martes, 22 de febrero de 2011

EL ZAPATERO Y SUS ZAPATOS

Por Luis Sexto
La web se ha vuelto adicta a textos, a veces menos que eso, a simple algarabía teórica, que coincide en decir que Cuba se aparta del socialismo y va hacia el capitalismo. Pero la generalidad de esas tesis, a pesar de sus diversos cromatismos de izquierda, coinciden en una omisión: ninguno dice cómo Cuba ha de solucionar su crisis estructural sin caer en el vacío de una nueva crisis o encallar en los arrecifes de La Florida.
Confluyen estos teóricos de la red –a veces impune y caótico reinado de la irresponsabilidad- en avisarles a los cubanos que Cuba tiene que volver al socialismo. ¿A cuál? ¿Al que nunca se ha probado, o si se ha probado, como en un tiempo el socialismo autogestionario de Yugoslavia, ha fracasado al igual que el socialismo real soviético? Es curioso: algunos de cuantos escriben sobre Cuba y sus problemas lo hacen desde la distancia, desde intuiciones facilitadas por los discursos o los devocionarios de la ultra izquierda o de la derecha camaleónica o amarilla; incluso, Posada Carriles declaró recientemente en Miami estar convencido de que “este año estaremos en Cuba”. “Ya nosotros ganamos”, dijo aludiendo a la supuesta vuelta de Cuba al capitalismo. Son, en suma, declaraciones de zapateros fuera de sus zapatos.
Desde ese mirador en que se confunden izquierdistas y derechistas, se gestan varios de esos artículos y declaraciones tan estrictamente doctrinarios. Y qué podría decir el cubano medio, ese que lucha su yantar y su trajín diario, ante tales reproches, formulados en nombre del dogma que en Cuba se trata de extinguir. “Bueno, mi hermano, socialismo sin comida, sin zapatos, sin transporte, no camina. O es que tú quieres ponerme en el altarcito de tus diablillos con el nombre de “San Sagunto o San Numancio”, el que resistió pa’ná”. Por lo tanto, si la estrategia de actualización económica que se aplica en Cuba ayuda a facilitar la alimentación, la ropa, el transporte, a hacer más eficaz la medicina y la escuela, y al desparecer los subsidios y las dádivas también retrocede el autoritarismo burocrático, puede ser que los cubanos veamos el inicio de una búsqueda socialista cuyo primer requisito es tener lo necesario para repartir. Porque ninguna teoría que prometa distribuir parejamente la pobreza, podría llamarse socialista.
Pero desde fuera y también desde dentro recomiendan nuevos saltos al vacío. Por ejemplo, ¿se pueden entregar empresas incompetentes a trabajadores habituados a cumplir órdenes y orientaciones encorsetados en ese socialismo burocrático en el que derivaron las mejores intenciones? Una verdad, a mi parecer, se sobrepone a las múltiples y opuestas opiniones: el país no podrá inventar, ni experimentar hipotéticos modelos. Tendrá que partir de lo conocido, o de lo más seguro, aunque los resortes de estimulación de las fuerzas productivas tengan una o dos o muchas afinidades con el capitalismo. Ahora bien, habrá que horizontalizar la dirección y la producción, porque los trabajadores tienen que ser objetos y sujetos del trabajo y también codecisores del destino político y empresarial.
Si con cuanto ha sido proyectado y escrito y aún no escrito para trascender la hostilidad de los Estados Unidos y rectificar definitivamente los errores de improvisación en el interior de la sociedad cubana, Cuba va hacia el capitalismo -como asegura una izquierda que parece ingenua y, en el peor de los expedientes, es irracional- estoy de acuerdo si en ese intento Cuba y la revolución se salvan de la catástrofe. Aunque uno a veces quisiera más claridad, más dimensión en algunos aspectos que están muy encapsulados o sudan la resequez del estilo tecnocrático en los Lineamientos de la actualización económica, es preferible ir por nuestros medios y nuestra voluntad al sitio donde parece estar, en las circunstancias presentes, la más fiable fórmula de amplitud económica y de efectivo orden social. Peor sería que los Estados Unidos, y sus intermediarios del “exilio” lleven a Cuba al capitalismo si el país no logra salvar el precipicio que, según Raúl Castro, actualmente bordea.
Por otra parte, qué poco se ha logrado saber del capitalismo. Porque a cualquier intento de azuzar, mediante algún resorte regulado de mercado, a fuerzas productivas inmovilizadas y dependientes de subsidios, lo tildan de capitalista sin conocer cabalmente, o conociendo al menos con intenciones limpias, la situación interna y sus perentorias demandas de crear y acumular la riqueza suficiente para progresar en el socialismo. ¿Podrán fracasadas interpretaciones del marxismo componer el mágico manual de “hágase así” porque lo dice el libro? Es, por tanto, preferible que el zapatero vaya a sus zapatos…
Este articulista, al menos, está en los zapatos que le corresponde: vive en Cuba, y aunque reconoce, y admite y haber sido víctima de errores domésticos, también ha sufrido el daño que ha echado sobre Cuba el inodoro enorme, hegemónico y cruel de los Estados Unidos de América, además de haber crecido, con carencias, insuficiencias y letreros de “no tresspasing” en el capitalismo dependiente cubano previo a 1959. Advirtamos que mucho de lo fallido en Cuba durante el mimético socialismo cubano -aunque hayan sido decisiones individuales o colectivas- sufrió la distorsión de la guerra pública y secreta delineada por Washington. Ah, si Allan Dulles, Kennedy, Nixon, los Bush y la nómina engordada por los fondos federales en Miami, se sentaran a una mesa redonda para decir la verdad de cuánto han gastado por derrocar al gobierno de Cuba, ya veríamos que los yerros de los revolucionarios pertenecen en parte a la política de cerco establecida y aún mantenida por los Estados Unidos, a pesar de las recientes aperturas políticas de Obama, cuyos propósitos no buscan ahorrar el dinero de los contribuyentes, sino hacer más eficaz la estrategia tradicional de la Casa Blanca.
Hace años escribí en Bohemia o en Juventud Rebelde, que ya no me acuerdo, que el dilema de Cuba no era básicamente entre socialismo o capitalismo, sino entre la nación o la anexión. Hoy me parece que el dilema continúa expresándose así: una nación justa y próspera que sepa equilibrar los espacios democráticos y las capacidades de sus ciudadanos o la dependencia de los Estados Unidos. Por ello, el destino de muchos triunfa o se frustra con todo cuanto hoy en Cuba está concibiendo para no embarrancarse, como una vez previó Jorge Mañach, en los acantilados de La Florida.

sábado, 5 de febrero de 2011

LA VERDADERA CAUSA DE LA MUERTE DE PEDRO JUNCO



(Este reportaje se publicó el 4 de febrero en el espacio digital de Juventud Rebelde, la Habana, bajo el crédito de "Autores varios". En realidad, los autores son los abajos mencionados.)
Por Luis Sexto y Viñas Alfonso
Documentos hasta ahora no considerados parecen decir la última palabra sobre el deceso del joven y célebre autor de “Nosotros”

