Por Luis Sexto
¿Cuánto? Esa es la pregunta recurrente, arete labial, que les cuelga a quienes sopesan, miden, estiman la vida en el volumen del bolsillo o la cartera. Son como personajes de Balzac: indiferentes e inescrupulosos. Pero cuidado al hablar del dinero. Verdad que es metáfora del mal. Cumbre de la tentación. Excreta de la noche. Y estiércol del diablo, como lo tildó el ácido Giovanni Papini.
Los sabemos. El dinero financia las elucubraciones armamentistas, sufraga las guerras, paga a la prensa “napoleónica”con la cual, de haberla concebido, el Gran Corzo nunca hubiera perdido la batalla de Waterloo. Pero seamos justos: también impulsa la resistencia, sostiene a las revoluciones. Y opera como medio de relación. Signo de distribución. Todavía la sociedad no le ha hallado sustituto racional, práctico.
La culpa de sus desmanes no le pertenece únicamente. Hay responsabilidad en el que lo asume como espejo y lo pasea por la calle como suma del poder y la vanidad. El dinero es lo que vale, pregonan. Y, por supuesto, nada que no se obtenga con dinero, sirve. Para estos cajeros de la vida cotidiana, por favor, tenga usted la bondad, me podría ayudar, hermano, son fórmulas infantiles. Porque la sociedad, la vida, se entrega a los recios, a los que ponen precio a todo. Incluso a los otros. Y, desde luego, también exhiben su etiqueta de venta. ¿Cuánto me das? ¿Cuánto te doy? Esa es la consigna y su variante recíproca. Y para irse globalizando, incluso, lo mastican en inglés: How much?
Afrontemos una paradoja. Advierto que podrá disgustar, mas la experiencia social certifica que los pobres también necesitan el dinero. Y nosotros, gente que se inclina hacia la izquierda -el lado del corazón- coincidimos en defender el derecho de los pobres. Mas ¿qué derechos? Quizás estoy adentrándome en un asunto de alta o profunda teoría. Tal vez, aburra a los lectores. Es probable que a pocos les interese una reflexión un tanto abstracta. Las ideas, sin embargo, nos sirven como armas concretas. Y todos cuantos hoy pensamos, escribimos, polemizamos sobre un mundo mejor, como suele decirse, hemos de depurar las ideas que escoltan, acorazan nuestra lucha. Cuando pienso en el derecho de los pobres –los últimos, según una terminología reciente-, insisto en precisar a qué derechos nos referimos. Porque el único derecho que yo no les reconozco a los pobres es el derecho de ser pobres, a carecer de los medios que fundamenten una vida decorosa. Y defiendo, por encima de todo, el derecho a dejar de ser pobres, que no equivale a proponer que todos seamos ricos a la usanza clásica: la riqueza como resultado de la injusticia. Y erradicar la injusticia es, precisamente, la tarea de los revolucionarios.
Concuerdo con alzar la pobreza a un balcón de virtud. La pobreza como arte de humildad, antídoto del lujo, vacuna contra la prepotencia y la corrupción, diseño de la solidaridad. Estos valores espirituales o morales componen fines de un programa de mejoramiento personal, que tiende a perfeccionar la sociedad y que no incluye la pobreza como carencia, estrechez, o como dependencia de la dádiva, aunque el regalo provenga del Estado. Las lecciones de la historias están todavía muy cerca. Cierto “socialismo real y fracasado” pretendió hacer las cosas más simples, porque, cuando elegimos desde la pobreza, vestir y calzar y comer se convierten en una operación menos engorrosa, más rápida y barata. Pero también más angustiosa y frustrante. En China, por ejemplo, la pobreza empezó a recular -a pesar de las manchas que aún se dispersan por el enorme país- después de que los comunistas trascendieron el esquema del “socialismo aldeano”, comunal emparejamiento de las personas en las necesidades, los medios para resolverlas y en los resultados del trabajo.
Quién dudará de que el hombre no pueda vivir sin esperanzas. Es una virtud teologal, atributo de la conciencia religiosa. Y es además una virtud humana, natural, social, de este mundo y de hoy y de cualquier tiempo. Todo individuo es sujeto de la esperanza. Y todo régimen social, por tanto, tiene que ofrecer la esperanza como sostén. En el capitalismo una minoría la concreta, y muchos amanecen confiando en que, este día, será el de la fortuna, el del salto de la pobreza al bienestar. Esa actitud marca, orienta, hasta cierto punto, la subjetividad que a veces falta para cambiar las cosas. Es, desde luego, una esperanza engañosa y cruel, expresión de una política impolítica. Pero tan impolítica es la política que niega la esperanza o la aplaza. Un régimen con la esperanza cerrada no sobrevivirá a sus contradicciones.
Hemos de comprender, como “discípulos de la historia”, que los manuales de la experiencia del llamado socialismo real trataban más bien de acomodar la vida que de acomodarse a las normas de la vida. De ahí brota la afirmación de que es necesario inventar, o reinventar, el socialismo. Y así nuestros sueños a favor de los pobres no implican -pues nos opondríamos a las verdades de la realidad- repartir entre todos la pobreza con cuyos valores precarios se amengua también la libertad. No todos pobres, pues. Más bien, habrá que producir y distribuir equitativamente la riqueza. La igualdad ha de concurrir, generalizarse colectivamente en una cita con las oportunidades no igualitaristas de bienestar. Y aunque cualquiera podría argumentar que esta fórmula no rebasa “el derecho burgués”, yo preferiría empezar, continuar y consolidar la revolución mirando las flores que están debajo de mi ventana que añorar las que no se vislumbran en la lejanía.
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domingo, 4 de octubre de 2009
miércoles, 18 de junio de 2008
LEVANTO LAS MANOS POR EL DEBATE
Por Luis Sexto
Suele ocurrirles particularmente en las izquierdas que unos pocos pretendan por momentos asumir la tarea de pensar, invalidando el entusiasmo de otros. Esa es una técnica de predominio antidemocrático en el ejercicio intelectual: para tener la razón basta decir que los demás no la tienen, porque a fin de cuentas estos son ilusos, ingenuos y todos los caracteres afines que distinguen a los que solo sirven para ejecutar lo que los “razonables”, los elegidos por la “verdad”, dictan en medio de un aura de privilegio infalible. La discusión, incluso la polémica, es, para estos profesionales de la división del trabajo político e intelectual, una vía cerrada por inútil y por… incómoda. Porque, en el fondo, quienes esquivan el debate negando el derecho de otros a contradecir, parecen estar tan inseguros en sus argumentos que no los exponen a la prueba. El tufo llega a nuestras narices en un aire conocido: el dogmatismo.
