Mostrando entradas con la etiqueta revolución. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta revolución. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de noviembre de 2010

FILOSOFÍA DE LOS OLORES



Por Luis Sexto

Lo político pudiera ser un detalle vinculado al olfato si reconociéramos que a Cuba se le puede percibir en diversos olores. Los emigrantes que se paran sobre el punto que marca las noventa millas entre Cuba y los Estados Unidos en Cayo Hueso, al olisquear el aire creen sentir el olor de la nostalgia. Y si fuera solo la morriña gallega, la añoranza por el país de origen, los amigos, la lengua, no fuera peligrosa; quizás anticipara un estado poético. Pero muchos de cuantos se recuestan del lado de los recuerdos, añoran la Cuba sin revolución. Y ese sentimiento de vacío se convierte en violenta potencialidad, en peligroso deseo de revancha.
Parejamente, en La Habana, muchos de cuantos se suben en el muro del Malecón a pasar las horas frescas de la noche, y tantean con la nariz el norte, reciben el olor de la desconfianza o de la esperanza, dependiendo el primero de la actitud política favorable a la revolución y el segundo, en un apreciable grado, de las aspiraciones económicas. Tal vez esos tres -nostalgia, desconfianza y esperanza- sean los olores básicos que el aire del mar ofrece a los cubanos del lado de allá del estrecho de la Florida y del lado de acá, desde donde escribo.
Al llegar a tal conclusión, uno lamenta la azarosa providencia geográfica que puso a la Isla de Cuba a emerger en esta posición tan crucial, fiel de América que dijera Martí, crucero entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Es fácil reconocerlo: ha sido un incómodo destino existir tan solo a cuatro brazadas del país que alcanzaría tanta influencia y poder como para que los cubanos lo viéramos, unos, como la "tierra prometida" y, otros, como el sitio de donde dimanan toda amenaza y todo riesgo.
Parece claro: la fase violenta, vengativa de la nostalgia en Miami, influye directamente en el olor de la desconfianza que muchos cubanos huelen, ayer y hoy, en el lenguaje agresivo de los medios del llamado exilio y, por supuesto, de las instituciones de Washington. Con cincuenta años de argumentos, está justificada la sospecha acerca de qué se puede esperar de esa ciudadela de la contrarrevolución en que se convirtió Miami desde 1959. Y así, mientras el conflicto ideo político esté planteado en términos hostiles, a los cubanos que respiran en la isla les resultará fácil defenderse: reconocen al enemigo; coliman el blanco, y hallan en la posibilidad de la agresión las justificaciones para la resistencia numantina.
No resulta tan simple, en cambio, anular o disminuir la intensidad del efluvio de "esperanza” que otros cubanos creen sentir cuando abren las ventanas de su olfato con un ademán también nostálgico, pero de una nostalgia distinta: la que añora lo que no conoce y estima como el sésamo ábrete que decretará la prosperidad personal. La emigración, legal o ilegal, pues, se erige en fórmula básica para que los que aspiran a vivir presumiblemente mejor, toquen su "sueño americano".
¿Cómo habrá de impedir la Cuba socialista los olores que, envueltos en blanco de nubes, llegan tentando a muchos, en particular a jóvenes, en cifras inquietantes? En esta faceta de las hostilidades entre ambas orillas, los cañones no resuelven. No soy el primero que lo afirma. Y me parece que, a pesar de cualquier aparente duda de los habitantes del archipiélago cubano que no hayan tenido oportunidad de asumir otra posición que no sea la del "espectador crítico", las ideas más lúcidas en Cuba tienden a percatarse de que para reducir el trasiego clandestino de personas y los efectos de la ley de ajuste migratorio que lo estimula, lo primordial será cuanto se haga dentro del país, para que nadie tenga que buscar en el extranjero lo que podría tener, aun más modestamente, en el interior. Y sin esperar a que la racionalidad germine entre los asesores y ejecutivos del poder político en Washington.
Hasta ahora, en los últimos 20 años, Cuba ha resistido siguiendo una estrategia que ha apostado mayormente al tiempo, al tiempo que depare un golpe de suerte, toque mágico que haga brotar el subsuelo la riqueza que pueda financiar necesidades e incluso ineficiencias. Pero el tiempo suele también no traer lo que esperamos. Y con notoria ansiedad ante las posibilidades de desarrollo interno, percibimos un nuevo olor: el de modificar, ahora, estructuras económicas que promuevan una respuesta creadora a las urgencias presentes. En Cuba, como dije una vez, las cosas a veces se conciben, maduran y pasan soterradamente. No olvidemos que la desconfianza en los actos procedentes de los Estados Unidos y sus adeptos condiciona cualquier movimiento interior. Aparte de las trabas y distorsiones burocráticas, que son otro tipo de enemigo, las cautelas rodean las decisiones que a veces creemos demasiado lentas. ¡Cuidado!, dice un combatiente suspicaz: el enemigo está al tanto de cualquier grieta. Pero la sociedad cubana, por muchos años rigidizada, sacude el almidón que la inmovilizaba en su lealtad a un paradigma socialista ya descalificado por la historia. Y aclaro: No es que el socialismo haya fracasado, sino que el modo de implantarlo fue el que se frustró en Europa por su incapacidad de autorregularse.
Cuba, en efecto, sigue moviéndose, aunque lentamente, dentro de la lógica de su olfato político: cambiar lo caduco sin comprometer la solidez del poder de la Revolución. Con los nuevos decretos y resoluciones laborales, si la burocracia no nos entretiene, el individuo tendrá mayor espacio para decidir y definir su situación doméstica. Ya no habrá que esperar la mano dadivosa del Estado para un aumento de suelto o de pensión, que por momentos hay que aplazar. Si usted lo necesita o si quiere vivir más holgadamente podrá trabajar más. Por primera vez el principio de que el trabajo sea la verdadera fuente de riqueza y bienestar, empieza a formalizarse en un cuerpo social y jurídico, sin más limitaciones que las que tiendan a preservar la legalidad escoltada por la razón.
Tal vez exagero, o quizás soy, por esta vez, demasiado optimista, pero mi olfato cree que el desencanto equivaldría a la ruina.