A esa hora, el silencio se acentuaba en el Vedado. Sobre las 11 de la noche del 25 de abril de 1943, en la habitación que Pedro Junco ocupaba en la clínica Damas de la Covadonga, en 17 número 253, esquina a y J, en el Vedado, se oía suavemente “Soy como soy” en la voz de René Cabel, que la estrenaba, de acuerdo con el dato de amigos muy cercanos. El enfermo acababa de quedarse solo. La frecuencia respiratoria había aumentado: el tórax del enfermo subía y bajaba velozmente. María Antonia, su hermana, salió a buscar al facultativo de guardia. De pronto, la música continuó sonando en el cuarto ya vacío… Pedrito falleció casi silenciosamente, como dispersándose en el aire tras las notas de la canción que él mismo había compuesto.
Desde entonces, prensa y biógrafos han descrito la muerte de Pedro Junco Redondas como la de un paciente aquejado de tuberculosis, incurable todavía en aquellos días: “Entre lágrimas, toses y vómitos de sangre”. El mito, que envuelve la breve vida del autor de “Nosotros”, también adulteró el instante de su muerte. ¿No parece una coincidencia excesivamente oportuna el minuto de su deceso y el estreno radial de una de sus mejores canciones -“Soy como soy”-, que aparentemente lo define como artista y persona; no parece un artilugio escenográfico, un aderezo de la fantasía para introducir al ídolo, al joven querido y prometedor, en la gruta del Olimpo? ¿De qué otro mal podía alimentarse el mito de “Nosotros” e, incluso, qué otra enfermedad podría afectar a los pulmones de quien falleció “consumido por fiebres de amor”? Resulta un deceso excesivamente aparatoso; casi fílmico o propio de una ópera. Pero quién negaría que funcione dentro del patetismo con que se ha aderezado el mito de Pedro Junco y su bolero “Nosotros”.
Pedro Junco se enfermó por primera vez en septiembre de 1942; los médicos le recomendaron reposar por unos tres meses. Pero no parece haber sido un asunto excesivamente público. Hasta algunos amigos ignoraban sus dolencias. ¿Quién podría saberlo? “En Pedrito no podías presumir la tuberculosis. No mostraba el genotipo del tísico. Tenía la piel rosada, los labios rojos, un aspecto sano, buena dentadura. Nadaba mucho” (1).
Pedrito tuvo la certeza –testimoniada por su prima Teresita Junco- de que iba a morir cuando enfermó gravemente en septiembre de 1942. Sus familiares y algunos de los amigos más íntimos pudieron creer por un tiempo que padecía de tuberculosis, considerando, además, según se afirmaba, que Pedro Junco, padre, presentaba antecedentes del bacilo de Koch. El doctor Pedro González Batlle, médico y amigo de la familia Junco Redondas en Pinar del Río, al menos, no creyó que fuese tuberculosis, porque nunca pudo detectar el bacilo de Koch en la saliva de Pedro Junco, aunque la radiografía revelaba “una sombra” pulmonar. Y fiel a su principio de no atender a ningún paciente de quien él no hubiese podido emitir un diagnóstico preciso -según nos relató su hijo Pedro González Márquez- aconsejó el traslado hacia La Habana, para que especialistas de la capital intentaran un diagnóstico exacto de una enfermedad cuya naturaleza no le resultaba clara a su ciencia y experiencia.
No hemos de dudar de la competencia del doctor González Batlle. El periódico Defensa Social le dedicó un editorial el 17 de marzo de 1944. Entre sus párrafos, decía: “Ya en La Habana se sabe que en Pinar del Río(…) contamos con un tisiólogo de probada capacidad y profundos conocimientos cuyas opiniones pesan en el Consejo Nacional de Tuberculosis(...).”
El 10 de octubre de 1942, Vocero Occidental publicó un nota redactada por Juan P. González Clemente, director y propietario del periódico. Con este suelto, confirmamos que la primera enfermedad del autor de “Me lo dijo el mar” le sobrevino en septiembre de ese año, y probablemente la nota haya sido difundida luego de regresar el paciente de su primer internamiento en la clínica Damas de la Covadonga. Fíjense, sin embargo, que lo atinente a cualquier afección pulmonar se trataba en esos años con cautela. “Desde hace varios días guarda cama en su lujosa residencia de la calle Maceo, víctima de un fuerte ataque gripal (subrayado de los autores), Pedrito Junco, mi dilecto amigo. Porque pronto se halle completamente restablecido el valioso compositor y músico pinareño hago fervientes votos al altísimo.”
El l4 de febrero de 1943, el propio Pedro Junco niega la posibilidad de que la tuberculosis fuera el mal que lo aquejaba. Fue enfático. Se encargó de sugerirlo con los eufemismos con que la lengua corriente se refería a la tuberculosis, en una carta a la poetisa Eduvita Barroso del Valle, que se había dirigido al director de Vocero Occidental, alarmada por los rumores de que el popular compositor, conocido y querido por sus comprovincianos, había estado enfermo. Clemente le pasó la misiva a Pedrito. Y de primera mano tenemos una prueba que anula lo que aún se sigue creyendo y dramatizando entre sábanas humedecidas por las hemotisis.
Repasemos los detalles antes de reproducir la misiva. En esos días ha terminado su convalecencia y ha viajado a La Habana. Y en la capital “me ocupé bastante de la música”. Al regresar a su ciudad natal, dejó –ese es el verbo que utiliza en una carta a Rosa América Cohalla- varias canciones en el aire. En radio Lavín, a las 3 de la tarde, difundían más números de Pedrito según su popularidad se intensificaba. René Cabel le estrenó otra pieza, y el llamado “Tenor de las Antillas” le prometió montar algunas más. Ese viaje a la capital estaba previsto desde el 30 de diciembre de 1942. Una carta del cantante Mario Fernández Porta reconoce también que la salud de Pedrito mejora y sobre todo confirma el ascenso de la obra del músico pinareño en los medios de difusión. “Yo siempre pregunto por tu salud y según tengo entendido estás mucho mejor. ¡Dios quiera que pronto estés bien, para que puedas venir a esta a reunirte un rato con nosotros…”
En consecuencia, la respuesta de Pedro Junco a Eduvita Barroso del Valle, vecina del poblado de Alonso Rojas, está signada por los colores más vivos del optimismo que generan esos aciertos artísticos y el restablecimiento de su salud. La paz que pinta de blanco el presente de Pedrito, no admite asumirla como una pose, o una esquiva de la verdad:
“Debo decirle que yo, hace unos meses, estuve bastante mal por causa de una congestión pulmonar (subrayado de los autores) que me retuvo dos meses y pico haciendo reposo. Pero ya, gracias a Dios, desde diciembre estoy completamente bien. Nunca supe antes lo que era estar enfermo, por eso me sorprendió enormemente cuando por órdenes del médico me indicaron lo que tenía y que debía acostarme. Lo motivó algún disparate mío que aún no recuerdo. Al principio estuve algo pesimista pero después me halagó mucho ver lo favorable que fue la reacción hasta que desapareció todo. No sé que le habrán informado de lo que yo tuve. Aunque cuando el asunto es de pulmones cada uno dice lo que cree, pensando tal vez que el enfermo no quiere decir lo que tiene (Subrayado de los autores) Yo tuve lo que antes le dije, sin más ni menos. Creo que nadie podía haber aclarado esto mejor que yo, ¿no?”.
También el 14 de febrero de 1943 le advierte a Rosa América Cohalla: “Yo sigo perfectamente, gracias a Dios. (…) No me será fácil ir a Colón, no precisamente por mi salud.” Pero, de pronto, Pedrito se enfermó nuevamente, tal vez a finales de febrero o a principios de marzo. Antes, el 25 de febrero, Rosa América le ha escrito invitándolo a una fiesta, puesto que ya la salud de su amante no era una preocupación. Y Gladys, otra de las mujeres que lo amó insistentemente, le envió una carta el 18 de marzo de 1943: “Vida mía, me ha dado mucha alegría saber que estás bien, con el favor de Dios pronto te levantarás…”
¿Qué ha pasado? ¿Otro disparate, como aquel de 1942 que él no recordaba y que los amigos más cercanos atribuyen a haber permanecido bajo un aguacero en la azotea de su casa, cuando realizaban ejercicios físicos? Ahora, en la recaída, sucedió lo mismo. Alguien lo ha visto andar bajo la lluvia una noche de esos meses iniciales de 1943. Delante de un grupo de muchachas, caminaba un joven, alto, elegantemente vestido. Una de ellas, que lo reconoce, comenta: “Si la familia se entera: ¡mojándose con lo enfermo que ha estado!” Otra, que no sabe de quién se trata, preguntó, y le respondieron: “Muchacha, ese es Pedrito Junco, el compositor…” (2)
Si acaso faltara una prueba máxima para descartar la tuberculosis como la enfermedad que ultimó a Pedrito Junco; si faltare para despejar dudas, fantasías, aportes ficticios, el certificado de defunción nunca considerado para hablar o escribir sobre la muerte del autor de “Nosotros”, dice en una copia en poder de los autores: “Pedro Junco Redondas, natural de Cuba, de veinticuatro años de edad (exactamente 23, nota de los autores) hijo de Pedro y María Regla, ocupación estudiante, de estado soltero, falleció en diecisiete número doscientos cincuenta y uno en el día de ayer a las once y cincuenta y ocho de la noche a consecuencia de Anoxemia, Bronconeumonía según resulta del Certificado Médico y su cadáver habrá de recibir sepultura en el cementerio de Pinar del Río”…
Tal vez saber la causa de su muerte, no suprima el perfil mítico que envuelve la vida de Pedro Junco. Quizás la clarifique y lo admiremos, más que desde la leyenda, desde la verdad.
(Resumen de un capítulo del libro de próxima aparición Nosotros, que nos queremos tanto, de los autores de esta página)
__________
(1) Testimonio de Raúl García y Antonio Alonso.
(2) Testimonio de la señora Melba Hernández, citado por Amado Martínez-Malo, en Pedro Junco, viaje a la memoria, Ediciones Vitral, Pinar del Río, 2000.

