto es, sóplale sentido: convierte el beso en luz; el trabajo en cimiento; el deber en carné; la palabra en sinceridad; el acto en justicia; la relación en solidaridad.
Y los principios, ah los principios, transfórmalos en fuerza, en medio de renovación. Porque, si no, por mucho que los pregones, por mucho que aparentes rendirles acatamiento, se descubre que está viviendo la vida al revés, usándolos para tu provecho. Con lo cual, además de falsearlos, los expone al desdoro. Porque otra cosa no hace quien, en nombre de un principio justo, daña a una persona por un empleo equívoco o inmoral de aquel.
Simone de Beauvoir recomendaba que para vivir con plenitud de satisfacción la etapa última, esa que los nomencladores llaman eufemísticamente tercera edad, hacía falta entregarse a una pasión. Y me parece que no solo en el tramito final. Entregarse a una pasión aun cuando el vigor se desparrame por hirviente y abundante. A una pasión, creo interpretar la idea de la compañera de Sastre, que rebote en otro, en un plural juego de dar una prenda, aunque del lado de allá solo retorne el vacío. Porque, al cabo, el acto de dar implica también el de recibir las certezas de que se tiene el sentido profundo de la convivencia.
Vivir la vida es suma de elementos que no tienen razón natural para derivar en el egoísmo. Si así fuese, ya empezarías a ser el “bon vivant” de los franceses. El vividor de nuestra lengua Vive tu sueño, tu proyecto, pero integrado al sueño del otro.