lunes, 18 de octubre de 2010

LA JUVENTUD ES UN DEFECTO

Por Luis Sexto
Una verdad presumiblemente resabida nos advierte que solo se es joven una vez. Joven no en la actitud, que a veces resulta en adultos lastimero exhibicionismo, sino joven en plenitud de poseer, como dominadores, la facultad de enrutar el tiempo. Porque en esa edad los días vienen siendo como el vaso donde se echa el ímpetu que pareciera nunca terminar entre audacias y acometidas.
Cuando se escribe sobre la juventud, el agraciado con tal encomienda tendrá que acudir a la fraseología corregida y aumentada por tantos poetas, filósofos, sociólogos y psicólogos. Pero el periodista, que nada de aquello es, acudirá a una fórmula simple: recordar aquel tiempo feliz, la dichosa costumbre de ser joven. Y uno comprende así dos verdades también perogrullescas: que, como leí en un autor de nombre ya olvidado, la juventud es un “defecto” que se cura con los años, y además es el estado más fugaz del ser humano, en que hoy se es joven y mañana ya un poco menos. De modo que cuando se ha consumido o consumado parte abultada de los almanaques que nos tocan, hemos de evocar nuestro tránsito juvenil. Y reconocer qué tesoro qué divino tesoro tuvimos cuando la pesadumbre o el egoísmo no importunaban los sueños, ni enturbiaban la acción.
Sin embargo, lo más complicado de ese volver mediante el recuerdo a la juventud, radica en la pregunta que inevitablemente hemos de hacernos: ¿Aproveché constructivamente aquella dádiva de la vida? ¿Se acumularon los días en sucesión creadora? ¿La promesa que fui cristalizó en obra y virtud o, en cambio, mi punzada más recóndita y afilada es admitir que no me acerqué a lo soñado, en cuanto dependía de mis facultades y esfuerzos?
Este examen de conciencia puede significar una especie de harakiri en la persona honrada. Quizás en la adultez se convierta en un proceso muy embarazoso recuperar lo que no se ganó de joven, aunque mejor ejercer como bueno un día, que inservible muchos. Pero, entrando en lo práctico, lo que uno recomendaría desde la desventaja de haber envejecido consiste en ser consciente de que la juventud, a más de componer una etapa de preparación para el ejercicio del oficio de convivir, es también la estación en que pueden protagonizarse actos definitivos. ¿Acaso la revolución no resulta obra primordialmente de jóvenes, jóvenes sin tabúes conservadores, despojados de cálculos que nieguen la entrega solidaria?
A este comentarista le hubiera gustado ser joven de manera distinta a la que, le parece, informó su juventud. Ciertamente, hubiera elegido otro lenguaje: el lenguaje del sí o el no: un sí y un no que a su turno salieran de lo más personal y vívido de las convicciones. Porque si nuestras respuestas las matizáramos con la cuenta que evalúa conveniencias e inconveniencias a la hora de asumir el deber, iríamos en contra de la norma martiana que recomienda, sobre todo, cumplir con el deber de ser honrados. Por ello, yo no le pediría a ningún joven ir contra su conciencia, contra su honradez. Y no me valdría de métodos que puedan implicar la posibilidad de “vencer” las negaciones mediante un golpe sobre la mesa, sino apelaría a la sabiduría política que, respetando la libertad de decidir, aduce argumentos capaces de suscitar la sinceridad en la reflexión y el compromiso. ¿De que les vale al que pide y al que da, que lo que se entrega y recibe pueda rondar la hipocresía, eso que calificamos de doble moral?
Hoy, pues, cuando la república se adentra en un complejo universo de dificultades y tentaciones, cuando podría parecer que funciona poco de cuanto los jóvenes de ayer crearon, a mi me gustaría volver a vivir ese tiempo en que el alma navegaba en el viento de la revolución, y donde había una planta uno coadyuvaba a que brotara una flor, y donde ruina, paredes y techos, trabajo y comunión con los afanes más limpios. O qué tiempos. Nos parece que no los ha habido superiores. Pero en verdad de la vida lo que resulta mejor es el hoy, porque es el que ofrece el espacio para corregir la joroba. Y por tanto, si yo fuera joven, preferiría, más que gritarlas, vivir las consignas como si mi energía, por una vez, fuera decisiva para ir hacia adelante en medio del cosmos ardiente de la nación.