miércoles, 5 de enero de 2011

YO NO MATÉ A CELIA MARGARITA MENA


El caso de la trucidada de la calle Monte en La Habana, aunque sellado, sigue como aún sin esclarecer. Las evidencias y enfoques presentados en este reportaje, nunca fueron tenidos en cuenta. René Hidalgo, el presunto asesino, actuó contra la lógica del delincuente al no presentar una coartada. Otros detalles sugieren la duda: No estudió medicina; los forenses hallaron sales de cocaína en las vísceras de la descuartizada
Por Luis Sexto
Los pormenores que convirtieron la muerte de Celia Margarita Mena en una especie de novela de terror permanecen tan frescos que el cronista duda si ceder a la demanda de repetirlos. Clasificó en 1939 como uno de los crímenes más excitantes de La Habana. Durante once meses los periódicos, la radio, y las noticias fílmicas mantuvieron en la calles una réplica de los folletines del siglo XIX, con un título que ningún experto dejará de reconocer como efectivo: La descuartizada de la calle Monte.
El reparto Buenavista, en Marianao, aún no estaba totalmente urbanizado. Había espacios para el misterio, la impunidad. El 8 de marzo de 1939, un transeúnte descubrió una pierna humana envuelta en un saco de yute, en el interior de una alcantarilla. Ante el estupor, y los comentarios y preguntas del público allí aglomerado, varios agentes de la policía extrajeron el despojo y lo trasladaron hacia la morgue donde empezaría a componerse el rompecabezas de cuyo cuerpo aquella pierna era la pieza inicial.
Las suposiciones y las explicaciones audaces aderezaron la mesa del suspenso, alimentado suculentamente por episodios de nuevos hallazgos. El resto de las extremidades, el torso... Ocho meses más tarde, apareció la cabeza sin carnes, en una letrina doméstica del Surgidero de Batabanó, litoral sureño de la provincia de La Habana. Con la calavera, el mercurio morboso de la curiosidad pública ascendió unos números más. Y lo que parecía hallazgo macabro y componía un tanto a favor del suspenso, resultó favorable para los forenses, porque los doctores Jorge Castroverde y Carlos Criner García establecieron la identidad de la descuartizada mediante el estudio de sus arcos dentales y el análisis del trabajo previo en la boca de la mujer por un dentista, cuyo nombre no ha trascendido. De acuerdo con el doctor Castroverde, el expediente de Celia Margarita Mena inaugura la estomatología legal en Cuba.
Precisado el nombre de la víctima, apareció el primer y único sospechoso: René Hidalgo Ramos, el amante, un ex policía. Ambos residían en el edificio Larrea, calle de Monte número 969, entre Pila y Matadero, en la habitación marcada con la letra D, en la azotea. Los alcanzaba el ruido y el olor de fruta y vegetales podridos del Mercado Único, en Cuatro Caminos, una de las encrucijadas principales de La Habana. Los vecinos de la pareja pudieron haber hecho verosímil esta historia, tal como la presentó la prensa en los diversos momentos en que desgarró la mortaja de papel que la envuelve.
Vecino Uno: Ana Margarita estaba obsesionada por los productos Mac Factor; se conocieron en una academia de baile, sí, en Marte y Belona; era del campo, pero suelta, presumida…
Vecino Dos: Claro, no nos consta que engañara al hombre.
Vecino Tres: Pero la mató por celos. Una tarde, no encontró en el cuarto a Celia Margarita y la buscó en un apartamiento vecino. Se encerraron, y de inmediato oímos una de las habituales peleas de la pareja. Dicen, que yo no lo oí, que en medio del escándalo ella exigía dinero para comprar sus cosméticos…
Vecino Cuatro: Como Hidalgo era quien habitualmente escribía a los familiares de la mujer, pudo engañarlos dándoles noticias falsas de Celia Margarita que apartaran las sospechas de la desaparición de la mujer...
Vecino Cinco: El asesino compró el papel y la cabuya para envolver los pedazos de la mujer, en la ferretería García del Río, frente al edificio Larrea.
Esos datos empezaron a construir la historia criminal de René Hidalgo Ramos, hasta definirlo hasta hoy como uno de esos lombrosianos ejemplares de sangre fría, cruel, inexorable. El el acusado, en cambio, desde el momento de su detención, guardó el fondo de su historia y solo confesó las circunstancias en que murió Celia Margarita. Haberse preguntado el porqué de tal proceder, de tanto interés por parecer culpable hubiera sido un punto de partida, una clave para sospechar que las apariencias podrían estar encubriendo un secreto…
Los periodistas, sin embargo, coincidieron en describir el acto y la escena con la certeza propia de los testigos. Ciego por los celos, según la frase ritual en los crímenes pasionales, golpeó a la mujer; la víctima se tambaleó y al caer se fracturó la base del cráneo. Pretendió reanimarla. Fue inútil. Supuso que estaba muerta. El miedo lo ofuscó y decidió hacer desaparecer el cadáver. Arrastró a Celia Margarita hasta el baño, la desnudó y la metió en la bañera. Con una navaja de afeitar le trazó un corte profundo en la parte superior de la rodilla. La mujer se quejó del dolor. Y al saber que estaba viva, la degolló.
El 3 de febrero de 1940, los voceadores del periódico El Mundo intentan avivar el interés de los transeúntes gritando el titular básico de la primera plana: ¡Vaya, vaya, miren por qué la mató! Ávidos, los lectores se encontraban con este titular: “Parece que fueron los celos el móvil del crimen de Hidalgo”. Una foto de Fernando Lezcano presentaba al presunto criminal, al Jefe de la policía, al Jefe del 5to. Distrito Militar, y al fiscal José Manuel Fuentes.
El sospechoso admitió haber matado a su amante la noche del 2 de marzo de 1939.
-Sin querer-dijo.
Años después, encanecido y encorvado a sus 40 años, Hidalgo confesó como en una confidencia: Yo no maté a Celia Margarita Mena. El porqué no lo declaró así, tan rotundamente, durante el proceso penal y en cambio aceptó su condena resignadamente, como el que, arrepentido en lo más secreto de sí mismo vive para exculparse mediante el castigo, es todavía un secreto o una verdad solo sugerida. Durante más de trece años de reclusión no se defendió. Y lo más que alcanzó a decir, dentro de su paciente y callada estancia en el presidio, como un monje desasido de cualquier ilusión mundana, fue una frase con la que reconocía que los pueblos eran muy injustos, porque aun después de condenado se persigue al preso, se le niegan sus derechos y se le entierra en vida. Fue, quizás, un instante en que traqueó el granito bajo el cual protegía aquella tozuda forma de vivir en el silencio.
TESTIMONIO REVELADOR
El detective Rodolfo Ortiz conservaba sospechas sobre la culpabilidad de René Hidalgo Ramos. Después de aquel crimen en cuya investigación Ortiz participó con el doctor Israel Castellanos, director general del Gabinete Nacional de Investigaciones, más de una vez se había preguntado por qué el presunto asesino había actuado de manera tan opuesta a la lógica del culpable que pretende protegerse. A Ortiz le reconocían inteligencia y sagacidad. Y tanto era su crédito policial que seis años después del escandaloso proceso de la trucidada revaluó su pericia presentando la ponencia Medios represivos del crimen en uno de los primeros encuentros latinoamericanos de criminología (1). Sin embargo, no pudo penetrar en los móviles secretos del presunto culpable tan empeñado en no actuar como suele indicar la psicología del delincuente.
Ahora, en 1954, Ortiz, explicita sus dudas. No había olvidado los detalles de un caso tan difundido y recargado por los periódicos, la radio y las cintas cinematográficas de Manolo Alonso(2) en La Noticia del día, y luego legitimado por los tribunales. A una pregunta de un reportero de la revista Bohemia, respondió precisando las características criminales del caso y la incapacidad de los jueces para tenerlas en cuenta. Oigamos a Ortiz; pero con la atención que en aquellos días no tuvo…
“René Hidalgo Ramos fue juzgado prematuramente por la opinión pública, ya que sin estar identificado como autor del hecho se concibió un personaje repulsivo, de instintos sádicos, perversos y carente de sentimientos humanos. La opinión pública sancionó colectivamente al autor del hecho sin analizar las circunstancias que habían concurrido en el suceso, ni los antecedentes personales que necesariamente debían de tenerse en cuenta, para hacer un juicio sobre la personalidad criminal de mayor o menor peligrosidad de René Hidalgo.”
Preguntemos, como tal vez le preguntó el periodista: ¿No valora usted el acto tan primitivo de descuartizarla?
“El hecho de desmembrar el cadáver de la víctima con el aparente propósito de ocultar su ulterior identificación y transportarlo desde la casa habitada por numerosos vecinos, no refleja la personalidad criminal depravada y repulsiva del sujeto. Cualquier persona, sin distinción de clase social, gozando de buen concepto público, en un caso similar bien por accidente o por acción dolosa, sin la intención de ocasionar la muerte de un semejante, puede intentar, a posteriori, encubrir u ocultar el delito por ese medio u otros, de acuerdo con el estado psíquico alterado del individuo. Antes del crimen, Hidalgo Ramos tenía prestigio de hombre afable, respetuoso, sin manifestaciones violentas…”
Tras un silencio en que el policía espero una pregunta, un reparo del reportero de Bohemia, añadió: “Hidalgo no pensó en la coartada, pues de haberlo hecho hubiera trasladado el cuerpo de Celia Margarita Mena a la casa de socorros más próxima, quedando su versión única como relativa a un accidente, sin otras pruebas en contrario, que a mi entender serían de muy difícil obtención”.
OTRA CARA
Uno de los pocos periodistas que no sucumbieron al escándalo aventado tras el hallazgo sucesivo del cadáver descuartizado de Celia Margarita Mena, aparecía en el directorio periodístico como Manuel de Jesús Hernández González, nacido en Cienfuegos durante 1901. Treinta años más tarde, integró allí la plantilla del periódico El Comercio. Fue corresponsal de El Mundo. Y en 1943 recibió certificado de aptitud profesional de la escuela Manuel Márquez Sterling. Ahora, en 1954, sentado a su máquina, concibió esta declaración para un reportero de Bohemia: “El proceso fue largo y hasta escribí un folleto, donde hacía resaltar los juicios más notables de hombres de leyes, de ciencia e investigadores policíacos. El caso puede resumirse en pocas palabras. René, Celia Margarita y posiblemente dos personas más, estaban en una fiesta íntima en la casa de apartamentos de la calzada de Monte. Celia, bajo los efectos de drogas narcóticas -según la prueba científica de las vísceras, tenía en su organismo sales de cocaína- sufrió en el baño un accidente y murió a consecuencia de un golpe. Los asistentes sufrieron un espantoso pánico. Uno de los amigos de Hidalgo no quiso dejarlo solo y ambos trucidaron el cadáver.
“Cuando se hizo público unos opinaban que era un homicidio; otros, un asesinato, y se fueron ensañando con el ex policía, hasta que llegó al banquillo de los acusados. La Audiencia lo condenó por asesinato –con tesis equivalente a 26 años de presidio. Se presentó recurso ante el Supremo y este máximo organismo judicial calificó el delito por homicidio, pero mantuvo la misma pena, cosa que hizo promover otra vez comentarios de los juristas más distinguidos de la época. René Hidalgo ha sido condenado por dos delitos distintos a la misma pena, de una base que desde su inicio resultaba contraproducente.
“Soy periodista y el periodista debe ceñirse a los hechos probados, y contra René Hidalgo el único delito probado fue repartir los paquetes de una mujer trucidada cuando ya estaba muerta. Una infracción justificada, nunca un asesinato”.
MÁS DETALLES Y PREGUNTAS
En esos días de 1954, luego de tantos años de encierro, se hablaba del indulto A René Hidalgo. El presunto descuartizador podía aspirar al perdón presidencial tras haber cumplido la mitad de su condena. Pero la prensa recurría a su caja de hipérboles, tensaba su furia y añadía nuevas fórmulas descriptivas que parecían renovar el listado de monstruosidades, tan lozanas en su capacidad de conmover como en aquellas jornadas de 1939. ¿Cómo los periodistas lograron conocer tantos detalles de de la muerte de Celia Margarita Mena, sin que hubiese espacio para sospechar que cada uno de sus elementos se montaba sobre una armadura de truculencias? ¿Por confesión del propio Hidalgo? ¿Por una investigación desprejuiciada? La instrucción de Ortiz, ya vimos, no fue atendida por los tribunales.
En el Reclusorio Nacional para Varones de Isla de Pinos –antes de l938 llamado Presidio Modelo-, René Hidalgo se comportaba como un hombre excepcional, un recluso ejemplar. En su cara fue burilándose la máscara de una resignada frustración. Triste y sereno; amargado y noble. Esa era la conjunción de líneas que ovalaban su retrato. El historiador podría preguntarse: ¿Hipocresía? Y si así hubiese sido, con qué intensidad había logrado reprimir los instintos salvajes que su crimen hacía creer. Porque ninguno de sus compañeros de reclusión guardaba una queja, o atizaba venganza, envidia contra él, ni las autoridades podían dejar de estimarlo como el preso discreto, pacífico, laborioso que rompía la uniformidad de aquel ambiente de hombres habitualmente abyectos, a pesar de la historia que lo hacía indigno de haber nacido de mujer. Si el presidio entonces solía envilecer más a los reclusos, René Hidalgo pasó por esos soterrados inhumanos sin contaminarse. Pedía para otros: redactaba solicitudes de indulto, cartas familiares…
Varios especialistas, entre ellos el juez doctor Waldo Medina, lo habían observado en secreto. Empeñados en averiguar la psicología de aquel preso tan poco común, intentaron confrontar la índole aparente del llamado “descuartizador” y la más recóndita condición del convicto. Querían, aparte de intereses profesionales, determinar si en verdad la historia minuciosa y macabramente contada por los medios de difusión se ajustaba a la verdad de este hombre que podría estar encarnando el papel de víctima más que de criminal. Cada vez que hubo necesidad de aplicar la necropsia al cuerpo de un recluso muerto por enfermedad, reyerta o intento de fuga, René Hidalgo recibía la encomienda de ayudar al médico. Sus manos actuaban torpemente. En ningún momento las utilizaba con la certeza del supuesto hábil aprendiz de médico o de veterinario, según la prensa, cuya pericia había trucidado mediante cortes finísimos el cadáver de su amante. Tampoco en su rostro aparecían indicios de rechazo o reacción violenta ante una experiencia parecida a su pretendida experiencia como descuartizador de cadáveres.
Enrique Fernández Parajón, jefe entonces de la policía secreta, confirmó, también en 1954, la índole mansa, juiciosa del condenado. Siendo muy jóvenes, ambos estudiaron en los Estados Unidos. “Allí lo apodaban El Patato. Su conducta en el colegio fue ejemplar. No recuerdo ninguna bronca suya. Era un muchacho normal y estimo que de recobrar la libertad será un buen ciudadano. Tuvo una gran educación y pertenece a una familia honrada”.
Al mismo tiempo, el doctor Waldo Medina lo definió como el “recluso modelo, hombre superior, recluso excepcional, no lastimado en su dignidad por la prisión”. Lo apoyaba el poeta José Lezama Lima, que había ejercido como funcionario en la cárcel de La Habana, y que evaluaba a Hidalgo “por su conducta uniformemente buena, como el preso número uno”.
Manuel Rojas Figueroa, que trabajó 17 años en el presidio de Isla de Pinos, lo recordó como “hombre culto que en la cárcel se superó más. Por si fuera poco, se hizo delineante en el departamento de ingeniería”. Como recurso definitivo, quienes proponían el perdón presidencial se apoyaban en una especie de axioma: “Más de trece años de prisión son suficientes para desenmascarar a un simulador”.
Ante estos argumentos, habrá que cambiar las preguntas para empezar a redimir la memoria de este hombre cuya tumba se oscurece con una fama de hombre primitivo que parece ser injusta. Y mientras los archivos cubanos conserven los periódicos y revistas de 1939 en lo adelante, ofrecerán a periodistas y narradores páginas, notas y reportajes que seguirán mayoritariamente repitiendo cuanto entonces se publicó sobre este expediente criminal aparentemente tan nutrido por el enigma. Si Hidalgo era una persona culta, inteligente, sin tendencia a la violencia, incluso con experiencia policial, por qué actuó de modo que al final, como en retrospectiva, el descuartizamiento y el escamoteo del cadáver de Celia Margarita lo buscarían a él, amante de la mujer. ¿O es que el homicidio resultó accidental y el desmembramiento encubridor de la víctima fue obra de un personaje nunca incluido en la causa: cómplice o allegado experto?
Invoquemos nuevamente al doctor Waldo Medina, cuya conducta lo recomendaba como inmune al soborno u otras flaquezas. Baste contar cómo a inicios de su faena judicial -juez de Corralillo- el mandamás de esa región villareña, viendo que a ese “juececito” no se le podía amarrar como un perro o un cerdo, ordenó eliminarlo. Lo balearon y lo dejaron como un guayo, aunque sobrevivió. En la década de los 1950, empezó a ser reconocido como “juez del pueblo”. En el caso de René Hidalgo, el doctor Medina se puso a favor del condenado y fue uno de los defensores del indulto. Su cercanía del Presidio como juez de Nueva Gerona, lo ubicó en una posición apropiada para conquistar la confianza del recluso y valorarlo. En 1952, Hidalgo se casó, aún en presidio, con una mujer de Pinar del Río. Años después del indulto, de acuerdo con la confesión del ex juez y colaborador de Bohemia y El Mundo, al autor de este reportaje, el ex juez fue padrino de la boda de la hija de Hidalgo. Esa familiaridad vale por una absolución.
El 19 de diciembre de 1948, el doctor Medina publicó en Bohemia un extenso artículo titulado “Tumbas sin nombres”. Y menciona a Hidalgo y la hoja clínica que le había cerrado una prensa ansiosa de episodios truculentos. Admite que Hidalgo mató a su amante sin propósito de hacerlo y que la causa de la muerte podría haber sido “un puñetazo que desencadenó la epilepsia que la mujer padecía (…) o fea práctica maltusiana fallida en manos de un médico muy amigo (¿quién sabe?)”
¿Por qué el doctor Medina sugirió la posibilidad de un aborto que terminó con la muerte de la mujer? ¿Qué sabía? Algo conocía de la historia que René Hidalgo, contra toda lógica, pretendía callar, y por ello el juez solo hacía asomar un ápice de la presunción que podría insinuar la verdad probable. Más de 20 años después, Waldo Medina me reveló que, en efecto, René Hidalgo quiso proteger el crédito de un amigo médico. Y el investigador puede deducir que aunque el aborto era legal desde 1936, es presumible que el especialista lo hubiera practicado en el apartamento del edificio Larrea y ello, al saberse, habría dañado por lo mínimo el prestigio del médico o tal vez hubiera incurrido en responsabilidad penal. Desde esa perspectiva, el descuartizamiento resalta como un modo de escamotear el cadáver para ocultar el aborto fatídico. ¿No habló acaso el periodista Manuel de Jesús Hernández González de que en el análisis de las vísceras de Celia Margarita Mena, los forenses habían encontrado rastros de sales de cocaína? Y este alcaloide, más que sugerir una adicción en la mujer –que hubiera servido a Hidalgo para justificar una caída y un golpe mortal de haber sido cierta esa versión-, ¿no pudo ser utilizado como anestésico para realizar la intervención quirúrgica? Según criterios médicos, era entonces un anestésico, antes de que el opio lo sustituyera. ¿No encaja también en la hipótesis el amigo que, en la historia del reportero Hernández González, se queda con Hidalgo para ayudarlo a desmembrar el cadáver?
Las autoridades y la prensa repararon en que los cortes perfectos de la trucidada correspondían a un sujeto familiarizado con las habilidades de los cirujanos. Décadas después del suceso, Ignacio Cárdenas Acuña, novelista policial, autor de Enigma para un domingo, contó durante una edición de la Semana Negra de Gijón, en España, que él, en edad juvenil, presenció casualmente el hallazgo del tronco de Celia Margarita. “Por la forma en que estaba seccionado el cuerpo” se supo que el criminal poseía conocimientos de cirugía, dijo. Pero René Hidalgo no era carnicero, que saben manejar hachuela y cuchillo, ni había estudiado medicina o veterinaria. En el archivo central de la Universidad de La Habana su nombre no figura como matriculado alguna vez en esa casa de estudios. Y en los Estados Unidos, según Fernández Parajón, ambos estudiaron en un colegio, no en una universidad.
Antes de su muerte en 1986, Waldo Medina me dijo que aquella suposición de 1948, era la verdad que Hidalgo ocultaba asumiendo el presidió de manera tan abnegada y silenciosa para salvaguardar a un amigo. Pero las palabras del ex juez son solo verdad para mí. Fui el único que las oyó ese día. Si los lectores dudaran de mi testimonio, dejo, en cambio, las preguntas y los argumentos desarrollados en este reportaje: todavía están aptos para cuestionar la crónica de monstruosa perversidad engendrada por una prensa irresponsable, simple mal negocio en un país donde, en 1940, según la revista Cine-Gráfico, nadie podía esperar que “las noticias que originen verdaderos estremecimientos de curiosidad en los espectadores, se sucedan ininterrumpidamente” (3). Es decir, no abundaban. Y ente esa carencia de interés en los periódicos, las noticias tenían que inventarse. O adulterarse. (Reportaje publicado en (http://lapalmadelamano.blogcip.cu/, en Cubahora)
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Notas (1)América Latina y su criminología, libro publicado en 1987, por la socióloga venezolana Rosa del Olmo, fallecida en 2002.
(2) Natural de La Habana, Manuel Alonso García, periodista y dibujante; fundó La Noticia del Día, junto con Jorge Piñeyro, como apéndice del Noticiario Cinematográfico.
(3) “El zar del cine cubano”, artículo, de Arturo Agramonte y Luciano Castillo.http://www.lajiribilla.co.cu/paraimprimir/nro80/2147_80_imp.html