sábado, 15 de agosto de 2009

EL COLOR QUE POCOS QUIEREN

Por Luis Sexto
Uno se pregunta qué es ser periodista en un mundo donde hay que preguntarse a cada rato si lo que veo, oigo o leo es verdad o simple ficción teatral. Y por lo cual uno puede deducir que los “periodistas mediáticos” –fíjense que no es lo mismo que periodista a secas- han venido derivando hacia una mutación que oscila entre el escenógrafo y el tramoyista, bajo el control genético de los grupos de poder político y económico.
El asunto es ya un plato común en el menú temático de la actualidad. Recuerdo que a mediados de esta década, se aposentó en mi bandeja de entrada el mensaje electrónico con el que una periodista y amiga boliviana compartía algunas de sus apreciaciones sobre los acontecimientos en La Paz*. “¿Sabes que la CNN sacó a su corresponsal de Irak para que venga a cubrir la “guerra” en Bolivia? Creo que los gringos están locos por mandarnos los Cascos Azules.” Y al imaginar el apresurado tránsito del infalible corresponsal de la CNN desde un frente caliente a “otro frente” más frío y local, intuyo que fue a preparar el próximo teatro de operaciones si es que la Casa Blanca estima que más apropiado que un golpe militar para vigilar y preservar la democracia en Bolivia, resultaría una intervención humanitaria.
Qué significa, pues, ser periodista en este mundo. No renuncio a repetir que el periodista, en la mayoría de los sitios habitables del planeta, es un personal auxiliar –directa o indirectamente- de los intereses geopolíticos de los Estados Unidos y sus aliados. Y no es raza nueva. Una de sus células matrices surgió y prosperó en la guerra hispano cubana americana, en 1898, cuando el astuto William Randolph Hearst -propietario de la cadena “mediática” del mismo nombre- le dijo aproximadamente al presidente de los Estados Unidos: Prepare la guerra que yo pongo las justificaciones. Que consistían en publicar noticias presuntamente provenientes de sus enviados a La Habana con historias fraudulentas o manipuladas de modo que ante la opinión pública norteamericana se amontonaran las buenas razones para avalar una guerra del naciente imperialismo norteamericano contra el senescente colonialismo español. ¿Alguna diferencia con los preparativos de la campaña contra Irak o Afganistán?
Ya desde entonces –preliminares del siglo XX- el periodista a lo Emilio Zola o a lo John Reed se viene transformando en una figura con olor a naftalina o a formol. Raramente algunos, que suelen ser de izquierda, son capaces de echarse a las espaldas una causa y defenderla con ingenio, coraje, verdad, como en el caso Dreyfus, o se arriesgan a ser testigo abnegados, verídicos, objetivos, de un “México insurgente” o de “diez días que estremecieron al mundo”, o apuestan a la denuncia de “los hombres del presidente”. Por tanto, ser hoy periodista de vocación, servidor de la verdad -sobre todo de la verdad de los de abajo, los escarnecidos y oprimidos- es un modo fuera de moda dentro de la llamada democracia occidental o burguesa, cuyos medios se han centralizado o concentrado tanto que sus fines de servicio público se frustran bajo la avalancha de intereses privados o corporativos. Raspen la piel de una red de periódicos o de televisoras, o en la propia web y verán los vasos sanguíneos de un monopolio –aunque ya la actualidad no admita este término- vinculado a troncos empresariales de múltiplo objeto y razones sociales.