Hemos tenido prueba en estas últimas semanas. Tanto nos acerca la Internet que nada de lo publicado en la “red de redes “nos parece ajeno. Hemos estado al tanto del debate sobre el socialismo del siglo XXI. Algunos lo han creído necesario; otros lo estiman improcedente porque, a fin de cuentas, es una categoría bolivariana, latinoamericana: parte de Venezuela, específicamente del presidente Chávez, y todo cuanto se abone fuera de ese ámbito para intentar universalizarlo –dicen- yerra por equívoco geográfico y cultural. La postura es impugnable. Si Venezuela halla una fórmula para construir el socialismo, es hallazgo que atañe al mundo. Con la caída del “socialismo real” –o “realmente existente”- en el siglo XX, las aspiraciones de una porción de la humanidad quedaron sin paradigma. ¿Dónde radica la esperanza de cambiar las relaciones de sumisión y explotación por relaciones de libertad y solidaridad? ¿Cuál es el modelo exacto, justo, efectivo y perdurable? Un modelo pensado, porque, al parecer, la construcción del socialismo no puede dejarse a la improvisación, o a leyes ciegas que, en su torpeza, irán a parar presumiblemente al punto que intentan evadir.
Hablábamos, durante los últimos días, de la lexicalización compuesta por el sintagma “socialismo del siglo XXI”como un probable relevo ordinal o numérico del que lo precedió en la centuria anterior. Si hubo un socialismo, al menos uno, en el siglo XX, el que sobrevenga en este siglo tendrá que clasificarse temporalmente como del XXI. Esa posibilidad, desde luego, es la que nos inquieta: que todos sea un cambio de nombre y el corpus teórico y la subsiguiente práctica sociopolítica sea la misma del llamado socialismo del siglo XX, de origen marxista – un marxismo distorsionado, voluntaristamente aplicado-que por unas siete décadas rigió en la Unión Soviética y luego, tras la Segunda Guerra Mundial, se extendió con el Ejército Rojo por Europa oriental.
Parece forzado precisar que el socialismo posee más de una definición. Y todas dependerán, en su alcance, de la posición desde donde se configuran sus términos. Para mí, en una generalización neutral, el socialismo sigue siendo una aspiración de la sociedad humana. Creo que esa formación económico-social será la sucesora del capitalismo y la reivindicadora de cuanta injusticia, desmán, catástrofe de lesa humanidad nos deja la burguesía y su sistema. Y ya estamos hablando, necesariamente, de clases. No creo que el socialismo –sea del XXI o del XXXII- podrá prescindir de una verdad que Marx reveló para siempre: la historia humana es la historia de la lucha de clases. Quizás no sea tan evidente, pero en última instancia -según la adecuación equilbradora preferida por Engels- para que la sociedad humana sea realmente una sociedad de fraternidad, igualdad y libertad –viejas demandas de la revolución burguesa y no por ello menos necesarias- se precisa que los minoritarios sectores dominantes renuncien a sus intereses, o se les arrebaten para que los mayoritariamente dominados puedan hacer valer los suyos. Unos han pensado en conciliarlos. ¿Tendrán razón? Tal vez en la teoría la cuenta cuadre. Pero en la práctica… Ummmm. ¿Pueden los capitalistas renunciar a su cuota de ganancia media por amor a sus asalariados? Quizás un filántropo, que, por supuesto, dejaría de ser rico. Pero no toda la clase de propietarios.
No insistiré ahora en las formas en que los trabajadores han de tomar el poder político, sin el cual el socialismo continuará siendo una aspiración más que una concreción. Lo que quiero decir, sin absolutizar mis referencias, es que el socialismo de cualquier denominación –“cristiano”, “latinoamericano”, “asiático”- tendrá que tener en cuenta los hallazgos fundamentales del marxismo y utilizarlos creadamente, esto es, fuera de cualquier cercado dogmático, burocrático y, sobre todo, demagógico, esa actitud en la que el discurso y su ejecución no comparten la misma tienda.
Tampoco abundaré en cómo construir el socialismo. Los manuales han dado una lección a partir de 1990: la inconfiabilidad de los manuales. Solo creo entrever que el problema primordial de la construcción de socialismo radica en hallar la fórmula que les otorgue efectivamente a los trabajadores, en plena libertad, el papel dominante.
Voy, pues, a abordar lo más importante de esta nota. Algunos se oponen a este debate, porque creen que se les ajusta las cuentas al socialismo del siglo XX y a la Unión Soviética. Ese criterio se amarra a un equívoco. Si la Unión Soviética y el socialismo que ese gran país representaba se extinguieron, y con su disolución frustraron nuestras esperanzas, urge que ajustemos las cuentas, es decir, que profundicemos con la crítica en las causas que los tiraron hacia las alcantarillas de la historia. No se trata de echar campanas al aire por que hayan desaparecido, sino de indagar en las causas que, lamentablemente, condicionaron sus errores y limitaron lo que parecía estar llamado a la perdurabilidad.
Eso, me parece, es un ejercicio elemental sin el cual el debate afrontaría el riesgo de escamotear lo sustancial. Porque muy poco de aquella experiencia deberá ser en un segundo intento como fue en el primero. La imagen es vieja, tal vez grosera, pero oportuna: para cocinar una tortilla hace falta romper los huevos. Con los huevos en su cascarón solo podría hacerse, en un recetario urgente, huevos duros. Pero ya no sería una tortilla. Y así, pasando de la cocina a la política, habrá que admitir que las mejores acciones son las que primeramente rompen la cáscara de la reflexión y el debate en un concierto de diversas voces, incluso las disonantes.
Suele ocurrirles particularmente en las izquierdas que unos pocos pretendan por momentos asumir la tarea de pensar, invalidando el entusiasmo de otros. Esa es una técnica de predominio antidemocrático en el ejercicio intelectual: para tener la razón basta decir que los demás no la tienen, porque a fin de cuentas estos son ilusos, ingenuos y todos los caracteres afines que distinguen a los que solo sirven para ejecutar lo que los “razonables”, los elegidos por la “verdad”, dictan en medio de un aura de privilegio infalible. La discusión, incluso la polémica, es, para estos profesionales de la división del trabajo político e intelectual, una vía cerrada por inútil y por… incómoda. Porque, en el fondo, quienes esquivan el debate negando el derecho de otros a contradecir, parecen estar tan inseguros en sus argumentos que no los exponen a la prueba. El tufo llega a nuestras narices en un aire conocido: el dogmatismo.
