martes, 29 de abril de 2008

LA FLOR DE LA UTOPÍA

Por Luis Sexto
“Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. ¿Lo saben de verdad? ¿Tenía razón Paul Valey cuando personificó es admonición en la primera carta de su libro Política del Espíritu? Al menos no totalmente. Porque si las civilizaciones son obra de la sociedad humana, no todos los hombres saben que han edificado una estructura que podría fenecer a manos de la misma inteligencia y los mismos brazos de cuantos la construyeron.
Ahora podríamos alegar que el actual y generalizado descomprometimiendo ante la seguridad de la civilización y la perdurabilidad de la especie, es un signo o una consecuencia de la Posmodernidad, rebautizo de una época en cuya mayor extensión geográfica y social, aun no se ha llegado o rebasado la Modernidad. Pero, evidentemente, los hombres, al menos cuantos representan intereses decisorios en la Historia, han estado poco atentos, en las diversas edades que los anales registran, a la fragilidad de la sociedad humana. ¿Acaso aprendieron los romanos, ante los fragmentos de la Jerusalén destruida, que los templos y los palacios podían venir abajo solo con el uso de las antorchas, y los pueblos dispersarse mediante el filo y la punta de la espada y el paso aplastante de los ejércitos? ¿O supieron descifrar el signo de Roma, la Madre del orden y la estabilidad, chamuscada por la piromanía de un megalómano?
Preguntas, más preguntas. Qué otra cosa favorece hacer la incertidumbre que disturba hoy a las conciencias más alertas y avizoras. Incertidumbre. También desesperación. Y sobre todo desesperanza, que es la peor fórmula. Parece que la alternativa de “otro mundo mejor” aquí, sobre los cimientos del mismo que nos inquieta o perturba, se resuelve un tanto retórica o utópicamente. ¿Cómo se reedifica un mundo mejor? Me parece que todavía el consenso no acierta con la receta ante el estrépito aún audible de los paradigmas fracasados. Hemos, sin embargo, de respetar las utopías. Creo, con otros, que el término está mal aplicado: ha sido mal traducido del griego. Lo apropiado y razonable sería traducirlo como lugar aún no existente que como lugar imposible de existir. ¿Cómo será ese nuevo mundo posible? Porque el cambio revolucionario, la revolución, según considera Slavoj Zuzek, empieza a adquirir su naturaleza cuando al viejo orden lo sustituye el nuevo que ella genera. Por supuesto, me parece comprender que, para el pensador, el fracaso de las revoluciones sobreviene porque han sido incapaces de implantar un orden distinto donde regular con eficiencia y efectividad la cotidianidad de las personas. Eso, a mi modo de ver, es la esencia de todo el asunto: los problemas del yantar y el vestir, del laborar y el aspirar, del soñar y el viajar dentro de una atmósfera de libertad cuya renuncia no se exija a cambio del derecho a la cultura o la seguridad. Libertad que es esencia insustituible entre las necesidades del ser consciente de su necesidad.
Tal ha sido el problema irresoluble de cuantos han intentado organizar la sociedad como una aldea: un orden de “te doy y ‘te’ me das”. El centro del enfoque ha sido la masa. Masivamente las soluciones igualitaristas parecen infalibles, incontestables. Cuando desciendes, te introduces en la multitud y el rostro global va descomponiéndose en caras y gestos autónomos, te percatas de que lo que parecía generalmente justo comienza a resentirse de injusticia. Individuo y sociedad, una ecuación usualmente resuelta con números negativos.
Cómo, pues, ha de construirse el nuevo mundo. Hace 500 años, los soñadores de un mundo mejor se trasladaron a la recién inventada América. Las tierras nuevas prometían, a los inconformes con el viejo orbe desolado de Europa, las obviedades del paraíso terrenal. En este lado del Globo ya confirmado en su esferidad, el pecado original y su estructura de yerro y corrupción, de tendencias y turbulencias de la humanidad caída, no habían calimbado la virginidad de América. Pero Europa, presente en Indoamérica, diseminó el mismo sino del que huían aquellos que creían en la libertad, la tolerancia, la elección libre del pensar. La paradoja les cerró el paso. Y de Paraíso recobrado, América pasó a Paraíso Perdido.