viernes, 19 de marzo de 2010

NUEVA ARCA DE LA ALIANZA



Por Luis Sexto

El aniversario 30 del asesinato del obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero favorece actualizar la idea de Fidel Castro sobre la alianza estratégica entre cristianos y marxistas. Las balas que abatieron al arzobispo de San Salvador mientras celebraba la eucaristía, arrastraban en su penetrante velocidad el propósito de ajustarle cuentas al prelado por haber querido que la estrella polar no apuntara al norte sino al sur. Monseñor Romero –san Romero de América según la canonización proclamada por el obispo Pedro Casaldáliga- es un mártir de la revolución latinoamericana. Un mártir de la justicia aún pendiente sobre las hambres y frustraciones del pueblo latinoamericano.
Ocho años antes de que la sangre del pastor se mezclara con la sangre del Cordero sobre el altar del sacrificio – 24 de marzo de 1980-, Fidel Castro había formulado un principio que trastocaba el dogmatismo prevaleciente al juzgar a la religión y a los hombres de fe o de iglesia, como virtuales enemigos o, al menos, como entes de sospechosa cercanía. Los cristianos son aliados estratégicos –es decir, no de conveniencia provisoria, no “compañeros de viaje”- de los marxistas, y de los revolucionarios en su definición más abarcadora. A mi modo de interpretar la idea del líder cubano, Fidel asumía al concebir y difundir ese enfoque que el cristianismo, por su doctrina, que privilegia a los pobres, y por su ética, cuya máxima potencialidad es entregar hasta lo que no se posee, estaba muy próximo a los ideales de la revolución popular.
¿Existe, como establecía Hegel, una tajante separación entre la ética civil, laica, y la cristiana? Tal vez la respuesta dependa de qué posición se adopte ante el cristianismo. Si juzgamos la doctrina del Evangelio como un hermético código individualista, un mensaje de salvación exclusivamente “personal”, Hegel podría tener razón. Por el contrario, si como sostiene Leonardo Boff, “más que mejorar la expresión religiosa, el cristianismo pretende ayudar a la construcción del hombre nuevo”, el imprescindible filósofo alemán se verá obligado a modificar un tanto su parecer.
Así, pues, la dicotomía, la separación, que no pocos marxistas y revolucionarios han defendido irracionalmente, se reduce a un asunto de opinión. Si los cristianos, y los que no lo son, reconocemos como necesaria una teología de lo político, llegaremos a admitir que esta, al decir del mismo Boff, “procura libertar la comunidad cristiana de la versión intimista y privatizante que se le ha dado al mensaje de Jesús”. Evidentemente, la ética cristiana se fundamenta en la caridad. No, por supuesto, la caridad que sugiere el término inglés carity, y que Arnold Toynbee considera empequeñecido sinónimo de limosna, simple acto individual que tranquiliza conciencias, aunque nada modifica ni transforma en las estructuras sociales de la pobreza. La caridad -caritas latina, ágape en su versión griega- es, en cambio, el amor que todo lo sufre y todo lo arriesga por el prójimo, el pueblo. Gratuitamente. El cristianismo resulta así un camino global para edificar el Reino de Dios, que empieza hoy, aquí, entre nosotros, los vivos, y que muchos no creyentes traducen con la esperanzadora palabra revolución o utopía. Por todo ello, más que alentar una contradicción con la ética civil, laica, la doctrina de Cristo es un referente nutricio de la solidaridad revolucionaria. Una fuerza más para el mejoramiento y la preservación de la dignidad humana. Sin exclusivismos de un lado. Ni discriminación del otro. Porque la unidad política se forja por sobre toda cosmovisión. No consiste en la conjunción de filosofías afines, sino en el concierto de programas y acciones orientados hacia la transformación de la realidad indeseable.
La vida y la muerte de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, por tanto, ejemplifican con el acierto irreprochable del martirio la propuesta de Fidel Castro. Un juicio demasiado suspicaz ha de pensar sensatamente antes de presillar el expediente de reaccionarias o conservadoras con que solemos bautizar pluralmente a las jerarquías eclesiales, incluso a los hombres de fe. Un obispo posee, dentro de la organización romana, autonomía y colegialidad. Y su voz, guía de la iglesia local, adquiere una altitud, una preeminencia que influye en la feligresía, aunque sea obligada a convertirse en una voz que “clama en el desierto”. Y el mérito de Romero trasciende las denuncias de los asesinatos y desafueros de la dictadura salvadoreña, durante sus homilías en la catedral. Se zambulló en lo profundo, en lo más comprometedor de la fe y la signó con un contenido unívoco, sin dicotomías, entre lo escatológico y lo social inmediato. Promovió la lucha por la justicia en su interpretación catequética de los Evangelios: no es cristiano quien salga de la vida y se ubique al margen de la sociedad. Y de los evangelios dedujo su fervor por los pormenores terrenales. “Una verdadera conversión cristiana –sostenía- tiene hoy que descubrir los mecanismos sociales que hacen del obrero y del campesino, personas marginadas. Por qué solo hay ingresos para el pobre y el campesino en la temporada del café y del algodón.”