Hemos tenido prueba en estas últimas semanas. Tanto nos acerca la Internet que nada de lo publicado en la “red de redes “nos parece ajeno. Hemos estado al tanto del debate sobre el socialismo del siglo XXI. Algunos lo han creído necesario; otros lo estiman improcedente porque, a fin de cuentas, es una categoría bolivariana, latinoamericana: parte de Venezuela, específicamente del presidente Chávez, y todo cuanto se abone fuera de ese ámbito para intentar universalizarlo –dicen- yerra por equívoco geográfico y cultural. La postura es impugnable. Si Venezuela halla una fórmula para construir el socialismo, es hallazgo que atañe al mundo. Con la caída del “socialismo real” –o “realmente existente”- en el siglo XX, las aspiraciones de una porción de la humanidad quedaron sin paradigma. ¿Dónde radica la esperanza de cambiar las relaciones de sumisión y explotación por relaciones de libertad y solidaridad? ¿Cuál es el modelo exacto, justo, efectivo y perdurable? Un modelo pensado, porque, al parecer, la construcción del socialismo no puede dejarse a la improvisación, o a leyes ciegas que, en su torpeza, irán a parar presumiblemente al punto que intentan evadir.
Hablábamos, durante los últimos días, de la lexicalización compuesta por el sintagma “socialismo del siglo XXI”como un probable relevo ordinal o numérico del que lo precedió en la centuria anterior. Si hubo un socialismo, al menos uno, en el siglo XX, el que sobrevenga en este siglo tendrá que clasificarse temporalmente como del XXI. Esa posibilidad, desde luego, es la que nos inquieta: que todos sea un cambio de nombre y el corpus teórico y la subsiguiente práctica sociopolítica sea la misma del llamado socialismo del siglo XX, de origen marxista – un marxismo distorsionado, voluntaristamente aplicado-que por unas siete décadas rigió en la Unión Soviética y luego, tras la Segunda Guerra Mundial, se extendió con el Ejército Rojo por Europa oriental.
Parece forzado precisar que el socialismo posee más de una definición. Y todas dependerán, en su alcance, de la posición desde donde se configuran sus términos. Para mí, en una generalización neutral, el socialismo sigue siendo una aspiración de la sociedad humana. Creo que esa formación económico-social será la sucesora del capitalismo y la reivindicadora de cuanta injusticia, desmán, catástrofe de lesa humanidad nos deja la burguesía y su sistema. Y ya estamos hablando, necesariamente, de clases. No creo que el socialismo –sea del XXI o del XXXII- podrá prescindir de una verdad que Marx reveló para siempre: la historia humana es la historia de la lucha de clases. Quizás no sea tan evidente, pero en última instancia -según la adecuación equilbradora preferida por Engels- para que la sociedad humana sea realmente una sociedad de fraternidad, igualdad y libertad –viejas demandas de la revolución burguesa y no por ello menos necesarias- se precisa que los minoritarios sectores dominantes renuncien a sus intereses, o se les arrebaten para que los mayoritariamente dominados puedan hacer valer los suyos. Unos han pensado en conciliarlos. ¿Tendrán razón? Tal vez en la teoría la cuenta cuadre. Pero en la práctica… Ummmm. ¿Pueden los capitalistas renunciar a su cuota de ganancia media por amor a sus asalariados? Quizás un filántropo, que, por supuesto, dejaría de ser rico. Pero no toda la clase de propietarios.
No insistiré ahora en las formas en que los trabajadores han de tomar el poder político, sin el cual el socialismo continuará siendo una aspiración más que una concreción. Lo que quiero decir, sin absolutizar mis referencias, es que el socialismo de cualquier denominación –“cristiano”, “latinoamericano”, “asiático”- tendrá que tener en cuenta los hallazgos fundamentales del marxismo y utilizarlos creadamente, esto es, fuera de cualquier cercado dogmático, burocrático y, sobre todo, demagógico, esa actitud en la que el discurso y su ejecución no comparten la misma tienda.
Tampoco abundaré en cómo construir el socialismo. Los manuales han dado una lección a partir de 1990: la inconfiabilidad de los manuales. Solo creo entrever que el problema primordial de la construcción de socialismo radica en hallar la fórmula que les otorgue efectivamente a los trabajadores, en plena libertad, el papel dominante.
Voy, pues, a abordar lo más importante de esta nota. Algunos se oponen a este debate, porque creen que se les ajusta las cuentas al socialismo del siglo XX y a la Unión Soviética. Ese criterio se amarra a un equívoco. Si la Unión Soviética y el socialismo que ese gran país representaba se extinguieron, y con su disolución frustraron nuestras esperanzas, urge que ajustemos las cuentas, es decir, que profundicemos con la crítica en las causas que los tiraron hacia las alcantarillas de la historia. No se trata de echar campanas al aire por que hayan desaparecido, sino de indagar en las causas que, lamentablemente, condicionaron sus errores y limitaron lo que parecía estar llamado a la perdurabilidad.
Eso, me parece, es un ejercicio elemental sin el cual el debate afrontaría el riesgo de escamotear lo sustancial. Porque muy poco de aquella experiencia deberá ser en un segundo intento como fue en el primero. La imagen es vieja, tal vez grosera, pero oportuna: para cocinar una tortilla hace falta romper los huevos. Con los huevos en su cascarón solo podría hacerse, en un recetario urgente, huevos duros. Pero ya no sería una tortilla. Y así, pasando de la cocina a la política, habrá que admitir que las mejores acciones son las que primeramente rompen la cáscara de la reflexión y el debate en un concierto de diversas voces, incluso las disonantes.
lunes, 7 de abril de 2008
“¿TODOS SEMOS GÜENOS?”

Por Luis Sexto
Lo he repetido con alguna frecuencia: la cultura no se define solo por la acumulación de conocimientos. Requiere también capacidad para convivir y capacidad para asociar hechos y palabras. Y entre las cosas que estimo imprescindible comprender, en lo inmediato, es la necesidad de cultivar la cultura del trabajo.
Sí, no lo dude. El trabajo necesita de la cultura. De una especificidad cultural que empieza por la aptitud –el dominio del oficio o la profesión-, pasa por la actitud ante la inevitable relación social, y termina en la ética. Y la ética quiere decir, hemos de trabajar, porque en nuestra sociedad, el trabajo tiene que ser el medio básico de conseguir el bienestar.