El planeta, en redondo, está contagiado del “pecado original” del egoísmo, la banalidad, el orgullo racial. El capitalismo lo ha desplegado con sus estructuras perversas, más perversas aun por envolverse en cantos de sirena, en nanas infantiles que prometen el bienestar, la gloria, el jardín de las huríes. Incumplir una promesa resulta una deficiencia política. Prometer a sabiendas de que nunca se cumplirá, es una versión aparentemente incruenta de la maldad.
Los procesos sociales de redención o remisión han muerto inútilmente: los pobres han tenido que cargar la cruz y subir la cuesta de empeños nunca realizados, mientras que las burocracias alumbraban el sendero desde sillas gestatorias. Los Mesías personales, únicos, han traído más calamidad, llanto, sangre. Estos presuntos salvadores – ¿no piensa usted en Alejando Magno, Napoleón, Hitler, Franco, Mussolini, Pinochet, Bush…?- no se entregan a la autoridad para ser crucificados, sino crucifican a sus pueblos en los hierros de sus ideas y ambiciones. ¿Qué hace Bush junior ahora, qué hace este testaferro de los intereses del complejo militar industrial de los Estados Unidos? Preservar a los norteamericanos –dice- del peligro del terrorismo, del eje del mal, hipótesis que cuadra a cualquiera que no baje la cabeza ante las alas imperiales. O cuadra en cualquier cápsula propagandística cocinada en un laboratorio mediático, como las armas de exterminio masivo de Irak. Sin embargo, quienes perecen y sufren en esas guerras son los mismos ciudadanos que anuncian proteger con las guerras preventivas y las intervenciones humanitarias. Y estas víctimas armadas generan víctimas desarmadas.
Ello es evidente. Nos cansan ya las denuncias de la tragedia, el análisis machacón sobre las causas de las guerras y las entre guerras simuladas. Nos hablan de que la historia terminó, que la guerra fría sacudió su gelidez. Y en la lascivia de la hegemonía y de la cuota de ganancia media, los conflictos de ayer siguen hoy tan vigentes y activos que podrá uno preguntarse si en el mejor mundo posible, que no es el que vivimos, aunque es posiblemente el único que habitemos, la especie prevalecerá ante la sociedad. No hay, desde luego, sociedad sin especie o especie sin sociedad. Ese es nuestro carisma de pensantes animales llamados a la unión social. Pero habrá que asumir, como un principio de ética sin la cual la vida no excederá sus previsiones, que cualquier sociedad por venir tendrá que preservar la especie. Tendrá necesariamente que priorizar esa tarea, para asegurar la perdurabilidad del Hombre. Y en esa faena las disyuntivas son claras: clases antagónicas o supervivencia; desigualdad o equidad, Estado o caos; libertad o burocracia; Historia o muerte.
La Humanidad se ha desarrollando entregando a cambio, no sé a qué ídolo, la memoria histórica. ¿Digo acaso un despropósito, una inconsecuencia? Cuando Paul Valey escribió su Política del Espíritu, y difundió el trágico y demorado hallazgo de la finitud de las civilizaciones, los estruendos de una gran guerra -la primera llamada mundial- atolondraban los oídos de Europa. Ocurrió prácticamente ayer. Y cuántos conflictos sobrevinieron en las décadas sucesivas. Los países veteranos de esa guerra perdieron la memoria: una generación apenas había crecido sobre los despojos y la desolación cuando ya se gestaba la próxima matanza. Habían olvidado que las civilizaciones son mortales. Oid, mortales; no olviden su mortalidad…
No olviden que en estos días, al parecer, los yerros acumulados nos han puesto bajo la amenaza de que, dentro de una bocanada del tiempo, nadie podrá sentarse a elucubrar estas reflexiones.
Otro mundo es posible. En efecto. Las utopías se aspiran para neutralizar la neurosis de la desmemoria: ese conflicto entre los hombres y su especie. Y mientras esperamos a que el legado de los individuos más racionales nos alumbre las flores que están debajo de nuestra ventana… Mientras aguardo por un Marx adecuado a este mundo inconcluso que él no conoció, ni intentó prestablecer, un Marx en cuyo nombre no se pretenda burlar las tendencias y las necesidades humanas, planto en mi corazón la postura de la utopía. Quizás la redención y la libertad empiezan por uno mismo. Así lo creyó el Quijote. Y se tiró al campo echando al aire un grito inolvidable: Yo sé quién soy.