Ese mezclarse con el mundo y compartir los sufrimientos en el parto de un mundo renovado, no es, naturalmente, lo específico cristiano. Hemos de tenerlo como referencia para comprender al aliado. Lo específico cristiano –según la teología- es la fe en Jesucristo, como Dios que encarnó. Pero cuando la fe cristiana se alarga en un ósculo de universalidad y se encarna como remedio del dolor, valladar del poder abusivo, de la distribución injusta, el cristiano es superior. Muchos sacerdotes pueden todavía reprochar al padre Camilo Torres su decisión de no celebrar más los sacramentos hasta cuando no reinara la justicia en Colombia. Ese sacrificio, sin embargo, paso a convertirse en una ofrenda de amor bajo las especies de un fusil. ¿Cómo, si no, hemos de reproducir el hallazgo primordial de Camilo Torres: no sabemos con certeza si el alma es inmortal; sabemos, en cambio, que el hambre es mortal? Y cómo se ha de matar el hambre cuando tantos se niegan a que muera. Y la violencia, esa que Orígenes, uno de los Padres de la Iglesia, negó como instrumento de los cristianos en su polémica contra Celso, resurge ahora depurada por manos que consagraron el pan y el vino en el culto eucarístico. La violencia no se caracteriza solo por la naturaleza del odio. Existe la violencia del amor. De modo que presentar la otra mejilla al que destroza, demuele, pulveriza la vida en nombre de la ganancia, el poder de clase, es quizás una ofensa a Dios. Podré regalar mi mejilla sana al que me abofeteó -así, en lo privado-, pero no tengo derecho a ofrecer la de mi prójimo, ni a tolerar que, delante de mí, lo golpeen.
La violencia del amor es, sin embargo, multiforme. No consiste solo en fusil contra fusil. Denuncia con la palabra, levanta las manos para votar contra el desafuero, apunta con el índice el error de lesa persona o lesa sociedad. Y esas son también señales de la violencia creadora que distinguió a los profetas. La crónica de las comunidades eclesiales de base en América Latina está enlutada por cuantos exclamaron, a usanza de los primitivos cristianos: “Non possomus”. No podemos renunciar a defender la verdad, combatir el mal, amparar al pobre, exaltar al justo. Y la sangre ha consagrado esa actitud. Decenas de mártires: obispos, sacerdotes, monjas, laicos. Fidel Castro lo comprendió, incluso desde antes de 1972, cuando propugnó la alianza entre cristianos y marxistas. Ya lo había expresado en su praxis en la Sierra Maestra, 1958, cuando allí llegó el Padre Guillermo Sardiñas decidido a ejercer su ministerio sacerdotal entre los guerrilleros y también dispuesto a asumir el ministerio guerrillero con sus manos ungidas. Fidel lo aceptó. Y el Che Guevara sintetizó esta política –a pesar de sus posteriores desvíos desde el poder- con el equilibrio que matiza aún sus más apasionadas apreciaciones:
“Nosotros nunca hemos venido a dividir, y constantemente hemos tratado de unir. Esa era una de las consignas primeras que desde la Sierra nos diera nuestro Jefe Fidel Castro: no separar a los cubanos (…) por su manera de pensar en materias espirituales; siempre tratar de juntarlos, siempre tratar de limar asperezas (…) y las lógicas diferencias de pensamiento (…) entre un católico y un protestante o una persona sin religión; no acentuar las diferencias, sino acentuar todos los puntos de contacto, todas las aspiraciones honestas, que nos permitan marchar juntos hacia la victoria.”
Del otro lado, aparte del testimonio cruento de infinitud de cristianos, uno de los escritores católicos más leídos en el siglo XX y autor de un poema al Che, tan bello como una antífona del oficio divino que recitaba en el monasterio de Gesetmany, Kentucky, el monje trapense Thomas Merton -aún dentro de su apego al papado y a la ortodoxia- concebía una definición cristiana de la sociedad un tanto discrepante de la síntesis oficial pontificia. “¿Sociedad cristiana?” –se preguntaba y respondía: “(...) no es una sociedad regida por sacerdotes, ni tampoco, necesariamente, una sociedad en que todos tengan que ir a la iglesia: es una sociedad en que el trabajo es para la producción y no para el beneficio, y la producción no es para sí misma, no solo para los que posean los medios de producción, sino para todos los que contribuyen de modo constructivo al proceso de producción.”
Tal enfoque quizás se aproxime al socialismo. El socialismo, por supuesto, no se apoya, como asiento primordial, en los sentimientos, en la bondad de unos hombres hacia otros. Se hace estructura para que el régimen de propiedad y la distribución de la riqueza, beneficiados por relaciones sociales solidarias, faciliten el perfeccionamiento humano.
No tengo mejor final para esta reflexión que una anécdota de Leonardo Boff. Ocurrió en la Cumbre de la Tierra, en 1992. Según le contó al periodista cubano Eddy E. Jiménez Pérez, Boff había decidido abandonar el sacerdocio a causa del hostigamiento del Vaticano. Antes de comunicarlo a la prensa, quiso informar a Fidel, allí presente, porque “eres nuestro amigo”. Fidel le respondió: “No, Boff, no eres mi amigo, eres mi hermano.” Y le preguntó: ¿Tú sigues creyendo y estás convencido de la liberación de los pobres y oprimidos? El teólogo asintió: “Sí, esa es mi convicción.” “Entonces –dijo Fidel- lo mejor del cristianismo está salvado…”.