jueves, 30 de diciembre de 2010

LA BEBIDA AJENA



Por Luis Sexto

Volví a beber sidra. El líquido burbujeaba unos segundos antes de las 12 de la noche del 31 de diciembre. Y cuando el grito familiar redondeó la hora esperada, y los presentes levantaron las copas para que los deseos de paz y amor rociaran el nuevo año, quedé rezagado, meditabundo, pensando en aquel incidente. Mis parientes creyeron, sin embargo, que me habían acometido de golpe la pena y la nostalgia por las presencias perdidas.
-Es lógico, viejo, que te pongas triste. Todo pasa, como dicen...
-¿Triste? No, hijo.
-¿Por qué entonces esa cara?
Precaución ante la sidra. Nada más. Y les expliqué las razones.
Porque, en efecto, todo pasa. Cabelleras que se volatizan, bellezas que se deshilachan, talentos que se fragmentan, sueños que se endurecen. En una novela francesa escrita por un español leí que todo es eterno, menos tú, hombre, mujer, confluencia de una noche sin rostro ni estatura, en cuya contingencia –ser o no ser- solo está emplantillado el fin, la caía de la curva en la disolvencia fatal de la muerte. Y uno debe, a pesar de lo efímero de la existencia, lograr que el recuerdo de los errores perduren, vacunados contra el remordimiento, como una lucecita de advertencia. La memoria no ha de utilizarse solo para aprobar exámenes de fechas históricas, participar en concursos de la Televisión, conservar deudas o rencores, o como pretexto de la añoranza. La memoria es el testigo de uno mismo; el policía de tránsito. Pare. Cuidado. Curva peligrosa.
En mi adolescencia también me enseñaron que la felicidad no se define como un artefacto electrodoméstico comprado a plazos: mañana será mío. Por el contrario, es tuya hoy; está aquí. Debajo de tu ventana. Como una flor nacida entre las piedras del patio. Por eso, mira la comida en tu plato, no en la del ajeno. Y confieso que así obré por mucho tiempo hasta el momento de aquel incidente. Recuerdo que cuando, muy joven, corté caña voluntariamente, mis compañeros de estudios corrían hacia la carreta que traía el almuerzo, tragaban en remolino, y en un vértigo pedían turno para reenganchar, repetir, el arroz sobrante. Yo, en cambio, tomaba mi bandeja metálica, buscaba la sombra de algún árbol, me recostaba al tronco y parsimoniosamente almorzaba. Algunos se reían de mi “finura”. Y yo les respondía en un tono refranesco que ahora me parece insoportable: “El que come mal y apurado: no come. El que mal y despacio, al menos come media vez.”
Eso expliqué a mi familia el 31 de diciembre de un año reciente, cuando, al brindar, mi copa quedó unos instantes abajo, a la altura del pecho, mientras mis ojos la calibraban. Luego, ya a destiempo, la alcé y expresé mi voto por la paz, en particular por la paz interior de cada uno, y bebí, primeramente en un sorbo que permitió a mis labios comprobar la naturaleza del espumoso líquido.
-Pero, cuál es tu problema con la sidra, viejo.
En fin, un viernes, cuando visitábamos los fines de semana la casa de mis suegros, me adentré –como usualmente hacía al llegar- en la arboleda buscando una toronja, o un mamey. Al regreso, sobre la mesa del cobertizo trasero, vi una botella de sidra. Ah, se jodieron mis cuñados, me dije goloso. Eché hasta la mitad de un vaso: la observé amarilla, insinuante, acariciándome el gusto con la miríada de sus burbujas. Y bebí un trago hondo, tan hondo que me quemó la garganta.
Grité. Corrí. Y consumí casi un cubo de agua. Aquello no era sidra. Entre las jabas y paquetes que yo mismo cargué, mi esposa le había traído la botella a su mamá... para limpiar el inodoro.
Era salfumán.

(Tomado del libro El día en que me mataron y otras crónicas en primera persona, ed. Pablo de la Torriente, La Habanan, 2006)

lunes, 6 de diciembre de 2010

BANÍ Y MONTE CRISTI


Notas de viaje
Por Luis Sexto
Habíamos salido temprano de Moca, la activa ciudad del Cibao, en el valle de la Vega Real, al que Colón le regaló el nombre seducido ante su hondo esplendor de tierra fértil y verde enlazada por las montañas. Pasamos a Santiago de los Caballeros y enrumbamos hacia el oeste por la carretera nombrada La Línea. Lo confieso: me gusta Quisqueya. Su naturaleza es como la cubana: apta para ambientar el Paraíso. Entre los detalles del relieve histórico de la carretera, me señalaron Laguna Verde, pueblito donde nació y tiró sus primeras pelotas Juan Marichal, el lanzador de las Grandes Ligas. El Monstruo de Laguna Verde, así lo llaman, dijo el Padre Teófilo Castillo; Tofo para cuantos lo quieren en confianza.
Paramos en un restaurante rústico, y Luis, el conductor -hijo de “Bolívar”, próspero y vital productor de huevos en Moca- convino con la dueña que nos guardara carne de chivo para la vuelta, un tiempo más allá de la habitual hora de almuerzo. El chivo abunda por estas tierras. Como el algodón y el arroz, cultivos de regadío. Después, Monte Cristi, ciudad parecida a muchas ciudades cubanas: entre lo moderno y lo antiguo, con atmósfera rural y marina. Y ahora, aquí, en la casa de Máximo Gómez, en la calle Ramón Matías Mella, 29. Antes, José Núñez de Cáceres, con el mismo número.
Diez años antes, tres días después de haber llegado a la ciudad de Barahona, visité a Baní, origen de mi peregrinar por lugares de la República Dominicana anudados especialmente a la historia de Cuba. Transcurría entonces 1996. Me habían invitado el entonces obispo de la diócesis, Monseñor Fabio Mamerto Rivas, y su vicario, Padre Teófilo Castillo, mis maestros dominicanos en La Habana 36 años atrás y desde entonces y para siempre mis amigos. Ambos me facilitaron techo, pan y vehículo durante un mes, para ejecutar varios reportajes encargados por Bohemia.
Situada en el sur, entre el mar y las montañas, en la misma región donde el cacique Enriquillo resistió la conquista española, Barahona me favorecía también con la posibilidad de precisar, en calles y casas, la presencia de Martí. Pero decidí ir primeramente a Baní ppr que en aquel año se redondeaba el aniversario 160 del nacimiento de Máximo Gómez.
Qué permanecerá del Generalísimo en Baní, me preguntaba mientras calentaba la presunción de hallar información nueva, quizás sorprendente, sobre el Jefe del Ejército Libertador. Materialmente, aparte de otros objetos sepultados en el museo local, quedaba un horcón de la casa a la que pasó a residir desde niño, porque Gómez nació en Paya, caserío distante a cinco kilómetros de Baní por la misma carretera que, partiendo de la capital, bordea el sur de la República hasta Barahona, situada a 200 kilómetros de Santo Domingo. El horcón, que se yergue como un tótem familiar, preside un parque enrejado, y sombreado por flamboyanes y robles americanos, y con flores que crecen en el espacio vacío de la casa y el patio de los Gómez. Un busto y una bandera recuerdan que aquel es el pequeño lar del más grande de los banilejos.
Baní ha sido tierra dilecta de la fama. Primeramente por sus mangos; luego por sus dulces caseros a base de leche –ya hoy crecidos en industria- que prohijaron el prestigio de la aldea desde su fundación en 1764. Y ha sido famosa finalmente y, sobre todo, por su crédito histórico, político, cultural. En Baní, o en áreas aledañas, nacieron o vivieron –además de Gómez- cinco presidentes de la República –entre ellos Mota, Victoria, Billini; y nació un fervoroso, decisivo promotor de la cultura dominicana, el periodista Joaquín Sergio Incháustegui.
Allí, ante los restos de la antigua casa, incliné mi cabeza bajo aquel palo doméstico transido de humedad. Después, un problema me detuvo en medio del pueblo, que ya había trascendido su placidez de aldea y era la cabecera de la provincia de Peravia. Afrontaba el dilema del viajero que, más que por pasear, deambulaba intentando descubrir los datos más remotos de sus raíces. ¿A dónde dirigirme, a quién buscar? Así inquirí en el Ayuntamiento, edificio macizo, moderno, de cinco o seis pisos. Y oí: Muerto Buenaventura Báez Gómez, la farmacia veterinaria de Luis Manuel Peguero es la más segura para averiguar sobre cosas ligadas a Cuba.
Lloviznaba. Nubes negras. Esa mañana las calles remedaban espejos donde la poca luz incidía como en un cristal empeñado. El doctor Luis Manuel Peguero, sentado a la mesa donde la caja contadora registraba la crónica monetaria de su negocio, oyó mi presentación. Y él, a su vez, se presentó como uno de los dirigentes del Subcomité de Amigos de Cuba. Luego, dirigiéndose a los cuatro o cinco clientes que esperaban turno, dijo: “Este compañero cubano desea ver algún familiar de Máximo Gómez.”
Hubo un silencio. No creí que todo resultara tan fácil. Y de pronto sí resultó fácil. Alguien respondió. “Yo; yo soy pariente del General.” Creí entonces que en Baní todos podrían ser familiares de El Viejo. Y Santos Isidoro Gómez, agricultor que había ido a la farmacia angustiado por una vaca enferma, rectificó mi percepción: “No se equivoque: somos la familia más corta de Baní. Tan solo unos 60 emparentados con el Generalísimo.” Fue suerte. Coincidencia. Y aprovechándola visité a un biznieto del General.
Ahora, en los primeres días de enero, gracias también a mis antiguos amigos y maestros, viajé a San Fernando de Monte Cristi, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en el noroeste, cerca de la frontera haitiana. La primera referencia del pueblo apareció en los anales de la Española en 1506, cuando Nicolás de Ovando le dio vida en papeles y en algunas chozas. Geográficamente, la ciudad se distingue por una altura llamada El Morro, pegada al océano Atlántico, a la que un poeta evocó como “reloj de piedras sin esferas/ que marca los siglos de mi tierra.” Desde la perspectiva urbana, resalta la torre que ya se erguía, como un símbolo de la ciudad, en 1895. Fue el primer lugar que visité. El parque estaba cerrado: una cerca lo protegía. Y desde afuera mi devoción concibió un pensamiento para aquella torre metálica cuyo reloj había medido algunas horas de la vida del Apóstol y junto al cual Martí había dicho que “muy pronto marcará la hora de la libertad de Cuba”. Tantas veces lo había visto en fotografías que, como suele ocurrir, observarlo desde tan cerca parecía un acto irreal, fantasioso.
Después, pedí a mis amigos me condujeran a la casa de Gómez…
Quedo en silencio. Nada he de escribir que parezca verosímil, lógico, sin afectación. Estaba emocionado. Me ahogó la conciencia de mi privilegio. Haber visto esta casita desde la infancia en las ilustraciones de los textos de Historia. Y recorrer ahora, 50 años más tarde, el mínimo y humilde espacio que amparó a dos de nuestros libertadores primordiales, tiene que significar algo en el corazón de un cubano. Caminé. Vi. Toqué. Nos guiaba Ramón Amado Gutiérrez García, el conservador del museo, que se confiesa bisnieto del General Calixto García Iñiguez
Un pasillo central, que separa las habitaciones a la derecha y a la izquierda, permite la entrada alargándose hasta el comedor, amplio, extendido horizontalmente, de un extremo al otro, de la vivienda cuya propiedad Gómez adquirió en 1888. Paredes de madera; techo de dos aguas, aún con el cinc alemán original, y pintada de azul grisáceo con ventanas y puertas –de estas, tres en la fachada- con marcos de blanco. Al recorrerla uno nota la presencia de Cuba en su bandera, puesta en sitio relevante, en los retratos de sus próceres y en libros de autores y editoriales cubanos. En una escueta habitación, del lado derecho según se viene de la calle, encajada entre uno de los cuartos y el comedor –hoy biblioteca- Martí escribió el Manifiesto de Monte Cristi.
No hay mucho más que contar. En el patio, un árbol de mamoncillo, superviviente de aquella época. Tomamos unas fotos. Podría describir sensaciones que, quizás, suenen vaciadas en retórica. Ciertos sentimientos han de quedar ocultos en la sinceridad de lo recoleto, pequeño, humilde. Como esta casa.