martes, 22 de abril de 2008

COLOR CUBANO

Por Luis Sexto

Lo sabemos: el problema de las razas en la historia es artificial. Aparecieron teorías sobre la supuesta inferioridad del negro cuando países, clases y grupos económicos dominantes, en expansión, necesitaron justificar la esclavitud que los haría ricos. Ya no esclavizaban prisioneros en las guerras de conquista. Y por tanto necesitaron esclavizar el color. Y de ahí surge esa biología de la esclavitud, que el sabio cubano don Fernando Ortiz tildó de engañosa, de espuria prosapia. El negro, en suma, tenía que ser, forzosamente, “un ser inferior”. Los poderosos, blancos, europeos, no podía aducir otra coartada.
Eso es historia vencida. Y por tanto parece ingenuo plantear la lucha contra los prejuicios subsistentes entre los cubanos como si fuera una puja por el equilibrio o la armonía racial. ¿Quién puede en Cuba hablar de razas? ¿Quién puede en Cuba, salvo refiriéndose al folclor, que es lo muerto, hablar de cultura negra o de historia negra? ¿O de cultura blanca o historia blanca? Es, a mi parecer, una reivindicación extemporánea, cuando no oportunista. Y sobre todo peligrosa. Porque los centros de la guerra “fría”contra Cuba en los Estados Unidos intentan azuzar el inexistente “problema racial”.
Prefiero ver el asunto desde la integración. Ya no hay cultura africana en Cuba, pues ha venido integrándose con la blanca o europea en eso que llamamos cultura cubana. Como tampoco tenemos cultura blanca ¿Dónde está la música negra? En la música cubana –el son, el mambo, el bolero, hasta en el sinfonismo-, convertida en célula musical cubana, aliada, mezclada con la blanca. ¿Dónde la música blanca? Fundida con la negra. Esa es la integración nacional –proceso aún vigente-. Y por lo cual la pigmentación de la piel ha venido derivando hacia el color cubano. Color que no es sólo matiz cromático exterior. Es, admitamos la palabra, el mestizaje interno. Yo mismo, español por mis cuatro abuelos, sin mixtura: ojos verdes y piel muy blanca, me siento, sin embargo, mestizo por dentro. Quisiera que mis inhibiciones de carácter me liberaran cuando oigo el tambor que llama. Llama. Y yo respondo con mis retorcimientos internos, o mis pies que, tímidamente, marcan el compás vertiginoso de eso que fue primigeniamente africanía sonora y hoy es –desde hace rato- sonoridad cubana.
Adónde vamos a llegar con ese ritornelo arcaico que estable aparentes diferencias raciales y reclama coexistencia entre ambos colores. No pueden existir diferencias en la fusión. Ni diferencias en la misma esencia. Probemos. Leamos a un poeta al que no le conozcamos la piel. Leamos, sí. Y adivinemos su color. Su origen étnico. ¿Negro o blanco o mulato? ¿O chino, o jabado? Eliseo Diego y Gastón Baquero no se diferencian. Ni Domingo Alfonso, ni Fernández Retamar. O Nancy Morejón y Fina García Marruz; Soleida Ríos y Carilda Oliver Labra. Solo hallamos diferencias de estilo, temas, cosmovisiones, influencias. Lo demás, lo cubano, como poetizó Nicolás Guillén, está todo mezclado. Pero sigamos. Enmascaremos a un bailarín de guaguancó. Y tras concluir la danza, descubrámoslo. Y tendremos una sorpresa. Quizás un rubio, de piel rosada, nos haya seducido con ese descoyuntamiento rítmico que creemos propio de los negros y que comparten los llamados blancos. ¿Y la religión? Nadie podrá negar que parejamente negros y blancos compartan la santería y todo lo demás que se incluye en los ritos de origen africano, en síntesis con doctrinas y cultos europeos. Es cierto -atajo la objeción- que los dioses de los lares africanos, para sobrevivir entre cadenas, se camuflaron con el Dios y los santos del amo blanco. Pero hoy ya no sobreviven enmascarados. No lo necesitan. Perduran en sincrética alianza.
Convengamos, además, en que el prejuicio racial es de doble dirección. Y subsiste en manifestaciones de ida y vuelta, porque aún el negro no ha trascendido totalmente sus tradicionales condiciones de vida. Subsisten el solar, la cuartería, promiscuas habitaciones urbanas, y la ciudadela, también expresión del hacinamiento heredado del capitalismo dependiente, Y con ellos pervive una cultura del deterioro y la precariedad. Incluso una subcultura de la inferioridad que tiende a aglomerarse y defenderse. Una anécdota me sirve para ilustrarlo. Dos estudiantes en la universidad –blanco y negro- compartían el primer lugar en el rendimiento académico. También la amistad. En un examen cometieron un único y mismo error. Y, sin embargo, las notas se diferenciaron. El profesor, negro, le dio al negro más nota que al blanco, porque “los negritos tenemos que defendernos”, explicó al alumno beneficiado y, por ende, asombrado. La veracidad del episodio no admite dudas: uno de los estudiantes es mi hijo.
Por el contrario al prejuicio subsistente, el racismo diferenciador y separatista no halla techo entre nosotros. La integración, al convertir lo diverso en uno, a pesar de los accidentes epidérmicos, lo deglutió. Como ha de deglutir también “la costra tenaz del coloniaje” que señalaba en un poema Rubén Martínez Villena, uno de los primeros comunistas en Cuba, hacia 1920; costra, herencia, que aún respira en nuestros prejuicios. El debate –y excúsenme lo normativo, pero lo político se hace norma- ha de corretear en ese cuadrilátero: unidos contra lo que divide y amengua a la nación y a las sociedad cubana. Y sobre todo, ha de incluir a José Martí. Porque uno nota que en esta disputa intelectual, presuntamente académica, a veces injusta y sin sentido, el Maestro no ha sido invitado. Quizás porque quienes defienden la igualdad desde posiciones “negristas” o “blanquistas” saben que Martí les enrostraría su equívoco, cuando no su torcida intención, con la negativa martiana a admitir que exista odio de razas, porque para el Apóstol cubano de la independencia y el antiimperialismo “no existen razas”.
Hace un siglo, Martí resolvió esa pretendida, absurda, dicotomía racial. “Cubano –definió- es más que blanco, más que mulato, más que negro.” A qué separar lo que la historia unió, y que, separado, solo beneficia a los enemigos de la nación cubana: el Norte perverso, brutal, que nos desprecia. Por blancos y por negros. Y por cubanos independientes y revolucionarios.

sábado, 19 de abril de 2008

ENTONCES BUSCABA A UNA POETISA....