Casi no existen opciones. Ahora predominan los “periodistas mediáticos”. Han empezado a ser una categoría infamante. Su autoestima se disuelve ante las cámaras y las palabras, porque “median” entre la verdad y la mentira, entre el terror y los aterrados, entre la guerra y los que la fomentan y se benefician con la destrucción y la muerte. Antonio Maira, imprescindible periodista a secas de Insurgente, ha inventado, a mi parecer, el verbo cipayear, que les encaja sin mayores regodeos. No escriben ni reportan, cipayean, en nombre de un crédito concentrado a base polvos de estrellas extintas.
La periodista española Maruja Torres cuenta en su libro Mujer en guerra que cuanto conflicto bélico cubrió en su borrascosa profesión fue con la misión de dar color a lo que pasa. Los editores del El País sabían qué le pedían a la polémica columnista cuando la remitieron a Beirut. Otros se ocupan de decir lo que pasa. Pero no basta si seriamente se empeñan los medios en informar.
“Dar color” en el periodismo sugiere mucho más que una pincelada. Una frase saturada de alguna sentimentalidad gratuita. El periodista polaco Rysiard Kapuscinski en una entrevista con el periódico La Jornada, de México, lo definió así, de modo que ya podemos entender de que empiezo a hablar: Uno se percata que los instrumentos tradicionales del periodismo son insuficientes cuando queda mucho por decir en una nota informativa, un cable. Y por ello hay que pedir prestado ciertos recursos a la literatura de no ficción para que el periodismo pueda reflejar el llanto de una madre sobre el cadáver de su hijo calcinado por un misil y la desesperación de una familia ante su casa arruinada por bombas y cañones.
El norteamericano Norman Sinn llama periodismo o reportaje personal a lo que otros llaman periodismo literario. El nombre de periodismo personal, parece ser el que más se ajusta dadas las circunstancias en que hoy predomina la imagen y con ella la televisión. Aparte de sus características hipnóticas, de su imposibilidad de establecer una relación dialógica con el receptor, la TV es uno de los medios más enmascaradotes y manipuladores de la realidad. Las cámaras de vídeo la eligen y graban de modo aséptico. Periodistas y camarógrafos llegan solo a donde necesitan, hablan exclusivamente con quien necesitan y sin siquiera oler el ambiente toman el autobús o el helicóptero hacia los estudios donde con un fragmento de realidad pretenderán expresar todo el orbe local. La TV y otros medios han inaugurado la época de “la información como espectáculo”, según el parecer de la propia Maruja Torres, que estima, además, que muy a menudo una foto miente tanto como mil palabras A mi parecer, la mayor manipulación periodística del acontecer se ubica en la aparente objetividad de la noticia o la información. Poco espacio se le da a los valores humanos.
El periodismo personal, pues, viene siendo un antídoto para esa manipulación mediática que ignora las zonas más conflictivas de un conflicto. Le enviada de El País tenía razón: ir a Beirut para “dar color”… el color de la sangre y el color de dolor singularizado en una persona, víctima de una guerra cuyo sentido se oculta a veces en subterfugios de nacionalismos, de tendencias religiosas o de rescate de las libertades conculcadas por un “genio del mal”. Y para “dar color”, para escribir como artista, y persona humana lo que se observa como periodista, se necesita levantar las cubiertas de los sótanos, penetrar en las alcobas, llegar a los hospitales y cementerios. Ya no se trata de contar cuantos misiles estallaron esa noche. O cuantas excusiones de la aviación de los invasores.
El periodista narrador, el John Reed de este momento, tendrá que andar por ahí, democrática y honradamente entre la gente, dándole protagonismo a los parias, apostando incluso su vida a una historia verídica que servirá para revelar el dolor más soterrado e intenso. Ese que hoy casi ningún medio, ni ninguna fuerza política mezclada con la pólvora y las explosiones, quieren dejar ver.



