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miércoles, 31 de marzo de 2010

EL LENGUAJE DE LAS ESTATUAS


Por Luis Sexto

Ante la estatua de Cristóbal Colón, que se mantiene con un pie hacia delante y uno de sus brazos en alto con el índice erecto, cierto amigo en San Juan de Puerto Rico me prometió un viaje al lomerío de Aibonito, y al preguntarle cuándo me respondió:
-Cuando el Almirante baje el dedo.
Luego supe que los puertorriqueños habían convertido la imagen del marino genovés en figura indirecta para prometer lo que nunca cumplirán. Esto es, mejoraron la tradicional y pedestre fórmula de cuando la rana críe pelos o las gallinas meen que los adultos le repiten a los niños.
Este recuerdo de uno de mis viajes de encomiendas periodísticas, me ha inspirado comentar cómo el pueblo folcloriza la estatuaria que habita en calles y parques. Advierto que ese capricho de justificar los gestos inanimados de la historia, también sirvió de motivo a Alfonso Reyes, lo cual confirma que no existen temas nimios, ni rebajadores de la dignidad de los autores. Alfonso Reyes, pues, con todo el crédito de su ensayística Visión del Anáhuac, o su teatral Efigenia Cruel, o sus textos sobre la filosofía helenística, nos recuerda en una crónica de su libro Norte y Sur que en el parque Central de La Habana, la estatua de Martí, levantando el brazo, parece dictarle a la del ingeniero Francisco de Albear, casi en frente, lo que el proyectista del acueducto habanero anota en un libro.
La leyenda que la imaginería popular trazó entre ambos monumentos, y que Reyes recogió y ahora reproduzco, está exenta de irrespetuosidad. Es pura mirada amable del transeúnte, simple afán de lectura en el bronce o el mármol para echar a la vida unos granos del humor que suaviza, alivia, la excesiva rigidez. Y con intención de aportar una curiosidad, añado esto que, creo, acabo de inventar. Cuanto Albear copia dictado por Martí, a dos o tres cuadras de distancia lo intenta oír Miguel de Cervantes que, sentado en el parque de San Juan de Dios, más adentro de La Habana Vieja, ladea su cabeza hacia la izquierda, como arrimando su oreja. El también tiene una pluma en la mano.
Hace unos días conversé estas notas con el periodista Fernando Dávalos y empezamos ambos a enumerar estatuas y analogías. Y en la Plaza de Armas de La Habana, el rey Fernando VII aparenta, de perfil, el gesto del que va a satisfacer necesidades mingitorias. Y allá, en el remate de la Lonja del Comercio, el dios Mercurio, además de ser el protector de los comerciantes y los ladrones, podría amparar también angustias deficitarias de ciertos acomplejados, porque antes de treparlo tan alto, en 1908, hubo que serrucharle el órgano masculino: cierta gente se quejó de que el escultor había exagerado. Y el dios permanece en bancarrota, mocho, de acuerdo con remembranzas de viejos habaneros.
El Quijote de los Molinos, en Puerto Padre, goza también de un cuño sexual que parece hiperbólico, porque el artista lo concibió en actitud belicosa, en prolongación guerrera. No me he enterado de que hayan querido echarle el trapo de la pudibundez. Sucedió, sin embargo, que cuando entregué el fotorreportaje que adelantaba la inauguración del complejo monumentario, me rechazaron, en la revista Bohemia, las fotografías donde estallaba con todo su vigor el sexo del Caballero Andante.
Visto la sumaria mención de gestos petrificados o metalizados en nuestros parques y calles, a los cubanos nos sobran referencias para superar el dicho puertorriqueño a propósito de la estatua de Colón. Podríamos decir que pagaré o cumpliré cuando Fernando VII acabe de expulsar sus aguas, o cuando le rebrote su estatura genética a Mercurio, o se le aplaquen los signos ardientes a Don Quijote. O tal vez, señalando hacia un señor de bronce, sentado en el parque de 17 y 6 en El Vedado, podríamos asegurar el incumplimiento de cualquier promesa con una nueva condición:
-Cuando Lennon se levante...

