
Por Luis Sexto
Vengamos a hablar de la conciencia. De esa lámpara que nos alumbra adentro y permite sentirnos y reconocernos como individuos racionales. Y si nos adentramos en el concepto de la conciencia, habremos de estimar, pues, que cada día es como un tribunal. Cada día, tendrá uno que preguntarse qué hice mal y qué hice bien. Amontonar jornadas sin que, como mínimo, adelantemos unas pulgadas en el mejoramiento humano, resulta una cuenta estéril.
No intentaré hacer filosofía, como alguien me dijo cuando hablé de la esperanza. La esperanza –repito- no es asunto de la filosofía, sino más bien de la política. Creo que lo demostré. Y ahora discurrir sobre propuestas éticas tampoco implica echarse al aire y apartarse de lo concreto. Hecha la aclaración, sigamos. Algunos hallan la clave del mejoramiento en el ascenso profesional, en la obtención de bienes materiales. Está bien. Es legítimo perseguir el bienestar por medios legítimos. Incluso, resueltas básicas necesidades materiales, el ser humano se halla en mejor actitud para el perfeccionamiento de sus valores. ¿Claro? Es verdad de manual. Pero reduciendo, deteniendo mis intenciones en un punto focal, quisiera preguntar si cada día nos preguntamos lo siguiente: ¿Hice algo para respetar las leyes; incumplí alguna o evité que alguno las incumpliera?
Ya se ve. Estas preguntas no son ociosas. Estamos tocando un área adolorida. Si un sector de la conciencia social ha sufrido los desajustes del período especial, es el jurídico. La conciencia jurídica. ¿Hemos reflexionado sobre cierto menosprecio por las leyes, por la legalidad? Sí. Nuestros medios sociales insisten en que hemos de respetar la legalidad. Pero, según mi modo de ver, el rigor recae sobre cierto tipo de legalidad. Aquel que se relaciona con los recursos materiales del Estado. Y se olvida que cuantos han de velar por la legalidad, tienen también que cumplirla.
Que nadie se ponga en guardia. No voy a generalizar, ni aludir a alguien en concreto. Pero uno nota, sobre todo cuando está en contacto con la ciudadanía, que la conciencia jurídica en ciertas personas se ha diluido. Recientemente supe –y estoy siguiendo el caso desde mi óptica periodística- que un anciano de 86 años sufre los golpes de una legalidad irrespetada. Tiene en su poder títulos, sentencias, resoluciones, incluso los nuevos inmuebles, para efectuar una permuta obligatoria y resolver así litigios domésticos, y cada vez que la dirección de la Vivienda se aparece para aplicar la decisión de los tribunales y la fiscalía, alguien se interpone y lo impide.
Esa es una anécdota. Pero conozco muchas más. A veces, las propias instituciones encargadas de aplicar la ley, se niegan… cuando son, sobre todo, personas naturales las afectadas en sus derechos. Hay que comprenderlo definitivamente: la ley es la garantía del orden y del desarrollo social y económico. También fundamento del consenso político. Es verdad -y uno se moriría defendiéndola- que la Revolución es fuente de derecho. La Revolución. No el revolucionario. Los revolucionarios hemos de cumplir la ley. Como cualquiera. Y preguntarnos, cada día: ¿la respeto; la hago respetar?