Hay que comprender que nadie puede aspirar a vivir mejor si no trabaja o trabaja mal. Pongamos nuestra cultura a evaluar los acontecimientos más actuales. De acuerdo con las más recientes palabras de Fidel -uno de estos jueves-, Cuba no ha renunciado a mantener vigente el principio socialista de distribución. ¡Miren que lo hemos oído veces! De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo. Esta fórmula distributiva quiere decir que dentro de nuestra concepción de la igualdad, el trabajo no se remunera igualitaristamente.
Fíjese en el matiz semántico. Una cosa es distribuir igualitariamente, esto es, bajo el principio de la igualdad, y otra hacerlo mediante desviaciones del igualitarismo. Este último tiende a borrar las evidentes diferencias entre el que trabaja mal y el que trabaja bien. Y si no se tuviera en cuenta esa distinción entre más y mejor trabajo, la igualdad defendida así se entroncaría con la desigualdad. ¿Sabe usted cuán injusto es emparejar a un buen trabajador con uno que es inferior en habilidad, resultado o disciplina?
Parece necesario, pues, que el trabajo empiece a revalorarse mediante la diferenciación del mejor y el menos bueno. No hablo de teorías extrañas a la vida, de cosas abstractas, inverosímiles. El haber practicado el principio socialista de distribución con paternalismo, ha generado -y no soslayo la influencia de los efectos del período especial, como la depreciación de los salarios- una desvaloración del trabajo y sus exigencias. Habitualmente, la gente se queja de la chapucería ambiental. Si encarga, por ejemplo, un trabajo doméstico, sus ojos no pueden apartarse del plomero, el albañil, el artesano que se comprometió a ejecutar la faena. En cualquier descuido, engañan: dan cobre por plata.
Nuestra crítica desde hace rato alude a las deficiencias e insuficiencias de algunos servicios. O de las construcciones. ¿Qué hemos de añadir ante esa edificación recién pintada que se despinta a los pocos días, o, recién construida, el techo se le convierte en un guayo? Estas verdades, claras como el día, han de recordarse a menudo. Nuestra cultura del trabajo ha de ser, formalmente antigualitarista, aunque sea esencialmente igualitaria. Porque si la desigualdad, como concepto de distribución injusta polariza, enfrenta, a los diversos sectores sociales, el igualitarismo paraliza la sociedad. Donde “to el mundo cobra como pudieran cobrar los güenos”, sin ser buenos, el avance es más lento. Quizá, nulo.
Lo he repetido con alguna frecuencia: la cultura no se define solo por la acumulación de conocimientos. Requiere también capacidad para convivir y capacidad para asociar hechos y palabras. Y entre las cosas que estimo imprescindible comprender, en lo inmediato, es la necesidad de cultivar la cultura del trabajo.
Sí, no lo dude. El trabajo necesita de la cultura. De una especificidad cultural que empieza por la aptitud –el dominio del oficio o la profesión-, pasa por la actitud ante la inevitable relación social, y termina en la ética. Y la ética quiere decir, hemos de trabajar, porque en nuestra sociedad, el trabajo tiene que ser el medio básico de conseguir el bienestar.
Hay que comprender que nadie puede aspirar a vivir mejor si no trabaja o trabaja mal. Pongamos nuestra cultura a evaluar los acontecimientos más actuales. De acuerdo con las más recientes palabras de Fidel -uno de estos jueves-, Cuba no ha renunciado a mantener vigente el principio socialista de distribución. ¡Miren que lo hemos oído veces! De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo. Esta fórmula distributiva quiere decir que dentro de nuestra concepción de la igualdad, el trabajo no se remunera igualitaristamente.
Fíjese en el matiz semántico. Una cosa es distribuir igualitariamente, esto es, bajo el principio de la igualdad, y otra hacerlo mediante desviaciones del igualitarismo. Este último tiende a borrar las evidentes diferencias entre el que trabaja mal y el que trabaja bien. Y si no se tuviera en cuenta esa distinción entre más y mejor trabajo, la igualdad defendida así se entroncaría con la desigualdad. ¿Sabe usted cuán injusto es emparejar a un buen trabajador con uno que es inferior en habilidad, resultado o disciplina?
Parece necesario, pues, que el trabajo empiece a revalorarse mediante la diferenciación del mejor y el menos bueno. No hablo de teorías extrañas a la vida, de cosas abstractas, inverosímiles. El haber practicado el principio socialista de distribución con paternalismo, ha generado -y no soslayo la influencia de los efectos del período especial, como la depreciación de los salarios- una desvaloración del trabajo y sus exigencias. Habitualmente, la gente se queja de la chapucería ambiental. Si encarga, por ejemplo, un trabajo doméstico, sus ojos no pueden apartarse del plomero, el albañil, el artesano que se comprometió a ejecutar la faena. En cualquier descuido, engañan: dan cobre por plata.
Nuestra crítica desde hace rato alude a las deficiencias e insuficiencias de algunos servicios. O de las construcciones. ¿Qué hemos de añadir ante esa edificación recién pintada que se despinta a los pocos días, o, recién construida, el techo se le convierte en un guayo? Estas verdades, claras como el día, han de recordarse a menudo. Nuestra cultura del trabajo ha de ser, formalmente antigualitarista, aunque sea esencialmente igualitaria. Porque si la desigualdad, como concepto de distribución injusta polariza, enfrenta, a los diversos sectores sociales, el igualitarismo paraliza la sociedad. Donde “to el mundo cobra como pudieran cobrar los güenos”, sin ser buenos, el avance es más lento. Quizá, nulo.
miércoles, 2 de abril de 2008
VIDA O… VIDA, ESA ES LA OPCIÓN

Por Luis Sexto
La vida no cabe en un manual. Imprevisible y cambiadiza, quien pretenda esquematizarla en un recetario ha de estar dispuesto a modificar reglas, inventar variantes. Los manuales decían que el socialismo real estaba exento de crisis. Y una crisis, paradójicamente tan solapada como clara, lo hizo desparecer en su aparente más compacto bastión.
Otros manuales –los de la derecha- aseguraron que Cuba, por imperativo del reflejo, debe cumplir el mismo destino que la extinta Unión Soviética, en un tiempo el aliado, el amigo más fuerte y generoso de la Isla del Caribe. También se equivocaron. Desde hace 17 años, Cuba resiste las secuelas de la catástrofe del modelo de socialismo predominante en el mundo hasta 1990. Y se mantiene erguida porque su pueblo, con preclara intuición política, se niega a ser reneocolonizado, a dejar de ser nuevamente nación en la servidumbre criolla del traspatio norteamericano.