martes, 15 de septiembre de 2009

VIVIR O NO VIVIR EN DIALÉCTICA

Por Luis Sexto

La crónica de las revoluciones nos facilita una conclusión: casi todas han sido hábiles al conquistar el poder, pero menos hábiles al defenderlo. Pocas han perdurado sin que la restauración del “viejo régimen” haya dado una vuelta a ese ciclo que llamamos, en una imagen cómoda, “la rueda de la historia”.
Juzgar desde el presente el pasado es comúnmente fácil, opondrá alguno a mi afirmación. Pero el análisis de los hechos pasados se hace no solo para justificar las acciones de cuantos nos precedieron, sino para aprender de aquello que, aunque pueda ser explicable racionalmente, nos trasmite una especie de aviso: obrando igual podrás llegar al mismo fin, aunque sean distintas las circunstancias. Qué nos enseña, por ejemplo, el fracaso de la Revolución de Octubre, después de que el mundo que ella había generado y en apariencias consolidado hizo implosión en 1990. Primeramente, ese trágico episodio de fines del siglo XX confirma mi aserto inicial: fue muy capaz para destronar al zar y su tinglado de opresión medieval; incluso, se defendió con armas triunfales de la invasión hitleriana, pero no pudo impedir que todas sus conquistas se extraviaran en un camino de retorno. Lo que parecía imbatible, cayó; lo que reputamos de eterno, feneció.
La disolución de la Unión Soviética, el País de los Soviet, el primer país socialista de La Tierra, como llamábamos al vasto conglomerado de repúblicas socialistas surgidas a partir de Octubre de 1917 –según el calendario Juliano-, ha dejado numerosas experiencias para las revoluciones que aspiren, en el siglo XXI, a permanecer como génesis de cambios irreversibles. El tema, claro, resulta excesivo para un análisis periodístico. Pero como sólo escribo a título de periodista, con ese derecho abordo lo que, me parece, todavía no ha encontrado una juicio equilibrado y definitivo. Tal vez, deban pasar cien años para hallar el justo medio en nuestra evaluación. Por ahora, me parece que una verdad, entre muchas, asoma como la punta de un volcán desde lejos: la voluntad política de hacer la revolución necesita de la voluntad política de hacerla perdurar. ¿Y quién no tiene esa intención? No niego que la voluntad de existir perennemente anima a los revolucionarios. Sucede, sin embargo, que la voluntad política de permanecer exige vivir en dialéctica, en actuar utilizando el sí y el no, en un careo creador que evite el anquilosamiento, la rigidez de las estructuras.
En la URSS predominó un apego inflexible a los llamados principios. Nadie en 1917, ni antes, ni después, ha sabido con certeza –Fidel Castro lo ha reconocido- cómo se levanta el socialismo sobre las ruinas del capitalismo o las supervivencias de la Edad Media. Los bolcheviques creyeron haber hallado una ruta. Más tarde, Lenin se percató, al parecer, que no conducía a ningún sitio seguro, y comenzó a tantear. Para mí, la NEP fue eso: un tanteo que se frustró con la muerte del líder de Octubre y la vuelta a las posiciones originales que Stalin impuso: la propiedad estatal como ficción de la propiedad socialista. Lenin tenía razón: una sociedad, como una casa, no empieza a edificarse por el techo: se precisa fraguar los cimientos y eso no es cosa de poco tiempo, ni de pocas y primarias conquistas. Con ese modelo basado en el control de la burocracia estatal, un país tan dotado de bienes naturales solo pudo alcanzar unas ocho décadas de existencia. Y sin plenitud. Sí; desarrollo en un sector y subdesarrollo en otro. No olvido cuando, en 1988, visité la región siberiana de Sukpay, donde leñadores cubanos trabajan la madera que el gobierno soviético le concedía a Cuba, y supe que los médicos del contingente tenían que asistir, sobre todo los estomatólogos, a escolares que con su dentadura podrida acusaban la falta de ese servicio 70 años después de la Revolución.