domingo, 28 de noviembre de 2010

ENTRE LO AUDAZ Y LO PUSILÁNIME

Otra vez Mañach; quizás sirva para estimular el debate
Por Luis Sexto

Empecé a estimar tempranamente a Jorge Mañach, porque no fui su coetáneo. Incluso, quizás sienta por él alguna compasión: lo observo desde la distancia, mirador cuya visión de fondo ayuda a proscribir el prejuicio. Y me he convencido que pocos como él experimentaron con tanta lucidez reflexiva y tanto acierto estilístico el nacimiento definitivo de la nación, mediante el parto de la cultura como gestión intensa de las minorías. Y pocos también como él, en su época, sufragaron, con la incomprensión, la búsqueda de las esencias nacionales.
Quizás en apariencias asumidas como esencias por cuantos lo han juzgado, Mañach – nacido en el año definitorio de 1898 y muerto en otro con la misma condición de punto de viraje, 1961- hallaría la causa eficiente de su controvertido papel en la historia literaria y política de Cuba. No fue, si pretendemos analizarlo objetivamente, un político a la usanza republicana. Esto es, según la analogía aplicada por Enrique José Varona, no comió en las ollas de un chiquero, a pesar de acogerse a alguna toldería electoral y programática y desempeñar cargos en la administración de la república. Más bien fue político en la medida en que la cultura y la historia componen asideros de la política, estación inevitable en los procesos primordiales de la sociedad.
Vemos, pues, a Mañach, inserto en una realidad personal signada por una contradicción a veces insalvable en sus manifestaciones éticas. Entre su decir y su hacer culebrean las inconsecuencias que, en esa hora de la definición nacional, se convirtieron en traición para cuantos se adscribían a la izquierda de la soga, y en paños tibios para los suscritos a la derecha. Tal vez por la hondura de su indagación en el alma cubana, intentó asumir posiciones ideológicas y políticas más racionales –no obstante su militancia en el ultra ABC-, en una mezcla de denuncia y sujeción, audacia y pusilanimidad. Esa actitud moderada, que parecía regresión a los más renovadores, se la reprochó Juan Marinello, su contrafigura y paralelamente el intelectual de la llamada década crítica de más puntos de tangencia con el autor de Indagación del choteo, en la cultura, las inquietudes y el estilo. Marinello le exigía al Mañach secretario de instrucción pública que se apresurara en los planes de extensión educativa. Y este respondió: Juan, las cosas no pueden ir tan aprisa como tú quieres. Y Marinello replicó: Ni tan despacio como quieres tú.
Esa fue, a mi modo de ver, el drama personal de Mañach. Un drama íntimo y público superdotado de aristas. Conciente de las urgencias y defensor de las ambivalencias. Teórico pugnaz de los males y práctico inhábil de las soluciones. Escritor depurado, vigoroso, plantado en la tradición hispana y, en particular, en la herencia estilística de Martí, y escribía, sin embargo, con tino de vanguardia en un país de analfabetos, en periódicos cuya prosa semejaba mayoritariamente, de acuerdo con Miguel Ángel de la Torre, la caligrafía de un cobrador de cuentas metido a periodista. Por supuesto, Mañach no quiso sustraerse de sus ínfulas de pequeño burgués con refinamientos de aristócrata. Ni renunció a la visión de la democracia occidental vivida durante sus años de estudiante en los Estados Unidos. Y aunque hacia 1933, reconoció el daño que el Norte infería a Cuba, estorbándole el desarrollo con su injerencia multilateral, no preveía otra fórmula, en lo más distante, que el orden norteamericano.
Hombre de equilibrios y evoluciones, conservador de estilo liberal, Mañach actuó posteriormente como la mayor parte de sus colegas en los años de la década del 30. De ellos afirmó que se embarrancaban en los acantilados de La Florida, en “un ademán de avestruz”. Y él, en 1959, adoptó el exilio. Se fue, tal vez, a esperar que “los americanos” resolvieran el conflicto suscitado por la revolución cuya necesidad él mismo previo en sus artículos de el Diario de la Marina, en los meses previos al derrocamiento de la tiranía del general Gerardo Machado. Debo, sin embargo, matizar este juicio. El doctor Gregorio Delgado, historiador de la salud Pública cubana, amigo de Mañach, me reveló que el autor de Ensayo sobre Quijotismo salió en viaje académico: impartiría un curso en la Universidad de Río Piedras, en Puerto Ricos. Pensaba regresar. Ya padecía de un cáncer. Y aunque pidió al entonces presidente Osvaldo Dorticós regresar y morir en Cuba, su esposa no lo trajo. Hasta incidentes tan personales conspiraron contra el crédito de Mañach.
La apreciación exacta de su salida no estorba que aceptemos que el suyo –su obra y su conducta- es un caso de valentía estimativa, de atrevimiento profético resuelto en la pusilanimidad ejecutiva y en una rigidez ideológica que le impidió comprender las remezones sociales, políticas, culturales que un día le parecieron inevitables. Y llegó hasta ahí: hasta colaborar en hacer ostensibles los males y a convocar su cura. Jamás a participar en el remedio, distinto y opuesto, como sino, a la norma con que el mal (léase dependencia política, injusticia social) podría reformarse para proseguir perpetuándose.
A contrapelo de las aprensiones, hay que despojar a Jorge Mañach de sus estigmas. No de las llagas que él mismo se causó, sino de las que sus enemigos políticos le estamparon, con clavos que pretendieron nunca oxidarse. Nunca un despojo será tan legítimo. Porque la cultura cubana, en nombre de la política, no puede seguir prescindiendo del autor de La crisis de la alta cultura. Desde mi pequeñez empecé a reivindicarlo dos o tres años después de su deceso, sin ser consciente aún de estar asumiendo una postura ética de auténtica raíz revolucionaria: aceptar y respetar a todo hombre honrado y toda obra de valores formales y conceptuales, aunque los identificara un lema contrario al mío en lo político o filosófico.
Yo cumplía 18 años. Entré en La Moderna Poesía, entonces con los precios democráticos impuestos por la Revolución, y sobre una de las mesas, un libro de artículos ensayísticos de Mañach, impreso por la Editorial Trópico en 1939: Pasado vigente. El nombre del autor suscitaba en mí la resonancia de alguna previa información periodística o literaria. Lo compré por uno o dos pesos. Había invernado largamente en los almacenes, porque sus pliegos estaban pegados con el sello de lo virginal. Viejo y nuevo a la vez. Aun lo conservo. Sucesivas lecturas lo han subrayado, anotado y desencuadernado. Todavía esa prosa fluida, rítmica, conversacional, tramada con tuétano, me gusta y renueva la primera impresión: quien quiera escribir en Cuba, y conocer a Cuba, tendrá que cursar también un noviciado en los libros de Mañach.
De hecho el proceso de su reivindicación literaria avanza. Martí, el Apóstol, Estampas de San Cristóbal y varios de sus principales ensayos han sido publicados en los últimos diez años en Cuba. Y en las universidades, al menos en las facultades o escuelas de comunicación social ciertos profesores lo muestran como modelo clave; entree los, este anodino profesor de estilística y narrativa en la Facultad de Comunicación. El argumento parece incontestable: Estamos aún aguardando al creador de hoy, al estilista actual, que escriba sobre La Habana o sobre los cubanos y los entresijos de su conciencia, páginas iguales o mejores. ¿Quién puede oponerse? La obra carece de filiación partidista cuando, sobrada de calidad, se aleja del tiempo para estar en todos los tiempos.

martes, 16 de noviembre de 2010

¿ESTÁ PROSCRITO MAÑACH EN CUBA?