Ese es el ingrediente esencial de la perdurabilidad: el querer ser, el desear seguir siendo. Pero no basta con la intención, el propósito. La lucha por permanecer, prevalecer –eso es, lucha- necesita de una sabia y dúctil táctica que se despliegue o repliegue según recomienden las circunstancias. La política, al decir de José Martí, es la verdad. Y la verdad no es solo el principio que oriente la política, sino, además, la voz del momento. Por lo cual hay que estar atentos al suceder real; averiguar cuál es la tendencia principal, la contradicción básica de modo que podamos discernir el curso que facilite adecuarnos a las demandas de hoy, de ahora, para así dominarlas y perdurar.
¿Complicado? ¿Tendré yo alguna cepa del virus socialdarwinista sin saberlo? A mí modo de ver, lo que me impulsa a afirmar cuanto antes dije es mi recelo hacia el voluntarismo, esa deformación ideológica que soslaya tácticas y estrategias, que aplaza la reflexión, proscribe la inteligencia y prefiere elevar la improvisación a rango principal de la política. Aceptar ese procedimiento posiblemente equivaldría a sufrir los retortijones irracionalistas de un Schopenhauer.
La resistencia en Cuba, si en verdad nuestro pueblo y cuantos lo representan en el Gobierno han de decidido resistir, tiene que adoptar decisiones y realizar modificaciones en la estructura económica que excluyan la vocación numantina como alternativa. La inmolación de un pueblo solo conduce a la destrucción de todo ese pueblo. ¿Y es justo, útil? Quizás la mística oriental advierta cierto provecho social en el holocausto de un individuo; tal vez la historia de Occidente vea con aplauso la ruina de una ciudad para salvar el resto del país, como el paciente acepta la amputación de un miembro para proteger el cuerpo. Pero extirpar el cuerpo, implica la muerte de “todo” el paciente. En términos sociales, el heroísmo y el martirio solo se justifican si de ellos se deriva un beneficio para la causa común.
Usemos la conocida alegoría: No llega más lejos quien arremete contra el obstáculo del camino; el golpe puede invalidar al caminante. Llegará más lejos el que se detiene y reflexiona sobre la forma de burlar el inconveniente, aunque tenga que rodearlo y con la vuelta hacia un lado o hacia atrás se retrase. El asunto no es llegar más lejos o más rápido; es llegar al punto propuesto, a veces con patas de liebre; otras, con paso de tortuga o de cangrejo.
Hay que afrontar la verdad. Las consignas, que suelen ser un producto propagandístico del voluntarismo, a veces impiden ver la realidad en sus perfiles y riesgos. La sociedad cubana, vista integralmente, no solo desde ciertas estadísticas, sino desde la rutina diaria de los ciudadanos –lo micro como eco de lo macro-, presenta un equilibrio inestable de lo que no cae y parece que va a caer. Probablemente, de seguir la situación embarrancada en el inmovilismo, las definiciones las dicte el tope de la vara que mide la acumulación de los fenómenos. Me parece que esa es la percepción más objetiva. Algunos podrán escandalizarse con estos juicios. Pero decirlo no supone que uno lo acepte como algo inevitable. ¿Quién aceptaría que Cuba, con todo cuanto significa en lo social y lo político para su pueblo y América Latina, se desmorone?
Por ello, para impedir que el bloqueo de los Estados Unidos logre agotar al país, se precisa una readecuación de las estructuras económicas. En ese estrategia parece haber consenso entre ciudadanos, comentadores profesionales de la realidad y figuras claves del Gobierno y el Partido Comunista, aunque por lo lento del proceso uno deduzca que la mentalidad burocrática –esa que se resiste a ceder parte de su poder centralizador- estorbe la fluidez de la reflexión nacional que ahora se escucha en centros de trabajo y bases políticas, y estorbe, sobre todo, el rigor y la aplicación de medidas de readecuación que propicien que la pobreza y la carencia dejen de ser inherentes a nuestro socialismo. No creo que la sociedad cubana –país de economía abierta- viva de sí misma, pero sí puede lograr que sus vínculos solidarios con Venezuela o la República Popular China impulsen el desarrollo de las fuerzas productivas internas, luego de que sean liberadas con audacia y visión de largo plazo. Porque convengamos en un riesgo: el problema fundamental de Cuba no es el de la falta de recursos. Si lo creyéramos –y sé de cierto que algunos reducen la realidad cubana a ese aspecto- con los aportes de Venezuela, en particular, podríamos sucumbir al violín dulzón de que los recursos materiales sean el ‘sesamo ábrete de la abundancia. Si mantenemos lo establecido –un exceso de centralismo y la intervención estatal aun para lo más nimio, como ingerir un helado o beber un refresco, entre otras normas inoperantes por rígidas- podría garantizar a lo sumo la resistencia a corto plazo. Y es preciso, como dije antes, proyectar a largo plazo. Lo contrario, es decir, lo inmediato, quizás nos mantenga en el precario equilibrio de hoy. La mirada que coloca el objetivo estratégico en el futuro, puede prevenir los errores. El criterio que solo observa lo inmediato tendrá que corregir los yerros después de cometidos.
Estamos los cubanos aún a tiempo. La discusión que convocó el pasado año el Partido Comunista, sin cautelas ni “callamientos” burocráticos, a ras de pueblo, manifestó en su viveza que la ciudadanía cree en la Revolución y el socialismo. Importa saber ahora que Cuba está abocada, llamada a ciertas transformaciones, a la adopción de medidas económicas, incluso políticas, que varíen las fórmulas que en otros tiempos rigieron el devenir del país, sin que alguien suponga que se trata de derogar el socialismo cuando es lo opuesto: hacerlo perdurar. Y si el esquema vigente no satisface las necesidades de los seres humanos y demuestra en la práctica su incapacidad para producir riquezas, parece evidente que va en contra de la vida y del realismo con que ha de asumirse los obstáculos de la historia. Un acto impolítico sería desoír esos reclamos que critican todo cuanto de voluntarista, y por tanto de irracional, subsiste en la sociedad cubana, permeada todavía, lamentablemente, por los rasgos menos capaces del socialismo soviético, que fracasó.
Quizás escribo demasiado didascálicamente. Y trasmita, a mi pesar, el equívoco de intentar yo, que empecé hablando de lo inservible de los manuales, concebir un nuevo manual. Simplemente, levanto la bandera que echó al aire la revolución cubana para conquistar el poder y ofrecérselos a los humildes: la audacia creadora, con el realismo atemperando el ideal. Ahora, cuando las circunstancias exigen preservar el poder, hace falta la misma visión estratégica: buscar la solución fuera de los manuales. Consultar con las necesidades y, sobre todo, con el pueblo que las sufre. Y apostar por la vida.
Vida o… vida., no hay otra opción.