Por Luis Sexto

La llevé hasta ahora como un fantasma a horcajadas sobre mi cuello, como a otras figuras llegadas a mí tras el cristal aneblinado del enigma. Paradójicamente echaba sobre mi cabeza las brumas y el frío del Norte batiendo su mano en el aire cálido y fresco del valle de Guamacaro. Se me encimó en una referencia imprecisa mientras leía un libro que en una de sus páginas mencionaba a un célebre poema escrito en el cafetal de San Patricio, Limonar, en la jurisdicción de Matanzas, por una autora de lengua inglesa conocida por el seudónimo de María del Occidente.
En 2004 publiqué en Juventud Rebelde una crónica acerca de esa mi nueva obsesión de periodista interesado en los episodios más ocultos y aparentemente menos importantes de la historia. Tras contar sucintamente mi encuentro con una poetisa sin nombre en el libro Notas sobre Cuba, del médico norteamericano John G. Wurdemann, formulé un reclamo a la usanza del Viejo Oeste norteamericano, cultura fílmica del niño que creció entre el galope y los estampidos de aquella cinematografía de vaqueros violentos fabricados según la truculenta estética de Hollywood. “Se busca una poetisa. Mil… gracias por su captura”.
Wurdemann, que visitó a Cuba tres veces entre 1841 y 1843, recorrió la zona cafetalera de Limonar. De improviso, vestido ligeramente, acariciado por un viento fresco, recuerda bajo una yagruma a su país natal donde sus compatriotas intentan protegerse del invierno. Y admite que “es quizás esta inesperada vida estival la que le da tanto interés al paisaje de Cuba, y que, combinada con el benigno clima, extiende un aire de paz sobre todo el país.” Al pasar por el cafetal de San Patricio escribe: “Junto a uno de los paseos arbolados (…) se alzaba una pequeña construcción de piedras, enyesada con cuidado, con unos peldaños delante de su entrada; pero no tenía techo y crecían arbustos en su piso y en su pórtico, mientras que las puertas y las ventanas hacía tiempo que le habían sido quitadas (…) Pero desierto y ruinoso como estaba (…) aún parecía, por los recuerdos que evocaba, un oasis en el desierto”. La edificación había sido el estudio donde María del Occidente, en 1823, empezó a componer Zophiel, “el más imaginativo de los poemas ingleses” de acuerdo con Wurdemann.
Desde entonces intenté saber quién era María del Occidente. Pregunté a profesores de literatura inglesa. Pedí ayuda a cualquier lector. Reclamé en algunas páginas de Internet; pero fueron intentos fallidos por erróneos. Más tarde, un contacto cordial con John Dew, embajador del Reino Unido en La Habana, me facilitó algunos datos y, sobre todo, me orientó hacia las teclas correctas en la web. Y supe que la poetisa norteamericana María Gowen Brooks , apodada María del Occidente por el poeta inglés Robert Southey, comenzó a escribir hacia 1823 las primera estrofas de su largo poema basado en el episodio bíblico de Sara, cuando residía en el cafetal de San Patricio, propiedad de su hermano, adonde llegó después de la muerte de su esposo, treinta años mayor y con quien la poetisa se caso tras el fallecimiento de su padre, hombre de aficiones literarias. Zophiël, “ángel de alas rápidas”, nombre que según Milton significa “espía de Dios”, recibió el punto final en 1829. El primer canto el 30 de marzo de 1825, de acuerdos con la fecha del prólogo donde la autora explica sus propósitos. He logrado traducir imperfectamente este párrafo: “Deseando hacer un esfuerzo continuo en un arte que, aunque casi en secreto, se ha adorado y asiduamente cultivado desde la más tempana infancia, era mi intención haber escogido algún incidente pagano de la historia. Pero, examinando los anales judíos, me decidí por seleccionar para mi propósito, una de sus historias más conocidas que, además de su belleza extrema, parecía abrir un camino para la imaginación que podría ser útil no solo en las verdades importantes y elevadas, sino agrandando las creencias populares.”
María Gowen Brooks, nacida en Medford, Massachussets, presumiblemente en 1794, mereció que Southey, la reconociera como “la más apasionada e imaginativa de las poetisas” y que Edgar Allan Poe la elogiara y mencionara en algunos de sus artículos literarios. Murió en 1845, víctima de “fiebres tropicales” luego de regresar a Cuba en 1843, según establece su ficha biobibliográfica. Hoy pocos la recuerdan…
Algo más de la obra de Mrs Brooks se relaciona con los años que la poetisa vivió en Cuba. Al parecer el clima y el paisaje la conmovieron e influyeron en el desarrollo de su sensibilidad, pues también escribió un Adiós a Cuba y un volumen autobiográfico titulado El valle del Yumurí, paraje típico de la geografía de la actual provincia de Matanzas.
Un crítico, compatriota de la autora, dudaba de que Zöphiel hubiera podido escribirse en una plantación cubana. Y Wurdemann, afiebrado ante lo que estimaba una injusticia, alegó en sus Notas sobre Cuba que nunca pudieron tener mejor cuna las imágenes ideadas por la poetisa. “Una hacienda cafetalera es, en verdad, un edén perfecto, superior en belleza a todo lo que el frío clima de Inglaterra puede producir.”
Y no exageraba. La naturaleza paradisíaca de Cuba conmovió primeramente a los criollos. Por el paisaje, según Cintio Vitier, lo cubano se trasvasó a la poesía en la prefiguración de la nacionalidad. Y los extranjeros tampoco se resistieron a aquilatar los valores edénicos del paisaje de la Perla de las Antilla, y nos legaron con sus impresiones una experiencia ilustrativa. Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó a la Isla cuatro veces. En una página de su diario de viaje estampó esta observación: “En todas partes se ve una cantidad sin número de palmas-reales, (...) que dan al paisaje un aspecto de hechizo y encanto.” Y precisa: “No hay monotonía en ningún lado...”
Podríamos reproducir centenares de citas emparentadas en el tono y el contenido. Desde 1493 hasta 1949, sobre Cuba se escribieron, general o parcialmente, unos 630 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950. Se conocen por ediciones recientes, además de la obra de Wurdemann, las cartas de Abiel Abbot, las de Fredrica Bremer, y las notas de Walter Goodman, Jacinto Salas, La Condesa de Merlín…
Ya nada queda de de San Patricio. La habitación donde María Gewen Brooks escribió el primer canto de su gran poema pasó de las ruinas al polvo, como casi todos los cafetales cubanos a partir de los años 40 en el siglo XIX. Del poema permanece el nombre, Zophiël, que ahora quizás solo interese a la curiosidad de algún lector.