Fue políticamente erróneo adoptar con rigidez principios a los que los fundadores del Marxismo solo calificaron de “guía para la acción”. Los principios no pueden estar separados de los fines. Si en la esfera personal el sacrificio de un hombre a sus normas puede resultar admirable, en los procesos sociales la inmolación como destino, no como accidente parcial, logra el valor del fracaso. Porque habría que preguntarse: ¿Para qué edificamos el socialismo? ¿Para acatar principios o para, mediante principios, alcanzar los fines del desarrollo, la libertad y el bienestar humano dentro de reglas de equidad, igualdad, justicia? Habrá, pues, que aceptar que los mejores principios son los que más cabalmente cumplen sus fines de transformar la vida. Socialismo que pretenda la igualdad sobre la pobreza y las restricciones, no puede llamarse así. Con lo cual uno va aceptando que más que las filosofías, los revolucionarios han de tener a la vista las tendencias de la naturaleza humana. A veces se legisla y se teoriza contra ella. Inútilmente. Porque las necesidades de nuestra especie no toleran barreras: cumplida la norma cuantitativa, las demuelen o saltan sobre ellas.
Queremos, en efecto, transformar al hombre viejo: delinear y sustanciar al nuevo. Pero no parece plausible que en sociedades con esquemas económicos incapaces de producir riquezas y que más que con soluciones, respondan con sueños “a las necesidades siempre crecientes” de las personas, pueda surgir un hombre distinto. ¿Cuánto de lo viejo no desempolvan la pobreza y las carencias en la conciencia humana?
Vivir en dialéctica -ese gobernar previendo, según José Martí, ese obrar al tanto de lo que empieza a ser inservible para sustituirlo por una réplica creadora- resulta trabajoso. No creo que aquel ensayo del español Mira y López sobre “la psicología del revolucionario” haya perdido su vigencia. Uno ha lamentado que los revolucionarios de ayer, los hábiles, los dispuestos a destruir el viejo régimen, se hayan convertido en conservadores de su obra, conservadores renuentes a aplicar la dialéctica, ley y método que, por otra lado, pululan en sus referencias. Ese tipo de revolucionario encorsetado por la burocracia, que ha trenzado sus intereses personales con su posición en el esquema del nuevo poder, suele sustituir la visión crítica de la realidad con la autocomplacencia; la actividad política con la retórica.
Espero que nadie confunda que en estas notas abogo por los principios generales -claros, precisos y posibles- que informen la acción revolucionaria para tomar el poder, pero sobre todo, apoyo la actitud de mantenerlos siempre en posibilidad de cambiar, que no equivale a desfigurarlos, sino a adaptarlos. Mayor que el riesgo de cambiar, de responder a las urgencias de la vida modificando enfoques y tácticas, es el de no cambiar. Porque si los principios se revisten de blindaje excluyendo lo que un ideólogo cubano, muy inteligente, llama “tesis que los adecuan”, obtendremos quizás la certeza próxima de oxidarlos entre los hierros que estimamos su salvaguarda.
La historia de las revoluciones sigue dictando su cátedra de experiencia. De sentido práctico. Vivir o no vivir en dialéctica, esa es la cuestión.