La vida no cabe en un manual. Imprevisible y cambiadiza, quien pretenda esquematizarla en un recetario ha de estar dispuesto a modificar reglas, inventar variantes. Los manuales decían que el socialismo real estaba exento de crisis. Y una crisis, paradójicamente tan solapada como clara, lo hizo desparecer en su aparente más compacto bastión.
Otros manuales –los de la derecha- aseguraron que Cuba, por imperativo del reflejo, debe cumplir el mismo destino que la extinta Unión Soviética, en un tiempo el aliado, el amigo más fuerte y generoso de la Isla del Caribe. También se equivocaron. Desde hace 17 años, Cuba resiste las secuelas de la catástrofe del modelo de socialismo predominante en el mundo hasta 1990. Y se mantiene erguida porque su pueblo, con preclara intuición política, se niega a ser reneocolonizado, a dejar de ser nuevamente nación en la servidumbre criolla del traspatio norteamericano.
Ese es el ingrediente esencial de la perdurabilidad: el querer ser, el desear seguir siendo. Pero no basta con la intención, el propósito. La lucha por permanecer, prevalecer –eso es, lucha- necesita de una sabia y dúctil táctica que se despliegue o repliegue según recomienden las circunstancias. La política, al decir de José Martí, es la verdad. Y la verdad no es solo el principio que oriente la política, sino, además, la voz del momento. Por lo cual hay que estar atentos al suceder real; averiguar cuál es la tendencia principal, la contradicción básica de modo que podamos discernir el curso que facilite adecuarnos a las demandas de hoy, de ahora, para así dominarlas y perdurar.
¿Complicado? ¿Tendré yo alguna cepa del virus socialdarwinista sin saberlo? A mí modo de ver, lo que me impulsa a afirmar cuanto antes dije es mi recelo hacia el voluntarismo, esa deformación ideológica que soslaya tácticas y estrategias, que aplaza la reflexión, proscribe la inteligencia y prefiere elevar la improvisación a rango principal de la política. Aceptar ese procedimiento posiblemente equivaldría a sufrir los retortijones irracionalistas de un Schopenhauer.
La resistencia en Cuba, si en verdad nuestro pueblo y cuantos lo representan en el Gobierno han de decidido resistir, tiene que adoptar decisiones y realizar modificaciones en la estructura económica que excluyan la vocación numantina como alternativa. La inmolación de un pueblo solo conduce a la destrucción de todo ese pueblo. ¿Y es justo, útil? Quizás la mística oriental advierta cierto provecho social en el holocausto de un individuo; tal vez la historia de Occidente vea con aplauso la ruina de una ciudad para salvar el resto del país, como el paciente acepta la amputación de un miembro para proteger el cuerpo. Pero extirpar el cuerpo, implica la muerte de “todo” el paciente. En términos sociales, el heroísmo y el martirio solo se justifican si de ellos se deriva un beneficio para la causa común.
Usemos la conocida alegoría: No llega más lejos quien arremete contra el obstáculo del camino; el golpe puede invalidar al caminante. Llegará más lejos el que se detiene y reflexiona sobre la forma de burlar el inconveniente, aunque tenga que rodearlo y con la vuelta hacia un lado o hacia atrás se retrase. El asunto no es llegar más lejos o más rápido; es llegar al punto propuesto, a veces con patas de liebre; otras, con paso de tortuga o de cangrejo.
Hay que afrontar la verdad. Las consignas, que suelen ser un producto propagandístico del voluntarismo, a veces impiden ver la realidad en sus perfiles y riesgos. La sociedad cubana, vista integralmente, no solo desde ciertas estadísticas, sino desde la rutina diaria de los ciudadanos –lo micro como eco de lo macro-, presenta un equilibrio inestable de lo que no cae y parece que va a caer. Probablemente, de seguir la situación embarrancada en el inmovilismo, las definiciones las dicte el tope de la vara que mide la acumulación de los fenómenos. Me parece que esa es la percepción más objetiva. Algunos podrán escandalizarse con estos juicios. Pero decirlo no supone que uno lo acepte como algo inevitable. ¿Quién aceptaría que Cuba, con todo cuanto significa en lo social y lo político para su pueblo y América Latina, se desmorone?
Por ello, para impedir que el bloqueo de los Estados Unidos logre agotar al país, se precisa una readecuación de las estructuras económicas. En ese estrategia parece haber consenso entre ciudadanos, comentadores profesionales de la realidad y figuras claves del Gobierno y el Partido Comunista, aunque por lo lento del proceso uno deduzca que la mentalidad burocrática –esa que se resiste a ceder parte de su poder centralizador- estorbe la fluidez de la reflexión nacional que ahora se escucha en centros de trabajo y bases políticas, y estorbe, sobre todo, el rigor y la aplicación de medidas de readecuación que propicien que la pobreza y la carencia dejen de ser inherentes a nuestro socialismo. No creo que la sociedad cubana –país de economía abierta- viva de sí misma, pero sí puede lograr que sus vínculos solidarios con Venezuela o la República Popular China impulsen el desarrollo de las fuerzas productivas internas, luego de que sean liberadas con audacia y visión de largo plazo. Porque convengamos en un riesgo: el problema fundamental de Cuba no es el de la falta de recursos. Si lo creyéramos –y sé de cierto que algunos reducen la realidad cubana a ese aspecto- con los aportes de Venezuela, en particular, podríamos sucumbir al violín dulzón de que los recursos materiales sean el ‘sesamo ábrete de la abundancia. Si mantenemos lo establecido –un exceso de centralismo y la intervención estatal aun para lo más nimio, como ingerir un helado o beber un refresco, entre otras normas inoperantes por rígidas- podría garantizar a lo sumo la resistencia a corto plazo. Y es preciso, como dije antes, proyectar a largo plazo. Lo contrario, es decir, lo inmediato, quizás nos mantenga en el precario equilibrio de hoy. La mirada que coloca el objetivo estratégico en el futuro, puede prevenir los errores. El criterio que solo observa lo inmediato tendrá que corregir los yerros después de cometidos.
Estamos los cubanos aún a tiempo. La discusión que convocó el pasado año el Partido Comunista, sin cautelas ni “callamientos” burocráticos, a ras de pueblo, manifestó en su viveza que la ciudadanía cree en la Revolución y el socialismo. Importa saber ahora que Cuba está abocada, llamada a ciertas transformaciones, a la adopción de medidas económicas, incluso políticas, que varíen las fórmulas que en otros tiempos rigieron el devenir del país, sin que alguien suponga que se trata de derogar el socialismo cuando es lo opuesto: hacerlo perdurar. Y si el esquema vigente no satisface las necesidades de los seres humanos y demuestra en la práctica su incapacidad para producir riquezas, parece evidente que va en contra de la vida y del realismo con que ha de asumirse los obstáculos de la historia. Un acto impolítico sería desoír esos reclamos que critican todo cuanto de voluntarista, y por tanto de irracional, subsiste en la sociedad cubana, permeada todavía, lamentablemente, por los rasgos menos capaces del socialismo soviético, que fracasó.