jueves, 17 de abril de 2008

QUIJOTES Y QUIJOTISMO EN CUBA



Por Luis Sexto


Los Quijotes en Cuba abundan en un doble significado. Los cubanos suelen ser soñadores irreductibles de causas justas, y cabalgan abnegadamente sobre Rocinante deshaciendo entuertos. Y después, porque en el país abundan los monumentos consagrados a don Alonso Quijano, el Bueno. Allá en Puerto Padre, en el norte de la provincia de Las Tunas, una escultura del Quijote de los Molinos exhibe su virilidad erguida. En Varadero, el balneario de azul intenso, se empina otra imagen del Caballero de la triste figura… ¿Dónde más?
Hay más. Ahora me ha venido a la mente el Quijote de 23 y J, en la Habana. Lo digo de inmediato: es conmovedora, impactante, la imagen airada, furibunda, encabritada del caballero vestido de alambre. Pero cuando me le acerco echo de menos a alguien. ¿Lo adivinan? Le falta Sancho, como a otras piezas. No sabemos dónde estaba el escudero cuando el escultor Sergio Martínez tejió los hilos cobrizos de ese Caballero Andante belicoso, tan tenso como el alma de un loco.
¿Habría cruzado Sancho la avenida 23, para pedir -él tan pendiente del yantar- una ración de pescado en el restaurante Los siete mares, y por eso, en el momento de erguirse la estatua de su amo, perdió su puesto en la estampa como jinete sobre un borrico? Quizás el artista confesó a algún periodista las razones por las cuales excluyó al bonachón aldeano. Y la respuesta exigiría rebuscar en los archivos; el autor ya murió.
El Quijote, parece ley, no debe andar sin su escudero. Como al gato su cascabel, hay que insertar cerca la contrafigura que exalta la figura del alucinado Caballero. Me percato que Don Quijote brilla en la medida que se opaca y apoca su pusilánime ayudante. Tal vez esa furia descuerada, esa acometividad que le obliga a representar en 23 y J una bronca perenne, espada en mano, sea su protesta por no tener a un chasquido de su retórica de armadura y lanza al Sancho dicharachero y previsor. Lo necesita. Para ello lo convocó a esa aventura donde ambos ilustran la pareja más contradictoria y más humanamente complementaria de la historia. El escudero no solo se ocupa de los bastimentos del cuerpo y que al Caballero le importan poco cuando no es hora de comer. Sancho es también el que le advierte que los molinos son molinos cuando lo son de verdad, y que chocar con ellos implica a rodar por tierra.
Pero la ausencia de Sancho parece ser otro símbolo de la idiosincrasia nacional. No quieren los cubano que, cuando conciben la dama de sus sueños, o el ideal que justifica su vida, una voz excesivamente cauta o racional le estorbe el impulso, el ademán medio trágico y medio cómico, advirtiéndole de peligros o equívocos. Un rasgo del espíritu de Don Quijote se multiplicó entre los cubanos. Hablo de ese afán de acometer molinos de viento, salvar doncellas en peligro, de compartirse sobre la mesa de la solidaridad… Muchos entonces –los tipos de cuello rígido, abundante tanto ayer como hoy- tachaban de locura esa actitud. Y el viejo caballero respondía: “Yo sé quién soy.”
Los cubanos saben también quiénes son y de dónde les viene esa vocación cordial y solidaria que empezó a manifestarse tempranamente en signos sangrantes. La historia todavía no ha enfatizado como lo merece en aquel desprendimiento de las matronas criollas de La Habana, cuando donaron sus joyas a George Washington para que el ejército independentista pudiera cumplir su misión de expulsar a las pelucas inglesas del territorio de las 13 Colonias. Antes, esa lección de espíritu quijotesco la había impartido un personaje anterior al viejo y desgarbado caballero concebido por Miguel de Cervantes. Según mi parecer, fue Fray Bartolomé de las Casas el que dio a los cubanos la primera clase ilustrada de solidaridad. No voy a abundar. En los actos del defensor de los indios se encontraba ínsito el paradigma solidario, romántico, del Quijano que se convertiría en Quijote, a mucha honra de cuantos se le parecen y de los pueblos de solera española.
Hablar, pues, de solidaridad en Cuba es como referirse a algo cercano, entrañable, propio. Podrá existir un cubano egoísta, pero “el cubano”, esa categoría plural y sintética, da un ojo para que el ciego comience a ser tuerto, lo que ya es una mejoría que empareja al invidente con los que ven. La solidaridad puede incluso tener otros nombres. Unos la llaman caridad o amor, pero nunca podrá ser piedad. La piedad viene siendo un sentimiento de autocompasión objetivado en el semejante. ¡Pobrecito! Y hasta ese punto llega la piedad: a mantenerse distante, a sufrir lo ajeno porque algún vez puedo yo sufrirlo también. ¡Solavaya! De modo que el cubano no compone un pueblo piadoso, sino solidario: comparte y se reparte, asume la suerte del otro voluntariamente.
Y quien da, también es capaz de recibir. No le avergüenza. Ni lo deshonra. Y Los cubanos han aceptado la solidaridad ajena. Si algunos habitantes de esa ínsula se alistaron en el ejército de Washington, o en el de Bolívar y San Martín, o fueron a la defender la República Española, también aceptaron en las fuerzas independentistas del siglo XIX a soldados españoles, norteamericanos, chilenos, mexicanos… En fin, nadie es extranjero para pelear por Cuba. O ayudarla desinteresadamente. Ni antes, ni ahora.