Por Luis Sexto

A guisa de rectificación
Mi país tiene áreas de luces; también de sombras. Pero a veces refulge como una luminaria solar y otras aparece como un agujero negro, según sea la mirada: o excesivamente favorable o indiscriminadamente negativa. Y lo más inquietante es que cada mirada, aunque solo perciba la oscuridad sin puntos luminosos, tiene la fuerza de Argos con sus cien ojos. Se le toma como visión unánime, globalmente única.
Lo digo porque he leído en la Internet un artículo que cuenta la siguiente anécdota: En el aula Bartolomé de las Casas, regida por los padres dominicos en la iglesia de San Juan de Letrán, el poeta Roberto Méndez dictó recientemente una conferencia en que abordaba, en comparación con Lezama Lima, a Jorge Mañach, escritor y periodista cubano, nacido en l898 en Sagua la Grande, hoy en la provincia de Villa Clara, y fallecido en San Juan de Puerto Rico en 1961. El autor del post cuenta que al salir, una señora “evidentemente culta y de buena presencia, vestida con una elegancia adecuada a su edad madura”abordó al grupo de amigos que esperaban un taxi, y sin presentaciones –tal vez ociosas entre nosotros los cubanos- dijo: “Vine a oír la conferencia porque en mis más de 40 años de vida no sabía quien era Jorge Mañach. Nunca ni en la escuela ni en la Universidad me plantearon alguna referencia sobre su persona, tampoco he leído nada al respecto de alguien que según el conferencista de hoy fue importante en nuestra historia cultural y política”
El autor del post relató el hecho para encarecer justamente el trabajo de los dominicos. Porque, al parecer, la señora había dicho una verdad incuestionable: Jorge Mañach, el reconocido biógrafo de José Martí, el autor de Indagación del choteo, el cronista de Estampas de San Cristóbal y otros libros, había sido olvidado o prohibido en Cuba… La prueba de ese entierro intelectual, de ese borrón en la historia de Cuba –la literaria y la política- del hondo ensayista y ejemplar estilista de la lengua, es solo la confesión de la aludida señora. Nunca me hablaron de Mañach, dijo. Y basta para aceptar que desde 1960, año en que viajó a Puerto Rico, el silencio cerró con plomo el nombre de Jorge Mañach.
Quizás el articulista que sintetizó la historia, no le dijo, por no lastimarla, que si la mujer, con más de 40 años de edad, no sabía quién era Mañach, la única responsable era ella. ¿Porque en verdad usted lee, usted recorre las librerías, usted atiende las convocatorias a cursos y conferencias, está al tanto del currículo académico de algunas carreras universitarias?
Hablo, ahora, desde mi experiencia. Jorge Mañach llegó a mi interés quizás en 1962 o 1963. Tendría yo unos 17 ó 18 años. Y un sábado, luego del trabajo visité a La moderna poesía, y peregrinando de anaquel en anaquel hallé Pasado vigente, colección de artículos de Mañach, publicados en Diario de la Marina entre 1930 y 1933. Yo no sabía quién era ese autor. Hojee el libro; leí unos párrafos, y desde entonces ese volumen, ya cristalizado y desencuadernado de tanto repasarlo sigue entre mis libros.
Es cierto, sin embargo, que una visión burocrática, dogmática, inflexible de la cultura y de la política creyó justo expulsar hasta el recuerdo de cuantos habían emigrado,incluso aún hoy subsiste esa torpe enfoque excluyente. Cuba así perdió la obra de numerosos escritores, una obra que no pertenecía a los individuos que las concibieron y ejecutaron, sino a la cultura nacional. Pero si ello fue lamentablemente así, no podemos olvidar que desde hace más de 25 años no es así. Y con respecto a Mañach, el Instituto del Libro, en las décadas de los 1980 y 90, publicó Martí, el Apóstol, y Estampas de San Cristóbal, y Seis ensayos, en una selección de las más clarividentes páginas del autor de Filosofía del quijotismo. Y a fines de los 90, la tesis de grado de Duanel Díaz, en la universidad de La Habana, titulada Mañach y la república.
En lo que a mí respecta, hace años que en mi asignatura de la Facultad de Periodismo, aquí en la capital, establecí a Mañach como autor obligatorio, es decir, para aprobar la asignatura hay que leerlo y demostrarlo. Porque este modesto profesor estima que para escribir bien un artículo en Cuba, hay que leer primeramente los textos de Mañach. También para participar en el rescate y conservación de lo que Cuba no debe perder, publiqué en 2006, en la Editorial Pablo de la Torriente, un librito titulado Mañach periodista, con un ensayo introductorio y al final, con la mayor paginación del volumen, un florilegio de artículos del fundador de la Universidad del aire. Y como respeto tanto la acción cultural de los dominicos en Cuba, y evalúo la biblioteca de San Juan de Letrán como una de las más nutridas y diversas en La Habana, yo mismo doné un ejemplar.
Si se ignoran estos hechos, pues, no se puede confesar que me han negado a Mañach sin sugerir que las sombras que usted ve en Cuba, al menos esas sombras, solo están, señora, en sus ojos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

AQUÍ ESTAMOS

Por Luis Sexto
No me preocupa Aquí estamos, sino lo que “está aquí”, entre nosotros. Por tanto, ante la telenovela cubana recientemente finalizada, mi sentimiento más estable es la inquietud. ¿Crítico yo? No, desde luego. Y por ello no me propongo juzgar el guión, ni las cámaras, ni las luces… No estoy dispuesto técnicamente para la crítica televisual. Pero sí puedo expresar preocupación por lo visto. Si lo que Cubavisión trasmitió con el título de Aquí estamos es una trasunto exacto de un sector de nuestra vida, lo construido es suficiente para asustarse.
Porque si directores, guionistas, actores y productores fueron verdaderamente fieles a la realidad en que estamos insertos, al incluirla como peripecia y fondo, me parece que consiguieron lo que parece evidente: mostrar a la sociedad cubana los segmentos de insuficiencia moral que la aquejan. Y vernos reproducidos, construidos en el lenguaje y la técnica del arte de la Televisión, equivale a una purga, una catarsis, una cura de caballo, para cuantos nos sentamos ante el cristal con el propósito de ver algo más que un divertimento. Y parece que la telenovela no se equivocó. Podrán algunos quejarse de este matiz, de aquella torpeza, pero sus realizadores han acertado en la apropiación estética de nuestra realidad. No ha sido un juego, una visión ficticia, solo comprometida con la imaginación de los creadores. En la práctica percibimos cierto declive, cierta superficialidad, el vaciamiento de las primordiales actitudes humanas. ¿El sexo? Para algunos un juego, cuanto más prematuro, mejor. ¿La honradez? Una propuesta antigua, ante la cual hay que dejarse de boberías. ¿La convivencia? Una relación entre garras y colmillos.
Lamentablemente, no todos los enfoques coinciden. Para unos, practicar el hedonismo como actitud vital es un "valor" actual. Y todo lo demás, la mesura, la sobriedad, el predominio de la virtud por encima del utilitarismo, es caduca moral cristiana, predominio de una tradición que ha de ser sustituida por las troneras sin obstáculos de la posmodernidad.
No dudo en afirmar que más de tres décadas de un sistema de enseñanza que, en considerable cifra, mantenía a los alumnos alejados de la influencia familiar, reblandeció ciertos valores para que cedieran el espacio a otros que han resultado nuevos desvalores. Por ejemplo, la falta de pudor, a mi juicio, está también en la base de ese jineterismo que intercambia el cuerpo por cualquier ventaja o bagatela material. Y la vida en común sin muchas exigencias, en particular en el baño colectivo, condiciona, aunque sean en adolescentes del mismo sexo, la desinhibición al mostrar habitualmente el cuerpo desnudo. Afortunadamente, las escuelas en el campo desaparecieron. Y por mucho que hayan podido hacer en un tiempo para asimilar las masivas demandas de matrícula y a favor de la instrucción del cubano medio, también dejaron un vacío en la formación de adolescentes y jóvenes. ¿Acaso no es casi general la incapacidad para sentarse a comer con un mínimo de educación? La escuela tendrá que recuperar las lecciones de urbanidad, que lo son de humanidad.
Pero me he propuesto evitar las visiones catastróficas, subidas en el pico del cachumbambé. Y por tanto no puedo decir que el país perviva todo en el caos. Aún sobrevive, en particular en el interior del país, el sustrato de una tradición virtuosa, fundada en la solidaridad y el decoro familiares. Esas energías son las que José Martí exaltaba cuando un periódico norteamericano nos tildaba de bárbaros. Y como a mi parecer lo más grave es que los desvalores hallan escasa contrapartida, incluso en la telenovela, no basta hoy con la denuncia o la crítica. Quizás requiramos refundarnos éticamente, limpiando la costra solidificada por las agudas carencias materiales de los últimos 20 años, y la consecuente desorientación, convivencia con la impunidad, la falta de rigor, el escaso respeto a los derechos de los ciudadanos, el menguado papel de las instituciones. Y en ese proceso de evaluación interior a que nos estimula Aquí estamos, la familia cubana tendrá que recuperar la tradición ética de Varela, Luz y Caballero, y Martí, practicados con la óptica actualizada de la virtud sin impiedad. Y estar y seguir aquí, pues, actuando.

lunes, 8 de noviembre de 2010

FILOSOFÍA DE LOS OLORES



Por Luis Sexto

Lo político pudiera ser un detalle vinculado al olfato si reconociéramos que a Cuba se le puede percibir en diversos olores. Los emigrantes que se paran sobre el punto que marca las noventa millas entre Cuba y los Estados Unidos en Cayo Hueso, al olisquear el aire creen sentir el olor de la nostalgia. Y si fuera solo la morriña gallega, la añoranza por el país de origen, los amigos, la lengua, no fuera peligrosa; quizás anticipara un estado poético. Pero muchos de cuantos se recuestan del lado de los recuerdos, añoran la Cuba sin revolución. Y ese sentimiento de vacío se convierte en violenta potencialidad, en peligroso deseo de revancha.
Parejamente, en La Habana, muchos de cuantos se suben en el muro del Malecón a pasar las horas frescas de la noche, y tantean con la nariz el norte, reciben el olor de la desconfianza o de la esperanza, dependiendo el primero de la actitud política favorable a la revolución y el segundo, en un apreciable grado, de las aspiraciones económicas. Tal vez esos tres -nostalgia, desconfianza y esperanza- sean los olores básicos que el aire del mar ofrece a los cubanos del lado de allá del estrecho de la Florida y del lado de acá, desde donde escribo.
Al llegar a tal conclusión, uno lamenta la azarosa providencia geográfica que puso a la Isla de Cuba a emerger en esta posición tan crucial, fiel de América que dijera Martí, crucero entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Es fácil reconocerlo: ha sido un incómodo destino existir tan solo a cuatro brazadas del país que alcanzaría tanta influencia y poder como para que los cubanos lo viéramos, unos, como la "tierra prometida" y, otros, como el sitio de donde dimanan toda amenaza y todo riesgo.
Parece claro: la fase violenta, vengativa de la nostalgia en Miami, influye directamente en el olor de la desconfianza que muchos cubanos huelen, ayer y hoy, en el lenguaje agresivo de los medios del llamado exilio y, por supuesto, de las instituciones de Washington. Con cincuenta años de argumentos, está justificada la sospecha acerca de qué se puede esperar de esa ciudadela de la contrarrevolución en que se convirtió Miami desde 1959. Y así, mientras el conflicto ideo político esté planteado en términos hostiles, a los cubanos que respiran en la isla les resultará fácil defenderse: reconocen al enemigo; coliman el blanco, y hallan en la posibilidad de la agresión las justificaciones para la resistencia numantina.
No resulta tan simple, en cambio, anular o disminuir la intensidad del efluvio de "esperanza” que otros cubanos creen sentir cuando abren las ventanas de su olfato con un ademán también nostálgico, pero de una nostalgia distinta: la que añora lo que no conoce y estima como el sésamo ábrete que decretará la prosperidad personal. La emigración, legal o ilegal, pues, se erige en fórmula básica para que los que aspiran a vivir presumiblemente mejor, toquen su "sueño americano".
¿Cómo habrá de impedir la Cuba socialista los olores que, envueltos en blanco de nubes, llegan tentando a muchos, en particular a jóvenes, en cifras inquietantes? En esta faceta de las hostilidades entre ambas orillas, los cañones no resuelven. No soy el primero que lo afirma. Y me parece que, a pesar de cualquier aparente duda de los habitantes del archipiélago cubano que no hayan tenido oportunidad de asumir otra posición que no sea la del "espectador crítico", las ideas más lúcidas en Cuba tienden a percatarse de que para reducir el trasiego clandestino de personas y los efectos de la ley de ajuste migratorio que lo estimula, lo primordial será cuanto se haga dentro del país, para que nadie tenga que buscar en el extranjero lo que podría tener, aun más modestamente, en el interior. Y sin esperar a que la racionalidad germine entre los asesores y ejecutivos del poder político en Washington.
Hasta ahora, en los últimos 20 años, Cuba ha resistido siguiendo una estrategia que ha apostado mayormente al tiempo, al tiempo que depare un golpe de suerte, toque mágico que haga brotar el subsuelo la riqueza que pueda financiar necesidades e incluso ineficiencias. Pero el tiempo suele también no traer lo que esperamos. Y con notoria ansiedad ante las posibilidades de desarrollo interno, percibimos un nuevo olor: el de modificar, ahora, estructuras económicas que promuevan una respuesta creadora a las urgencias presentes. En Cuba, como dije una vez, las cosas a veces se conciben, maduran y pasan soterradamente. No olvidemos que la desconfianza en los actos procedentes de los Estados Unidos y sus adeptos condiciona cualquier movimiento interior. Aparte de las trabas y distorsiones burocráticas, que son otro tipo de enemigo, las cautelas rodean las decisiones que a veces creemos demasiado lentas. ¡Cuidado!, dice un combatiente suspicaz: el enemigo está al tanto de cualquier grieta. Pero la sociedad cubana, por muchos años rigidizada, sacude el almidón que la inmovilizaba en su lealtad a un paradigma socialista ya descalificado por la historia. Y aclaro: No es que el socialismo haya fracasado, sino que el modo de implantarlo fue el que se frustró en Europa por su incapacidad de autorregularse.
Cuba, en efecto, sigue moviéndose, aunque lentamente, dentro de la lógica de su olfato político: cambiar lo caduco sin comprometer la solidez del poder de la Revolución. Con los nuevos decretos y resoluciones laborales, si la burocracia no nos entretiene, el individuo tendrá mayor espacio para decidir y definir su situación doméstica. Ya no habrá que esperar la mano dadivosa del Estado para un aumento de suelto o de pensión, que por momentos hay que aplazar. Si usted lo necesita o si quiere vivir más holgadamente podrá trabajar más. Por primera vez el principio de que el trabajo sea la verdadera fuente de riqueza y bienestar, empieza a formalizarse en un cuerpo social y jurídico, sin más limitaciones que las que tiendan a preservar la legalidad escoltada por la razón.
Tal vez exagero, o quizás soy, por esta vez, demasiado optimista, pero mi olfato cree que el desencanto equivaldría a la ruina.