Quizás escribo demasiado didascálicamente. Y trasmita, a mi pesar, el equívoco de intentar yo, que empecé hablando de lo inservible de los manuales, concebir un nuevo manual. Simplemente, levanto la bandera que echó al aire la revolución cubana para conquistar el poder y ofrecérselos a los humildes: la audacia creadora, con el realismo atemperando el ideal. Ahora, cuando las circunstancias exigen preservar el poder, hace falta la misma visión estratégica: buscar la solución fuera de los manuales. Consultar con las necesidades y, sobre todo, con el pueblo que las sufre. Y apostar por la vida.
Vida o… vida., no hay otra opción.
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miércoles, 26 de marzo de 2008
BUROCRACIA: UNA ACTITUD MÁS QUE UN BURÓ


Por Luis Sexto
El juicio más común la define por el mueble que la distingue: el buró, la mesa de trabajo, y por el soporte en que habitualmente estampa sus disposiciones: el papel. Pero esas metáforas son eminentemente simplistas. Pudo Einstein pensar acodado a una mesa y hacer sus cálculos sobre papel, sin que por ella pudiéramos tacharlo de burócrata. Y si quisiéramos extender el calificativo a un médico, que oye la cantinela de su paciente sentado a una mesa, o a un escritor, que emborrona sobre el mismo mueble su novela, también erraríamos. Porque la burocracia halla su definición en una actitud que poco se relaciona con sus atributos palpables. Más bien es un mal intangible. Casi intocable por tortuoso.
Habría, para empezar a entenderla, acudir a Max Weber en un libraco muy voluminoso, pero portador de ciertas certezas sociológicas en la interpretación de esa entidad etérea en el capitalismo. No voy ahora a levantarme para repasar sus capítulos. Este artículo pretende presentar a la burocracia como un problema práctico, aunque trasciende lo puramente técnico para insertarse en lo ideológico y dentro de ello en lo político. Prefiero acudir a otro libraco más a mano y sintonizarnos sin muchos filosofismos. Reproduzco, pues, las tres últimas acepciones del Diccionario de la Real Academia Española. Burocracia: 2) Conjunto de los servidores públicos. 3) Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos. 4) Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas. Esta última, relacionada con las anteriores, es la definición que más se aproxima a la que la experiencia me ha permitido deducir. Mi experiencia en Cuba, no otra. Porque es el papel de la burocracia en mi patria el que me interesa dilucidar y sobre el cual advertir de los peligros que entraña en el mejoramiento del socialismo. Y, desde luego, con óptica de periodista, que es observador y a veces objeto sufriente de las actitudes burocráticas.
Le mejor definición de la burocracia o de la mentalidad burocrática la leí en un breve relato de Eduardo Galeano, especie de parábola evangélica. Sin que nuestra cultura de origen grecolatino sea narrativa, como la hebrea de los tiempos bíblicos, a veces una historia ilumina los conceptos encapsulados de los analistas para que los comprendamos transparentemente Cuenta el autor de Las venas abiertas de América Latina que en una unidad militar el oficial de guardia castigó a un soldado a cumplir una posta al lado de un banco, en el polígono del cuartel. Durante horas estuvo el soldado custodiando el asiento que no necesitaba protección. El oficial cumplió el turno y se le olvidó derogar su orden, y el que llegó a sustituirlo, sin información previa, relevó al recluta castigado con otro guardia. De modo que durante 20 años, creo, se hizo “la posta del banquito”, hasta cuando alguien preguntó con qué fin, y nadie supo decirlo. Por tanto, la burocracia, necesaria en muchos aspectos de la administración pública, comienza a ser peligrosa cuando pierde el sentido de su finalidad.
José Martí, el libertador y el pensador de todos los tiempos, previó los peligros de una burocracia incontrolada, adueñada de los resortes del Poder. Tildó “la vida burocrática”de “peligro y azote” y quiso a la república cubana libre de la “peste de los burócratas”. Evidentemente, Martí intuía que la burocracia como representante de los intereses del pueblo, podría soslayar en algún momento de su ejercicio esos intereses para tener solo en cuenta los suyos como grupo o casta. Hoy por hoy, la rigidez, el papeleo, la ineficiente administración, que le atribuye el DRAE a la burocracia, ha “mediocrizado”, descontextualizado las prerrogativas del Estado socialista cubano. Ha sido una especie de Hada madrina al revés: todo cuanto su varita mágica toca se convierte en una caricatura de las aspiraciones socialistas.
En Cuba, dice la voz del pueblo, las actitudes burocráticas responden con un problema a cada solución; con un “no” a un “sí”. Y diluyen cada iniciativa en papeles y reuniones. Y ven la realidad a través de los colores de sus cristales, o el mirador de sus balcones, habitualmente altos y alejados de la calle o los talleres. O a través de informes que suelen estar adulterados por quienes no desean que la verdad se conozca. No exagero. El socialismo europeo se disolvió, como “Alka Zeltzer” en agua, gracias a las distorsiones burocráticas. Distorsiones que obligaron al discurso político a andar por los aires mientras la realidad de la gente por el fango. No inventemos enemigos. Las causas principales de la extinción del socialismo del siglo XX, el que fracasó, están dentro de sí mismo: incubó la mentalidad, por no decir la casta, que echó por la borda la correlación del predominio de clases a favor de los trabajadores.
La burocracia, por supuesto, brotó de una sociedad rigidizada por el verticalismo, en detrimento de la horizontalidad democrática. Veamos claramente: donde falta la democracia, y el centralismo se excede a costa de los lados, prospera la burocracia. Y con esta, el dogma y la corrupción.
Cualquier proyecto de renovación y perfeccionamiento del socialismo en Cuba, además de la oposición de los Estados Unidos y su permanente guerra, y de los que dentro del país pugnan de una u otra forma por empujar a Cuba hacia el capitalismo, tendrá por principio que afrontar y anular la resistencia burocrática. Todo cuanto le parezca limitación de sus intereses, sus privilegios, su capacidad para deslegitimar toda decisión constructiva, toda libertad legítima contará con su hostilidad, traducida en indiferencia, extremismo, distorsión. Hechos que lo confirmen sobran. La agricultura, como denunció Raúl Castro el 26 de julio de 2007, se ha plagado de marabú, ese arbusto casi invencible que todo lo copa y asfixia. Y muchos años antes Fidel denunció que el campo se había colmado de oficinas.