jueves, 14 de agosto de 2008

LA FRUTA QUE FUE MADURA

Por Luis Sexto

“Sinuhé el egipcio” ha reaparecido gracias a una reciente edición cubana. Y algunos de cuantos lo conocían confiesan que ahora, treinta o cuarenta años después de haberlo leído por primera vez, penetraron con más provecho en el mundo de antigüedades que construyó Mika Waltari con su novela.
Unos, incluso, tratan de interpretar la vida, o ciertas cosas, mediante la filosofía amodorrada, cansada, de Sinuhé. Conozco al menos a una persona que, cuando conversamos ambos de los males de la actualidad, la cubana o la extranjera, riposta a mi inconformidad, a mis críticas, con el sonsonete del trepanador real y agente de la inteligencia faraónica: “Así ha sido siempre y así será”. Que el poderoso abuse del débil. Que el rico se encarame sobre el pobre. Que aquel robe o este mienta. Que ese responda con la indiferencia. Que el otro use prerrogativas del cargo para regalarse privilegios... Por qué inquietarse: así ha sido siempre y así será. Derrotismo. Resignación.
Terencio, el latino, se aproximó al egipcio Sinuhé cuando estableció que nada nuevo había bajo el sol. Capsular filosofía antirrevolucionaria. Contra la utopía. Por negarse precisamente a admitir que los tiempos y las cosas eran irremovibles, circulares en su fluir, la especie humana ha alcanzado su desarrollo. Quizás lo único que no cambia es la ocurrencia de dificultades. Porque a un problema resuelto lo sustituye otro. Lo sabemos. Pero autorícenme a seguir descubriendo Mediterráneos. Y si a cada problema se le hubiera tapado con un “así ha sido siempre”, paciencia, la pila superaría al Everest en altura. Y andaríamos en chancletas y comeríamos semillas.
La última década en Cuba ilustra que la lucha, la negativa a aceptar los obstáculos como voluntad inapelable del destino, empuja, azuza, la superación de cuanto parece irreversible. Quizás en 1991, si hubiéramos aplicado la fórmula fatalista de ciertos intelectuales y políticos anteriores a 1959, el esquife de la República, según la imagen del escritor José Antonio Ramos, se habría despedazado en “los acantilados de la Florida”, de acuerdo con la frase de Jorge Mañach, otro escritor de los años 30 y que naufragó precisamente en las aguas de los Estados Unidos después de haber denunciado el daño que la influencia del Norte le ocasionaba a Cuba. Nada –decían aquellos los pesimistas- es posible contra los americanos. Todo es posible, ha demostrado hoy la Revolución.
Los gobiernos norteamericanos, sin embargo, continúan afiliados al “así ha sido siempre”de Sinuhé el egipcio. En particular con respecto a Cuba. La ven y juzgan como la vieron y juzgaron desde 1805. Primeramente, en esa época, como una isla por conquistar, por anexarla a la Unión. Después como la “fruta madura”que por ley de gravedad histórica debía caer, algún día, en las manos de los Estados Unidos. En el siglo XX, al fin, la manzana se desprendió luego de la guerra hispano-cubana-americana. Y hasta 1959 la consideraron posesión suya, como protectorado o necolonia, que ambas categorías significaron lo mismo: absorción de la riqueza, la independencia, la política cubanas mediante la condición de “factoría yanqui” con que invistieron a la isla.
Antes y después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido igual. El presidente W. Bush ha asegurado recientemente que solo dialogará con el pueblo cubano, y no con el Gobierno Revolucionario, que ha hecho pública, mediante palabras de Raúl Castro, su disposición a resolver, mediante negociaciones, el diferendo entre los Estados Unidos y Cuba. Parece que W. Bush, al igual que sus predecesores, cree que el Gobierno Revolucionario carece de representatividad ante su pueblo. Un error que se repite desde hace casi medio siglo. Porque basta preguntarse por qué se ha sostenido tantos años en el Poder. Claro, en Washington responderán que mediante la represión: la mitad de los cubanos vigila a la otra mitad. Y cómo puede ser posible si cuantos manipulan las armas son los hijos de los trabajadores y profesionales que desfilan por calles y plazas. ¿Acaso puede una parte de la población vigilar a la otra?