sábado, 30 de octubre de 2010

ENTRE EXTREMOS

Por Luis Sexto
Unos lo preguntan, y otros afirman que la Actualización del modelo económico cubano es solo una decisión impuesta por las circunstancias: como las de un organismo que, falto de aire, saca la nariz por cualquier rendija. El comentarista no puede confirmarlo con estadísticas. Más bien percibe en la práctica esa corriente dentro del debate en Cuba.
Y tal opinión, libre y subjetiva como otras, afronta un peligro: derivar hacia el escepticismo, que suele resolverse en desconfianza o indiferencia ante la vida que puja y pasa. Tengamos en cuenta que en todo proceso hay actores y directores. Tal vez, si una puesta teatral fracasa se deba a que los actores no interiorizaron los resortes dramatúrgicos de la pieza, ni los directores supieron ponerlos en evidencia. Eso así: en términos extremos. Porque tanto daño podrían causar cuantos juzgan dudando de la sinceridad o la efectividad de la obra como cuantos deciden y orientan creyendo que el libreto es solo papel de emergencia; simple coyuntura que, luego de pasada, dejará las cosas en el sitio de antes.
Uno sabe que la vida –que busca salidas donde se levantan barreras- no se somete a los deseos, ni a los caprichos, ni a las mejores intenciones y teorías. Y uno sabe también que la unanimidad es por lo común una humareda tras la cual pueden enmascararse la abulia, la hipocresía, el acomodamiento. Por tanto, hemos de alegrarnos de que en Cuba haya variedad de opiniones y crezcan los espacios de debate. Ya, al menos, habremos aprendido que aun la ideología de fines más contractivos necesita disponer de una atmósfera de diversidad para concertar la unidad.
A simple vista, el proceso de Actualización es una terapéutica que por momentos habrá de tocar los extremos. El paciente -la economía cubana y por ende todo el cuerpo social- es un enfermo teratológico, es decir, marcado por la anormalidad, por el nudo ya casi inconciliable entre las fuerzas productivas y la organización productiva. Lo más complejo en estos días se refiere a la racionalización de las plantillas laborales, sobrecargadas por una política paternalista que sobredimensionó las ofertas de trabajo y devaluó el trabajo.
En el extranjero, donde suelen satanizar cuanto decide el Gobierno cubano, califican de despidos la implantación de nuevas plantillas. Hay, por supuesto, una diferencia semántica, incluso doctrinal, entre despido y racionalización. Cuba está urgida, para conseguir solventar sus necesidades de eficiencia, que en lo inmediato unos 500 mil trabajadores cambien la forma de gestión en sus empleos o se reorienten hacia otros sectores o se dediquen al trabajo por cuenta propia, que ofrece 178 actividades dispuestas a emitir licencias, aunque con una carga impositiva tan elevada que en poco tiempo tendrá que ser reducida o la estrategia fracasará al desestimular la legalidad en este tipo de ejercicio.
Ahora bien, que la propaganda anticastrista distorsione la interpretación del proceso de readecuación de plantillas redundantes en los centros de labor –común hoy a muchos países- es un percance mediático ante el cual Cuba poco podrá hacer. Pero el mayor peligro reside en que internamente los trabajadores perciban cirugía tan drástica como un acto contra ellos mismos. Como durante medio siglo el empleo o las pensiones nunca faltaron a costa de excesivos subsidios estatales, semeja una especie de acto diabólico que el rigor irrumpa aplicando un rasero nunca antes utilizado: permanecerán los necesarios; y de los necesarios, los aptos. O idóneos.
Operación tan delicada en una sociedad donde la justicia social es programa y bandera, requiere sobre todo del componente político, que va más allá de discursos o consignas. Parece cada vez más necesaria una dosis de transparencia que convierta en una especie de acción colectiva, de índole patriótica, el asumir los costos de un proceso que necesita restringir lo antes no restringido, y comprender ideológicamente que se amplíe lo anteriormente nunca o poco ampliado.
Entre extremos, pues, oscila la Actualización. Y si ya mencionamos el peligro de que las mejores intenciones sean confundidas con lo que no son, cierta es también la amenaza distorsionadora de un aparato administrativo muy burocratizado –con sus organigramas también en desmesura- y habituado más bien a recortar y prohibir que a facilitar la creatividad. Por ello, las fuerzas políticas tendrán que estar al tanto de los probables retorcimientos de una estrategia audaz a la vez que cautelosa, tan cautelosa que a veces quiebra lo racional al llevar las cosas solo hasta un punto, que suele quedar corto.

martes, 26 de octubre de 2010

EL JUEGO DE LAS PARADOJAS


Acumulación originaria y etapa de tránsito
Por Luis Sexto
La actualidad suele demostrar que la Historia a veces aclara la perspectiva oscureciéndola. Y con esta paradoja, que nada tiene que ver con las de Oscar Wilde, intento decir que como sujetos conscientes de la Historia, somos a mi parecer demasiado conscientes de ese señorío, de modo que le cedemos demasiado espacio a la voluntad reduciendo el de la razón. Este es, por tanto, uno los riesgos de las revoluciones actuales: persistir en las rutas cerradas o pretender que impactando el vehículo contra las barreras será posible habilitar el camino.

Después de la experiencia del socialismo soviético; después de la demolición de esa fortaleza inaugural del mundo nuevo -que muchos revolucionarios adoptaron como modelo-, lo que algunos creen ver todavía claramente se ha vuelto oscuro para advertir con claridad infrarroja que las revoluciones socialistas supervivientes, o las que inician su “gran marcha”, de insistir en el mismo paradigma, podrían topar al final de túnel con la desilusión. Y también la disolución.

No siendo este articulista un teórico, sino más bien un lector de la realidad, podrá decir que lo primero que uno detecta en los acontecimientos del último medio siglo es que la vida social suele poner patas arriba a la teoría más reputada de exacta. Nada menos regular que la regularidad de los intereses humanos. Por lo cual ya vemos claro que la voluntad, principalmente la política, no siempre acierta al decidir cambios, rumbos, normas. Y dicho esto ya estamos en condiciones de afirmar que la tarea más resbaladiza y escabrosa de las revoluciones socialistas no consiste en tirar por la ventana al capitalismo, sino sustituirlo. Dicho lo cual uno pregunta: con qué esquema será acertado empezar a deconstuir y sustituir las relaciones de producción capitalistas y su esencia explotadora: ¿con el extinto socialismo soviético que en la práctica resultó una sociedad poscapitalista donde la clase obrera, clase triunfante y por ende dominante en el socialismo, tropezó con la contradicción de que siendo dueña teórica de los medios de producción continuó siendo asalariada?

Al erigirse el Estado como único socializador de la propiedad del socialismo, la así llamada construcción socialista tropezó con otra contradicción, esta vez práctica: ser incapaz de cumplir con el propósito programático de satisfacer totalmente las siempre crecientes necesidades de la sociedad y verse constreñido a organizar un orden estrechamente centralizado, que a pesar de invocar los términos de democracia y democrático, resultó por momentos autoritario y burocrático.

Demos medua vuelta a la página. Y asumamos lo que inspiran estas líneas: Cuba. En este archipiélago hierven hoy, como ayer en tiempos de José Martí, las encrucijadas. Las encrucijadas que antes de exigir a Cuba un papel de fiel o catalizador de las circunstancias fuera de sus fronteras, tendrán que actuar dentro. Porque Cuba hoy, más que candil del exterior, tendrá que iluminar en el interior. Y este poco avezado lector de la realidad entiende que el voluntarismo, ese estar por encima de la posibilidad, se va arrinconando. Y ya percibimos cómo pasan a retiros los conceptos por tanto tiempo vigentes, al ser confrontados con lo racional y posible. Para qué ser campeones olímpicos –ha sugerido el Gobierno en declaraciones recientes del vicepresidente que atiende la esfera deportiva-, para qué lugares olímpicos en la cima si todavía faltan instalaciones para practicar deportes como ejercicio de salud y recreación y las existentes necesitan remozamiento y modernización. ¿Cuánto cuesta una medalla de oro perseguida como fin sistemático propio de las potencias económicas?

Lo que pasa hoy en Cuba en el orden de la economía y en la estructura conceptual de la política solo merece un nombre: transición. Porque a mi juicio la sociedad cubana recomienza ahora la etapa de tránsito hacia el socialismo, interrupta en 1968 cuando muchos consideramos que, de un salto, el socialismo sería una certeza, incluso adelantando esa otra sociedad netamente teórica, incluso inimaginable, que recibe el nombre de comunismo, es decir, la sociedad perfecta.

Hoy, en cambio, una idea parece cierta: sin nada que repartir, el socialismo nunca llegará a serlo en la praxis. La pobreza no puede ser la base de una sociedad que procura el bienestar en igualdad y equidad. Una de sus conquistas principales tendrá que consistir en resolver las urgencias de la vida cotidiana, sin acudir a la metáfora del futuro de bienestar –tantas veces aplazado por causa de acontecimientos adversos- para justificar lo que se ha vuelto precario. Por lo tanto, para distribuir en justicia habrá que generar riquezas y valores. Y si el modelo hasta ahora activo ha probado incapacidad para alcanzar la eficiencia, la eficacia y la efectividad mediante la centralización vertical, esto es burocrática, autoritaria, se precisa buscar alternativas poco ortodoxas en relación con la ideología más extendida–una economía mixta, digamos-, de modo que la sociedad revitalice sus fuerzas productivas para entonces avanzar hacia lo que llamamos socialismo, cuyos intentos se han diluido en expresiones de buena voluntad. Este período que comienza con la Actualización de la economía cubana, dicta mi ignorancia, se podría llamar aún etapa de tránsito.