jueves, 10 de abril de 2008

LA MEMORIA AÚN CAMINA SOBRE LAS ARENAS

Por Luis Sexto

Viaja en el aire el mismo olor de ayer, de antes, de siempre; el olor dulzón y escurridizo de la leña calcinada bajo el ojo de los carboneros. Estamos en la Ciénaga de Zapata, entre Playa Girón y Playa larga, donde el mar y el humedal se tocan, se lamen ante la indiscreción del asfalto que, por un trecho, resta presencia agreste a la zona y suma seguridad al hombre.
Hace 45 años otro olor se impuso de pronto, brutalmente, al que navegaba envuelto en el humazo de los hornos, volcanes de mínimo formato que se dispersan por el pantano. Ni la nariz olímpica del novelesco Jean-Baptiste Grenouille, en El Perfume, podría rescatar el olor que predominó en este ambiente durante tres días en 1961. Demasiado tiempo. Y el viento demasiado inconstante como para retener en sus poros el rastro de un olor eventual.
Solo perdura aquí la memoria del que ha vivido. La memoria es el olfato de la experiencia: el piso de la vida. Aquí, en Playa Girón, la memoria descansa en jirones de hierros, papeles; en fotografías de héroes, estampas de mártires. Es el museo. Pero, a veces, esta memoria de artefactos y cronologías se torna incompleta. Y así topamos con la primera sorpresa. Parecería imposible que al cabo de tantos años aún permanezcan detalles sin su cuota de presente. Lo supimos mientras oíamos a muchos de cuantos vivían aquí cuando la pólvora mató temporalmente el olor salvaje de la Ciénaga, durante aquella operación que en el código de la CIA adquirió el nombre de un perro de fantasía: Pluto, y que en Cuba, traducido al lenguaje del patriotismo, se convirtió en una consigna impostergable: muerte al invasor, y en términos de la historia en una victoria inevitable: batalla de Playa Girón.
En el museo aparecen los nombres de las cinco víctimas civiles de la agresión. Siendo norteamericana en su génesis y financiamiento, la pretendida invasión se enmascaró con rostros de cubanos en uniforme de mercenarios. Dulce María Martín Angulo, Cira María García Ruz, Ramón López García, María Ortiz Suárez y Juliana Montano Gómez eran habitantes de la Ciénaga de Zapata. En 1961empezaban a conocer la vida sin aislamiento. Con justicia. Igualdad. Los mató el vómito puntiagudo de un B26 que había despegado de un aeródromo de la Nicaragua de Anastasio Somoza.
Falta el nombre de Alberto Córdova Morales, niño de seis años. ¿Por qué su nombre se ha pulverizado junto con sus huesos? Es un episodio confuso, escabroso. Y para quebrar su oscuridad pide que se le asuma con lámparas de realismo. Albertico era hijo de una familia de Playa Girón, poblado que entonces comenzaba a aglutinarse en torno de la villa turística en construcción. Los Córdova Morales, como otros vecinos y trabajadores, fueron apresados por los invasores y concentrados en las instalaciones hoteleras.
El padre, a una invitación de los mercenarios, se pasó a las filas del enemigo el 17 de abril. El 18, el caos ya fragmentaba en miedo e indecisión a la brigada 2506. Y no se ocuparon tanto de sus prisioneros. Los Córdova Morales, mujeres y niños, que se hallaban en el motel número 1, quisieron salir.
Afuera, pólvora. Chamusquina. Estruendo.
Un pedazo de metralla tocó al niño Alberto en una pierna…A las pocas horas, al atardecer, murió desangrado.
Simón Mejías Benítez, ex carbonero que al ser entrevistado trabajaba en los servicios comunales de Playa Girón, conserva una imagen de aquel momento. Ha vivido en estos parajes desde cuando “no había nada”, y los ranchos, como hitos en la geografía del desamparo, se dispersaban por la costa. Conoce a todos aquí.
Yo vi al padre del niño vestido de mercenario. Y lo oí cuando dijo: “Esto es ya de nosotros”. Yo vi también cuando su esposa vino llorando con el niño herido. Él le dijo: “Estamos en guerra y no podemos atender heridos ahora”. Nosotros estábamos en el restaurante de la villa turística. Ese hombre nos cuidaba y hasta nos amenazaba. Nos sorprendió, porque se llevaba bien con todos los vecinos y parecía revolucionario. Después del triunfo, estuvo unos días preso. Lo soltaron. Y se fue de aquí.
Esa es la historia que todos cuentan. El nombre del padre lo callamos, practicando la conducta generosa que nunca le cobró su traición. Y más: aquí apuntamos el testimonio de una de sus hermanas. Como una defensa solitaria y comprometida. De oficio.
El niño muere en el camino de Girón a Helechal. Es verdad que mi hermano se pasó a los invasores, pero cuando hirieron a su hijito, se olvidó de todo, y corrió a atenderlo…