*Sublevaciones populares que obligaron a renunciar al presidente Carlos Mesa.

viernes, 14 de agosto de 2009

¿DÓNDE ESTÁ SANCHO?

Por Luis Sexto
Los Quijotes en Cuba abundan en un doble significado: uno parte de la ética; el otro de la piedra o del bronce. Por un lado, los cubanos suelen ser soñadores irreductibles de causas justas, y cabalgan abnegadamente sobre Rocinante deshaciendo entuertos. Y por otro, en el país abundan los monumentos consagrados a don Alonso Quijano, el Bueno. Allá en Puerto Padre, en el norte de la provincia de Las Tunas, una escultura del Quijote de los Molinos exhibe su virilidad erguida (aunque hace poco descubrí que se la habían cercenado; ¿quizás algún tímido o impotente?). En Varadero, el balneario de azul intenso, se empina otra imagen del Caballero de la triste figura… ¿Dónde más?
Ah, el Quijote de 23 y J, en la Habana. Lo digo de inmediato: es conmovedora, impactante, la imagen airada, furibunda, encabritada del caballero vestido de alambre. Pero cuando me le acerco echo de menos a alguien. ¿Lo adivinan? Le falta Sancho, como a otras piezas. No sabemos dónde estaba el escudero cuando el escultor Sergio Martínez tejió los hilos cobrizos de ese Caballero Andante belicoso, tan tenso como el alma de un loco.
¿Habría cruzado Sancho la avenida 23, para pedir -él tan pendiente del yantar- una ración de pescado en el restaurante Los siete mares, y por eso, en el momento de erguirse la estatua de su amo, perdió su puesto en la estampa como jinete sobre un borrico? Quizás el artista confesó a algún periodista las razones por las cuales excluyó al bonachón aldeano. Y la respuesta exigiría rebuscar en los archivos; el autor ya murió.
El Quijote, parece ley, no debe andar sin su escudero. Como al gato su cascabel, hay que insertar cerca la contrafigura que exalta la figura del alucinado Caballero. Me percato que Don Quijote brilla en la medida que se opaca y apoca su pusilánime ayudante. Tal vez esa furia descuerada, esa acometividad que le obliga a representar en 23 y J una bronca perenne, espada en mano, sea su protesta por no tener a un chasquido de su retórica de armadura y lanza al Sancho dicharachero y previsor. Lo necesita. Para ello lo convocó a esa aventura donde ambos ilustran la pareja más contradictoria y más humanamente complementaria de la historia. El escudero no solo se ocupa de los bastimentos del cuerpo y que al Caballero le importan poco cuando no es hora de comer. Sancho es también el que le advierte que los molinos son molinos cuando lo son de verdad, y que chocar con ellos implica a rodar por tierra.
Pero la ausencia de Sancho parece ser otro símbolo de la idiosincrasia nacional. No quieren los cubano que, cuando conciben la dama de sus sueños, o el ideal que justifica su vida, una voz excesivamente cauta o racional le estorbe el impulso, el ademán medio trágico y medio cómico, advirtiéndole de peligros o equívocos. Un rasgo del espíritu de Don Quijote se multiplicó entre los cubanos. Hablo de ese afán de acometer molinos de viento, salvar doncellas en peligro, de compartirse sobre la mesa de la solidaridad… Muchos entonces –los tipos de cuello rígido, abundante tanto ayer como hoy- tachaban de locura esa actitud. Y el viejo caballero respondía: “Yo sé quién soy.”
¿Cuando llegó Don Quijote a Cuba? A nuestra isla no lo sabemos. Pero casi al mismo tiempo en que echó a andar sobre Rocinante por el Campo de Montiel en su primera aventura, llegó a América, trayendo un mensaje de rebeldía entre sus aparentemente inofensivos episodios. Meses o semanas después de que en España empezara a circular la primera edición de la historia del generoso y demente don Alonso Quijano, en 1605, un número de ejemplares se embarcaron en el puerto de Cádiz con destino a las costas americanas.
Aún, al parecer, se desconoce la cantidad de libros amontonados en las bodegas de dos flotas que zarparon hacia el Nuevo Mundo en ese mismo año, pero ciertos historiadores- entre ellos el norteamericano Irving A. Leonard- afirman que es probable que la mayor parte de la edición príncipe de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha haya sido remitida a colonias españolas de América.
Si llegaron todos los ejemplares embarcados o se perdieron muchos en la insegura travesía de entonces, no hay certeza. Se sabe que en San Juan de Ulúa, México, Alonso de Dassa –notario procedente de la Península- declaró al ser requisado que traían consigo, para su propio entretenimiento, la primera parte de “Don Quijote de la Mancha” y “Flores y Blanca Flor”.
El propio capitán del buque donde viajó Dassa –La Encarnación- confesó a los aduaneros o inquisidores que él también poseían un tomo de “El Quijote”y otro de “el libro de horas” que, de acuerdo con su leal saber y entender, no eran obras prohibidas”.
Varios pasajeros de la misma nao, y de otras, manifestaron haber leído durante el trayecto por el Atlántico –y “con gran contentamiento”- la entonces recién publicada novela de Miguel de Cervantes, recaudador de impuestos de la corte y sin más linaje que su trabajo y la inutilidad de uno de sus brazos, ganada en Lepanto al servicio del rey.
También, por la vía de San Juan de Ulúa, el galeón llamado Espírtu Santo trajo 262 ejemplares para don Clemente de Valdés, en México. Más o menos en esos días de 1605, Don Quijote se bajó en suelo de América más al sur. Fue en Portobelo, Panamá, adonde arribaron destinados a Lima ejemplares del “Ingenioso Hidalgo”que, tras fatigosas búsquedas en los Archivos de Indias, pudieron ser totalizados parcialmente en setenta y dos. Los remitió el 26 de marzo de 1605 Juan de Sarría, emprendedor librero de Alcalá de Henares.
Datos dispersos y generalmente incompletos impiden determinar a quién correspondió lo que con los siglos sería el mérito histórico de haber introducido, en tierras americanas, el primer ejemplar de “El Quijote”. Pero si ese detalle puede mantener insatisfechos a historiadores poco ocupados, a la generalidad basta saber que El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha fue en Hispanoamérica, una especie de “best seller”. Y ese hecho compone una paradoja. La censura religiosa y política de España otorgó franquicia a la obra de Cervantes sin percatarse que no era lo que aparentaba ser ni lo que de ella decía su autor. “El Quijote”no fue un libro de caballería, ni tampoco una crítica a esa literatura que durante muchos años embotó a los lectores. Fue –y es- un texto en el que se expresa una nueva dimensión del hombre, capaz, según intenta demostrarlo el genial loco, de establecer la justicia en el planeta.
No sabemos aún cuándo el Caballero entró en Cuba. Sabemos, sin embargo, que España –y ahí está lo paradójico de esta historia- junto con la opresión colonial trajo a América la vocación de libertad de sus mejores hombres y de los Sanchos que los siguieron, aunque echemos de menos al escudero en el parque de 23 y J.