De aplazar ese proceso, según lúcidas y honradas percepciones –las de Fidel Castro en noviembre de 2005, cuando aludió a los gérmenes de autodestrucción que coleteaban en la sociedad cubana-, se recalaría en una casi inevitable ruina de las aspiraciones de justicia e independencia que conquistó la revolución. A pesar de ello, varias opiniones internas están convencidas de que el país transita hacia el capitalismo, porque sospechan de que, al cederles espacios económicos a los individuos y facultarlos para que contraten a trabajadores, se dispondrían los pilotes para las bases de una pequeña burguesía, que, de acuerdo con la visión marxista o de ciertos marxistas, genera capitalismo. A esa aprensión pudiera oponérsele una pregunta: ¿Y qué generaría en nuestra sociedad, dadas sus circunstancias de iliquidez, de ineficiencia, de administravismo distorsionador, si el Estado prosiguiera ejerciendo como dispensador y controlador de lo más nimio y menos provechoso, o encomendara a los trabajadores autogestionar una empresa casi en bancarrota? A propósito, en una conferencia dictada en 1962, el Che Guevara recriminaba la hostilidad entonces creciente hacia la pequeña burguesía*, clase que en útil proporción produjo alimentos, vestido y calzado para los cubanos más pobres durante el capitalismo que la revolución se proponía dejar atrás.

En mil letras y teorías lo custodios de una presunta ortodoxia o los inquietos por el riesgo de “coquetear” con el mercado expresan su inconformidad. Y ello favorecería la diversidad de enfoques si se argumentaran sin ubicar entre la realidad y la teoría los cristales de lo absoluto. En algunos textos, incluso, el lector percibe hálitos de regodeo en la denuncia, un gusto tan pugnaz por exponer lo negativo o lo inservible que uno cree que se aproximan a una “oposición” teórica aparentemente de izquierda.

En general, las advertencias parecen amplificadas por jinetes de un Apocalipsis anunciado. Quizás hayan perdido toda su confianza en la estrategia del Gobierno y, sin percatarse, esta o aquella propuestas despiden por momentos olores tan dogmáticos como el dogma que declaran proscribir; son tan intolerantes como la intolerancia contra la cual se quejan. Y soslayan la amenaza de que si la sociedad cubana no acude a lo que más rápidamente podría afianzar las fuentes para una especie de acumulación originaria del socialismo –y en ese supuesto teórico coincido con el brasileño Emir Sader-, tal vez no haya tiempo para reconsultar manuales, ni leer directamente a los clásicos.

Concluyo esta somera aproximación a nuestros conflictos, copiando y entrecomillando la mitad de una frase breve de Che Guevara y con ella acepto que, ante estos tiempos de encrucijadas y oportunidades inapelables, “tener malanga” ahora es más urgente e importante que aplicar teorías. Y ese juicio, tan oscurantista para miradas turbias, lo aclara la Historia en esas paradojas que salen sin que el autor se las proponga.

*Escritos y discursos, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, página 218

lunes, 18 de octubre de 2010

LA JUVENTUD ES UN DEFECTO

Por Luis Sexto
Una verdad presumiblemente resabida nos advierte que solo se es joven una vez. Joven no en la actitud, que a veces resulta en adultos lastimero exhibicionismo, sino joven en plenitud de poseer, como dominadores, la facultad de enrutar el tiempo. Porque en esa edad los días vienen siendo como el vaso donde se echa el ímpetu que pareciera nunca terminar entre audacias y acometidas.
Cuando se escribe sobre la juventud, el agraciado con tal encomienda tendrá que acudir a la fraseología corregida y aumentada por tantos poetas, filósofos, sociólogos y psicólogos. Pero el periodista, que nada de aquello es, acudirá a una fórmula simple: recordar aquel tiempo feliz, la dichosa costumbre de ser joven. Y uno comprende así dos verdades también perogrullescas: que, como leí en un autor de nombre ya olvidado, la juventud es un “defecto” que se cura con los años, y además es el estado más fugaz del ser humano, en que hoy se es joven y mañana ya un poco menos. De modo que cuando se ha consumido o consumado parte abultada de los almanaques que nos tocan, hemos de evocar nuestro tránsito juvenil. Y reconocer qué tesoro qué divino tesoro tuvimos cuando la pesadumbre o el egoísmo no importunaban los sueños, ni enturbiaban la acción.
Sin embargo, lo más complicado de ese volver mediante el recuerdo a la juventud, radica en la pregunta que inevitablemente hemos de hacernos: ¿Aproveché constructivamente aquella dádiva de la vida? ¿Se acumularon los días en sucesión creadora? ¿La promesa que fui cristalizó en obra y virtud o, en cambio, mi punzada más recóndita y afilada es admitir que no me acerqué a lo soñado, en cuanto dependía de mis facultades y esfuerzos?
Este examen de conciencia puede significar una especie de harakiri en la persona honrada. Quizás en la adultez se convierta en un proceso muy embarazoso recuperar lo que no se ganó de joven, aunque mejor ejercer como bueno un día, que inservible muchos. Pero, entrando en lo práctico, lo que uno recomendaría desde la desventaja de haber envejecido consiste en ser consciente de que la juventud, a más de componer una etapa de preparación para el ejercicio del oficio de convivir, es también la estación en que pueden protagonizarse actos definitivos. ¿Acaso la revolución no resulta obra primordialmente de jóvenes, jóvenes sin tabúes conservadores, despojados de cálculos que nieguen la entrega solidaria?
A este comentarista le hubiera gustado ser joven de manera distinta a la que, le parece, informó su juventud. Ciertamente, hubiera elegido otro lenguaje: el lenguaje del sí o el no: un sí y un no que a su turno salieran de lo más personal y vívido de las convicciones. Porque si nuestras respuestas las matizáramos con la cuenta que evalúa conveniencias e inconveniencias a la hora de asumir el deber, iríamos en contra de la norma martiana que recomienda, sobre todo, cumplir con el deber de ser honrados. Por ello, yo no le pediría a ningún joven ir contra su conciencia, contra su honradez. Y no me valdría de métodos que puedan implicar la posibilidad de “vencer” las negaciones mediante un golpe sobre la mesa, sino apelaría a la sabiduría política que, respetando la libertad de decidir, aduce argumentos capaces de suscitar la sinceridad en la reflexión y el compromiso. ¿De que les vale al que pide y al que da, que lo que se entrega y recibe pueda rondar la hipocresía, eso que calificamos de doble moral?
Hoy, pues, cuando la república se adentra en un complejo universo de dificultades y tentaciones, cuando podría parecer que funciona poco de cuanto los jóvenes de ayer crearon, a mi me gustaría volver a vivir ese tiempo en que el alma navegaba en el viento de la revolución, y donde había una planta uno coadyuvaba a que brotara una flor, y donde ruina, paredes y techos, trabajo y comunión con los afanes más limpios. O qué tiempos. Nos parece que no los ha habido superiores. Pero en verdad de la vida lo que resulta mejor es el hoy, porque es el que ofrece el espacio para corregir la joroba. Y por tanto, si yo fuera joven, preferiría, más que gritarlas, vivir las consignas como si mi energía, por una vez, fuera decisiva para ir hacia adelante en medio del cosmos ardiente de la nación.

miércoles, 13 de octubre de 2010

EL ESCRIBIDOR Y EL TÍO NOBEL


A propósito de Vargas Llosa
Por Luis Sexto
El premio Nobel es como el invento primordial del millonario que le cedió nombre y dinero: dinamita. Y cada año, en particular en los acápites de literatura y el relativo a la paz, estalla echando a los aires anuencias y desavenencias; rara vez la convergencia. Mario Vargas Llosa no podía ser la excepción. Más bien el otorgamiento del Nobel lo confirma en una especie de trono del debate que habitualmente atiza con sus ideas y posiciones políticas conservadoras, por momentos aberradas, de acuerdo con quienes sostienen ideas opuestas.
Vargas Llosa gusta de oscilar en la paradoja. Su conducta política es contradictoria, pues de la izquierda, con evidente inclinación hacia el extremo, pasó al extremo de la derecha, cuyo ideario ha defendido con tozudez intestinal. Paradójica resultan también, a simple vista, su obra y sus ideas políticas. Porque si se juzgan desde los conceptos del autor, la obra no admite la acusación de retardatario que le encaja a aquel. Su periodismo es otra cosa. Los académicos suecos no debieron tener en cuenta los artículos o ensayos periodísticos de Vargas Llosa. El propio autor de La ciudad y los perros se encargó de decir hace unos años en Madrid que él no cuidaba la forma de sus textos para periódicos, que solo decía lo que debía decir, sin inquietarse por lo estético. Y ello es otra paradoja. Porque pocos escritores por grandes o pequeños que hayan sido descuidaron esos enunciados urgentes, escritos usualmente para ganar el sustento. Nombremos, como referencia más a mano, a García Márquez, cuyas crónicas y reportajes ilustran una lección de estilo original, convincente y conmovedor. O a Hemingway…
Lo principal en la obra literaria de Vargas Llosa es la altísima condición artística que exaltó “la cartografía de las estructuras del poder y su reflejo agudo de la resistencia del individuo, de su revuelta y de su fracaso”, según la frase textual del acta del Jurado, que no se hizo el “sueco” ante el expediente de Vargas Llosa, sino fue de verdad sueco premiando quizás al más literariamente iluminado de los escritores latinoamericanos.
Parece lógico que desde las izquierdas se haga notar la discordancia entre la posición política y la técnica y la verdad literaria del escritor, pues seguimos utilizando lo político como rasero de la calidad literaria, artística o humana. De la misma manera a veces también confundimos ideología y política. Y como en la práctica se puede ser ideológicamente retrasado y políticamente adelantado en lo coyuntural, lo táctico referido a lo ideológico, se puede ser un escritor excepcional y un político degradado, o mal esposo o mal padre. O viceversa: un escritor inferior puede contener a un excelente político demócrata o revolucionario. Esas analogías, esos engarces no parecen cuadrarle a la vida, más compleja que concebir una historia y vestirla de palabras. Y eso último le exijo a los escritores como característica primordial: usar la palabra, mediante la voluntad de estilo – y todo cuanto de artístico esta categoría implica- como instrumento de reconstrucción ético-estética del ser humano.
Qué tendrá que hacer, pues, un concurso literario, sino premiar la efectividad de la palabra, salvo que el pensamiento, imbricado como tesis en la obra, vaya contra la causa del hombre al promover la violencia o justificando la explotación, exaltando los desvalores que empobrecen la condición humana. ¿Son esos los propósitos que definen la obra del escritor Mario Vargas Llosa? No me parece.
De cualquier manera, lleva en el pecado la penitencia. Por mucha telaraña que envuelvan la militancia e ideas políticas del escritor, por mucho que la ciudadanía española encubra el origen de aquel y el afecto servil por los Estados Unidos pretenda lavar la condición de latinoamericano del autor de La fiesta del Chivo, la obra de Vargas Llosa y el premio Nobel lo desmienten. Y mientras el libro de Introducción a la geografía de las escuelas norteamericana enseña a los niños que en América Latina se ubican muchos de los países más miserables e ignorantes del planeta, la sangre, la lengua, la formación de Mario Vargas Llosa no pueden negar que este escritor pertenece a la región donde en los últimos 60 años se han escrito libros que han marcan la vanguardia literaria en el orbe hispánico. Posiblemente, por ello también lo premiaron.

RESUMEN BIOBIBLIOGRÁFICO
Nacido en la sureña ciudad peruana de Arequipa el 28 de marzo de 1936 en una familia de clase media, fue educado por su madre y sus abuelos maternos en Cochabamba (Bolivia) y luego en Perú. Tras sus estudios en la Academia Militar de Lima, obtuvo una licenciatura en Letras y dio muy joven sus primeros pasos en el periodismo.
Con su obra traducida a 30 lenguas, Vargas Llosa ha sido galardonado con los premios Cervantes, Príncipe de Asturias de las Letras, Biblioteca Breve, el de la Crítica Española, el Premio Nacional de Novela del Perú y el Rómulo Gallegos.