Así ha sido siempre y así será en la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba. Todo cubano que se le oponga -como decía el interventor de turno sobre Juan Gualberto Gómez uno de los adalides de la independencia, contradictor de la Enmienda Platt- es un “degenerado”. Y todo gobierno de La Habana que pretenda mantener su independencia y soberanía, será dictatorial, antidemocrático, como afirman en Washington que es el Gobierno de Fidel Castro.
De la tiranía del general Gerardo Machado y la del general Fulgencio Batista-cuyas víctimas aparecían torturadas y asesinadas en las cunetas de las carreteras o colgadas en los árboles del campo-, ningún funcionario de la Casa Blanca dijo alguna vez que eran enemigos de los Estados Unidos o que violaban los derechos humanos. Entonces Cuba era “nuestras colonia”, según el decir del historiador míster Jensk.
A fines del 2006, una delegación de legisladores visitó a Cuba. Uno podía haber creído que componía un “gesto de buena voluntad” en tantas décadas de hostilidad e incomprensión. Cuando regresaron, algunos de los congresistas emitieron declaraciones. Una, sobre todas, centró mi interés. Pudo haberla suscrito cualquier miembro del grupo bipartidista; flotaba en la atmósfera: “Con los cubanos no se puede hablar de democracia y derechos humanos.” ¿Por qué ha de poderse? ¿Por qué los cubanos habrán de aceptar la agenda que los gobernantes o funcionarios de los Estados Unidos deseen? No creo que la administración de la Casa Blanca aceptara que una delegación cubana pretendiera localizar cualquier conversación en la guerra de Irak o Afganistán. Evidentemente, las diferencias entre Cuba y los Estados Unidos no tienen por qué pasar por los asuntos internos. Los cubanos, celosos de su independencia, calificarán de ingerencia el interés en aspectos políticos que solo atañen a los ciudadanos cubanos, en primer término a cuantos residen dentro de la Isla. Y puede asegurarse, analizando el proceder histórico de los revolucionarios cubanos, que las discusiones en ese sentido, mientras subsista el riesgo de la intervención norteamericana, serán aplazadas. Por lo inmediato, entre Cuba y los Estados Unidos podrá debatirse el bloqueo, que priva a Cuba de sus mercados cercanos y del comercio libre entre las naciones; habrá que discutir las emisiones radiales y televisivas con fines subversivos, a despecho de la legislación internacional. Podrá hablarse de indemnizaciones mutuas. Pero de lo demás, no será ahora como fue antaño. Y será como ha sido desde 1959.
La Casa Blanca y el Congreso de la Unión tendrán que admitir la sensibilidad nacional, el apego de los cubanos a su soberanía y a la herencia de vasallaje que los Estados Unidos dejaron en Cuba cuando se marcharon en 1961. Además, tendrán que rectificar un enfoque: el pueblo cubano no es el que habita y gobierna la ciudad de Miami. El pueblo, aglutinado aun en sus diferencias e inconformidades, radica en el Caribe, donde la fruta, que fue madura, ha vuelto a reverdecer, para que siempre sea verde para los americanos. O cualquier otro intruso.
Cuanto he dicho no significa que en Cuba también apliquemos “el así ha sido siempre” del ficticio Sinuhé, cuando dirigimos el juicio a nuestra vida interna. Al menos este comentarista, que percibe cómo piensan muchos cubanos, incluso muchos de los que gobiernan o administran el país, cree que la sociedad cubana tendrá que renovarse social y económicamente en su interior para que el daño de la hostilidad foránea sea neutralizado adentro. Porque resistir con los brazos cruzados supone que, con el tiempo, los órganos principales del trabajo se anquilosen y se fracturen a causa de su rigidez. Así, parece, ha sido siempre cuando un ser humano se resigna...