En cualquier otro país podrá ser igual o peor. Pero en Cuba el enfrentamiento ideológico y político me parece inexcusable. Imprescindible. Se juega la supervivienda de la Revolución. Las acciones burocráticas, por engorrosas, limitadoras, enajenantes, tienden a liquidar la causa del socialismo en el corazón del pueblo. Y el antídoto es el mismo pueblo. Ampliando los usos, espacios y controles democráticos y flexibilizando las estructuras económicas, se reduce la burocracia a eso que dice el diccionario: conjunto de servidores públicos. Ese es su estado ideal. Pero ¿tendremos valor para obligarla, como el domador al tigre, a marchar cabizbaja hacia el rincón subalterno que le corresponde?
Habría, para empezar a entenderla, acudir a Max Weber en un libraco muy voluminoso, pero portador de ciertas certezas sociológicas en la interpretación de esa entidad etérea en el capitalismo. No voy ahora a levantarme para repasar sus capítulos. Este artículo pretende presentar a la burocracia como un problema práctico, aunque trasciende lo puramente técnico para insertarse en lo ideológico y dentro de ello en lo político. Prefiero acudir a otro libraco más a mano y sintonizarnos sin muchos filosofismos. Reproduzco, pues, las tres últimas acepciones del Diccionario de la Real Academia Española. Burocracia: 2) Conjunto de los servidores públicos. 3) Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos. 4) Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas. Esta última, relacionada con las anteriores, es la definición que más se aproxima a la que la experiencia me ha permitido deducir. Mi experiencia en Cuba, no otra. Porque es el papel de la burocracia en mi patria el que me interesa dilucidar y sobre el cual advertir de los peligros que entraña en el mejoramiento del socialismo. Y, desde luego, con óptica de periodista, que es observador y a veces objeto sufriente de las actitudes burocráticas.
Le mejor definición de la burocracia o de la mentalidad burocrática la leí en un breve relato de Eduardo Galeano, especie de parábola evangélica. Sin que nuestra cultura de origen grecolatino sea narrativa, como la hebrea de los tiempos bíblicos, a veces una historia ilumina los conceptos encapsulados de los analistas para que los comprendamos transparentemente Cuenta el autor de Las venas abiertas de América Latina que en una unidad militar el oficial de guardia castigó a un soldado a cumplir una posta al lado de un banco, en el polígono del cuartel. Durante horas estuvo el soldado custodiando el asiento que no necesitaba protección. El oficial cumplió el turno y se le olvidó derogar su orden, y el que llegó a sustituirlo, sin información previa, relevó al recluta castigado con otro guardia. De modo que durante 20 años, creo, se hizo “la posta del banquito”, hasta cuando alguien preguntó con qué fin, y nadie supo decirlo. Por tanto, la burocracia, necesaria en muchos aspectos de la administración pública, comienza a ser peligrosa cuando pierde el sentido de su finalidad.
José Martí, el libertador y el pensador de todos los tiempos, previó los peligros de una burocracia incontrolada, adueñada de los resortes del Poder. Tildó “la vida burocrática”de “peligro y azote” y quiso a la república cubana libre de la “peste de los burócratas”. Evidentemente, Martí intuía que la burocracia como representante de los intereses del pueblo, podría soslayar en algún momento de su ejercicio esos intereses para tener solo en cuenta los suyos como grupo o casta. Hoy por hoy, la rigidez, el papeleo, la ineficiente administración, que le atribuye el DRAE a la burocracia, ha “mediocrizado”, descontextualizado las prerrogativas del Estado socialista cubano. Ha sido una especie de Hada madrina al revés: todo cuanto su varita mágica toca se convierte en una caricatura de las aspiraciones socialistas.
En Cuba, dice la voz del pueblo, las actitudes burocráticas responden con un problema a cada solución; con un “no” a un “sí”. Y diluyen cada iniciativa en papeles y reuniones. Y ven la realidad a través de los colores de sus cristales, o el mirador de sus balcones, habitualmente altos y alejados de la calle o los talleres. O a través de informes que suelen estar adulterados por quienes no desean que la verdad se conozca. No exagero. El socialismo europeo se disolvió, como “Alka Zeltzer” en agua, gracias a las distorsiones burocráticas. Distorsiones que obligaron al discurso político a andar por los aires mientras la realidad de la gente por el fango. No inventemos enemigos. Las causas principales de la extinción del socialismo del siglo XX, el que fracasó, están dentro de sí mismo: incubó la mentalidad, por no decir la casta, que echó por la borda la correlación del predominio de clases a favor de los trabajadores.
La burocracia, por supuesto, brotó de una sociedad rigidizada por el verticalismo, en detrimento de la horizontalidad democrática. Veamos claramente: donde falta la democracia, y el centralismo se excede a costa de los lados, prospera la burocracia. Y con esta, el dogma y la corrupción.
Cualquier proyecto de renovación y perfeccionamiento del socialismo en Cuba, además de la oposición de los Estados Unidos y su permanente guerra, y de los que dentro del país pugnan de una u otra forma por empujar a Cuba hacia el capitalismo, tendrá por principio que afrontar y anular la resistencia burocrática. Todo cuanto le parezca limitación de sus intereses, sus privilegios, su capacidad para deslegitimar toda decisión constructiva, toda libertad legítima contará con su hostilidad, traducida en indiferencia, extremismo, distorsión. Hechos que lo confirmen sobran. La agricultura, como denunció Raúl Castro el 26 de julio de 2007, se ha plagado de marabú, ese arbusto casi invencible que todo lo copa y asfixia. Y muchos años antes Fidel denunció que el campo se había colmado de oficinas.
En cualquier otro país podrá ser igual o peor. Pero en Cuba el enfrentamiento ideológico y político me parece inexcusable. Imprescindible. Se juega la supervivienda de la Revolución. Las acciones burocráticas, por engorrosas, limitadoras, enajenantes, tienden a liquidar la causa del socialismo en el corazón del pueblo. Y el antídoto es el mismo pueblo. Ampliando los usos, espacios y controles democráticos y flexibilizando las estructuras económicas, se reduce la burocracia a eso que dice el diccionario: conjunto de servidores públicos. Ese es su estado ideal. Pero ¿tendremos valor para obligarla, como el domador al tigre, a marchar cabizbaja hacia el rincón subalterno que le corresponde?
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