Poco importa ya. Ese hombre ha debido afrontar un tribunal más severo, implacable: el de su conciencia. La muerte de su hijo pertenece a su tragedia individual. A la historia, a la épica, le corresponde saber que Alberto Córdova Morales es la sexta de las víctimas civiles de la batalla de Playa Girón. ¿Qué metralla lo hirió? ¿Del lado de los milicianos; del lado de los mercenarios? Las balas no tienen nombre. Los asesinos fueron los que, agazapados en la noche y con una calavera y dos tibias cruzadas en la proa de sus lanchas de desembarco, impusieron la guerra a Cuba.
NO ME PREGUNTARON A MÍ
Llegaron a comienzos de la madrugada.
La memoria de Ramón Acosta Pichs no recuerda con exactitud. Estaba de guardia junto al tanque que desde la altura de sus pilares abastece de agua a Girón. A las l2 menos cinco, hacia el mar, unas luces se apagaban y otras se encendían. Se acercó al malecón. Durante media hora las luces parpadearon. Luego cortaron el fluido eléctrico del poblado. Y luces de bengala iluminaron el paisaje.
-El tanque de agua se veía clarito, como de día.
Y los tiros empezaron a sonar.
Acosta, cienaguero que trabajaba en la fábrica de bloques para la construcción, entonces con 26 años, pudo maldecir por un instante su suerte. Hacía una semana que había regresado de la Sierra del Escambray, donde combatió, como miliciano, a gente alzada en armas contra la revolución. Tenía barba. Había aprendido a leer pocas semanas antes, guiado por el magisterio de un niño chileno de 12 años. Esperaba su relevo de guardia a las 12 de la noche. No llegó.
Cuando conversamos era carnicero de la villa turística. Y antes había sido panadero, dulcero, cocinero. Le pedimos echar hacia atrás el tiempo, y dice que nunca le ha contado esta historia a ningún periodista. Tampoco Simón Mejías, el que antes testimonió, ni otros que más abajo aparecerán en este relato.
Antes de los tiros, estoy sentado en el muro del malecón viendo aquellas luces y la bengala. Mi hermano, también de guardia, con un M 52 y 40 balas, me silba para que yo supiera que algo no andaba bien… le respondo. Nos pusimos detrás del muro, y le tiramos a un grupo, como de 20, que iba a tomar la salida de la carretera de Playa Larga, al oeste de Girón. No nos hacen mucho caso. Yo le digo a mi hermano: “Vamos”, y comenzamos a dar vueltas avisando a cuantos pudimos para que escaparan, y tratando nosotros de irnos de allí. Nos parapetamos tras el lavadero de una cabaña. Antes se nos había incorporado Argenis Burgos Palma. No estaba de guardia, pero llegó con un fusil. Entramos en combate. Pero era demasiado fuego contra nosotros. Digo: “Vamos”. Argenis, de pie, empieza a tirar como un loco, gritando patria o muerte. Una ráfaga lo trozó por el vientre. Lo enterramos en la arena, allí donde termina el malecón. Con el apuro, le dejamos los pies afuera. Yo insistía con mi hermano: “No podemos caer prisioneros”.
Hacia las seis de la mañana consiguieron entrar en el bosque. Se incorporaron más tarde a tropas milicianas. Y el 19 regresaron a Girón como vencedores.
Los recuerdos de Acosta ofrecen un detalle polémico.
-¿Está usted seguro de que el miliciano que cayó a su lado era Argenis Burgos Palma?
-Yo lo conocía; trabajábamos juntos; era de Oriente, y había venido a levantar la villa turística.
-Ciertos historiadores, sin embargo, afirman que murió de otra manera: detrás de un tanque de guerra, y no el 17 de abril.
-Pues déjeme decirle: esos investigadores nunca han venido a preguntarme.
ESA FUE MI RESPUESTA
Antonio Reytor tuvo miedo cuando la boca de una calibre 50 le apuntaba. Se hallaba a la entrada de Playa Girón, en la carretera hacia Playa Larga. Era como las seis de la mañana. Esa madrugada, en su bohío, al oír disparos, pensó que los milicianos de guardia habían rozado casualmente el gatillo. Antonio no era miliciano. Y ya siendo prisionero de la brigada 2506 lo interrogaron en un cuarto. Le preguntaron si quería unirse a ellos, y les dijo que no le gustaban las armas y los ejércitos. Le preguntaron además si le gustaba el comunismo, si le pagaban en bonos y que les enseñara el dinero.
-Yo respondía de manera limitada, no muy abierto; había que tener cuidado. ¿No?
Antonio Reytor tenía 21 años. Y trabajaba en la empresa forestal. Sentía, sí, miedo. Pero lo malo de la guerra es entrar. El cuerpo luego se va habituando a las explosiones, las armas. Le viene a uno como una resignación. Lo trasladaron al restaurante de la villa turística. Había unos 80 hombres y algunas mujeres. Desde allí vieron un avión mercenario en picada, con su humareda negra. Cayó sobre la pista del aeropuerto de Girón; estalló varias veces. Vieron además una nave cubana dejar sus bombas sobre el marco madre de la brigada 2506.
-Ahora sí nos jodimos –dijo un mercenario.
Reytor conducía, cuando hablamos, un ómnibus que todos los días viajaba a Playa Larga. Esperamos su retronó. Al mediodía. Y lo vimos en su casa –linda, confortable, adornada, como en la ciudad.