jueves, 27 de agosto de 2009

DIME CÓMO HABLAS Y TE DIRÉ QUÉ JUEGAS


Por Luis Sexto
El béisbol, y entramos en asunto resabido, lo inventaron y reglamentaron en Estados Unidos. Mas en Cuba lo transformaron en pasión, calco ardiente del drama de la vida, y le insuflaron arte, acrobacia, ritmo. Uno puede resultar un cubano atípico si es incapaz de tomar el bate con plasticidad y mantenerse en postura eurítmica, como ante un escultor. O es cubano incompleto si uno no asiste a un estadio para desgañitarse elogiando o vituperando a cuantos juegan en el terreno o a quienes los dirigen mediante señas sentados en el “dogout”.
El primer partido oficial se desató sobre la hierba de El Palmar de Junco, en la ciudad de Matanzas, en l874, entre un equipo cubano y los marineros de un barco norteamericano. Diez años más tarde era una alborotadora costumbre. Un poema en décimas de Mariano Ramiro -poeta nacido en España en l836 y muerto en La Habana, bautizado de cubanía, en l886- confirma cuán rápidamente la afición adquirió temperatura de fiebre y cómo la terminología inglesa se castellanizó con zancos de siete leguas y las situaciones del juego se trasuntaron en comunicación, expresión coloquial. En dicharacho y metáfora. En símil. Una espinela, de entre las l2 del poema de Ramiro, dice: “Muchas lindas habaneras/ sienten del juego el contagio/ y hacen amoroso plagio/ de las luchas peloteras. / Al que en frases plañideras/ les declara su pasión/ y quieren meterse en jom/ sin sacramental detalle,/ lo ponen out en la calle,/ y mamá le da el scoom.”
Hay, pues, un tercer modo de jugar béisbol o pelota. Y de esa manera todos los practicamos aunque desconozcamos las posturas que impone el jom, o nunca vayamos al estadio o no nos pongamos descocadamente ante el televisor. Jugamos en el habla o con el habla. La terminología beisbolística, que se ha difundido uniforme y monótonamente durante casi toda esta centuria, se infiltró en nuestra lengua, y una carga bastante pesada de modismos y dicharachos se balancea en las cuerdas del habla cotidiana, incluso en la tropología, en el cuerpo metafórico del lenguaje, comprendida la norma culta. Porque surge igualmente en un poema, un filme, un comentario periodístico, en una conferencia científica o en un discurso político.
A nadie le parece raro que un psicólogo diga a un paciente luego de escucharle la tragedia íntima: es cierto, estás en tres y dos. Y con ello le indica que decida pronto y con tino, pues el próximo lanzamiento será la muerte o la gloria. O te embasas o te anulas bajo el abucheo del público. La gloria suprema sería el jonrón, un batazo que deje a los jardineros con las manos en la cintura y mirando al cielo. En la pose de la impotencia. Dar un jonrón. Qué sueño, qué hazaña. Lo batea también aquel que conquista la mujer más contundente del barrio, o consigue un empleo de lujo...
Al pitcher que le dan el jonrón le botan la bola del parque. Y a ti te la botan en la vida cuando ante tu argumento la réplica salta inapelable. Pero tú puedes dejar a tu rival con la carabina al hombro, si la contrarréplica se cuadra tan aguda que aquel enmudece. Se ponchó. Le cantaron el tercer strike, recta de humo, apenas se veía...
Cuando las cosas necesitan rigor, seriedad, exigencia, se ha de jugar al duro. Pero si usted no quiere inmiscuirse, comprometerse, entonces juega como cargabates. Es decir, juega sin jugar. Usted, muy asépticamente, sólo recoge, guarda, ordena los bates, y otros implementos. Y cuanto más usted anima al que se arriesga en jom o en el box. Desde lejos; en la orilla.
Ahora bien, si espera jugar en algún momento, usted comienza a calentar el brazo, a tirar pelotas para preparar músculos y facultades. Y lo mismo hace cuando le prometen una promoción, un aumento de sueldo, un viaje al extranjero: calienta el brazo. Espera el instante en el que el manager haga la seña. O si está lanzando mal, una seña indica que el director sale al terreno para aplicarle la grúa e irse a las duchas…