Este hombre vivió doble tragedia. Fue prisionero de los invasores y prisionero de los milicianos. La anécdota, ahora, facilita una risa larga, escandalosa. Entonces fue distinto.
El día 17 de abril por la tarde nos llevaron a El Polvorín, un barrio que surgía a un kilómetro de Girón. El 19 volví a la playa. Tres días sin bañarme, ni peinarme. Quería ir a mi casa, a ver de mis padres. Me preguntaba si estarían vivos. Vivía a unos 300 metros de la carretera a Playa Larga, y allí mismo donde me apresaron los mercenarios, me detuvieron los milicianos. Los confundí con mi facha. Bueno, me subieron a punta de metralleta a un camión. Y no me dejaron ni enseñarles mis carnés. En Playa Larga un compañero mío me reconoció. “Oye, que tú haces ahí. Iba yo solo en el camión, cercado por los guardias. El jefe averiguó. Y al final, figúrense, hemos traído por gusto a este hombre. A mí me daba roña, pero quizá yo mismo, en su situación, habría actuado igual. Al fin, el 23, después de ir a Jagüey Grande, y a Aguada, pude volver a Girón acompañado de un conocido que había sido soldado del Ejército Rebelde. Mis padres estaban vivos. Y yo entonces me hice miliciano. Esa fue mi respuesta.
TANTO COMO ENTONCES
Durante muchos meses, Ana María Hernández Bravo no soportó ni una película de guerra. Al ver los aviones, el pánico la ahuyentaba. Acudió al psiquiatra, porque soñaba con aviones, con AVIONES…
Ya pasó, claro, pero fue duro.
La encontré en Jagüey Grande donde residía y acreció su prestigio de profesora de historia y filosofía marxista. Estaba jubilada, pero aún trabajaba. En 1961, ejercía de coordinadora de la Campaña de Alfabetización en Cayo Ramona y Playa Girón. Desde estudiante normalista se había familiarizado con la Ciénaga de Zapata donde la gente había permanecido abandona de la suerte y la solidaridad.
Estos son sus recuerdos.
UNA VALORACIÓN
Allí nunca había habido escuelas. La población era casi toda analfabeta. Las condiciones de trabajo eran muy difíciles. Un par de botas no duraba 15 días.
LOS HECHOS
El 16 de abril, Fidel terminó de hablar cobre las siete de la noche en el entierro de las víctimas de los bombardeos del 15. Estábamos trabajando en el censo educacional. Sobre las 12 y media sentimos un tiroteo. Nos asomamos a la ventana y vimos bolas de candela en el cielo. Un miliciano nos dijo: “Es un desembarco”.Los mercenarios entraron. Dijeron: “¡Una escuelita!” Nos ordenaron salir con los brazos en alto. El 17, por la mañana, nos llevaron a una casa que le decían el “Club de Girón”. Un tal Andréu nos entrevisto. Éramos cinco. Y nos preguntaron si queríamos un equipo militar como el de ellos. Dijimos no. Y volvieron a preguntar, esta vez el porqué Fidel nos había enviado allí. Respondimos: “Fidel no nos mandó; vinimos porque quisimos.” Después nos pasaron a un motel situado en el lado Este de Girón. La aviación castigaba. Los cristales saltaban. Humo negro. Los colchones nos protegían.
UNA ANÉCDOTA
Tuvimos muchas discusiones. El “Chino” Kim hasta nos palanqueó el fusil. Se indignó cuando le hablamos de la reforma Agraria. Nos preguntó: “¿Ustedes han visto los títulos de propiedad?” “Sí, los hemos visto.” Todos dicen que tuvimos suerte; ese hombre era un asesino, entonces debía deudas de sangre a la justicia de la Revolución.
NUEVOS HECHOS
El 18 nos trasladaron hacia el lado occidental, y pusieron un tanque frente a la cabaña. Huyéndole a un avión, me golpee un ojo. Mi compañera patria Silva me llevó al médico. Y en el trayecto vimos morir a un mercenario. Los médicos me dijeron que ese golpe se curaba con agua fría.
El 19 por la mañana nos condujeron al rompeolas, dentro del agua. Permanecimos allí unas 10 horas, guareciéndonos de los bombardeos. Al atardecer, Girón parecía una alfombra de balas. Llevábamos tres días sin comer, pero no sentíamos hambre. Todo terminó poco después. Los milicianos me llevaron a Jagüey Grande. Cuando cedió la tensión estuve una semana sin poder caminar. Pasado ese trance, regresé a la Ciénaga y terminé la Campaña de Alfabetización.
EL MOMENTO MÁS TRISTE
Oí por una emisora contrarrevolucionaria el himno nacional de Cuba y a un locutor exhortando a la rendición. Lloré, porque oía a mi himno en circunstancias para las cuales no había sido escrito.
VALORACIÓN FINAL
Recuerdo aquel momento de la batalla como una prueba que fortaleció mi conciencia. Comprendí allí que podía morir, pero no daría un paso hacia atrás. Y así me mantengo.
Habíamos hallado la memoria. Viva. Firme. De regreso, en el aire seguía el olor de la Ciénaga; el olor dulzón y escurridizo de la leña calcinada. Aquí ese es el olor de la vida. Nadie lo ha olvidado.