Por Luis Sexto
Elisa McHatton-Ripley no conservó memorias gratas de su estancia en Cuba durante el último cuarto del siglo XIX. Aún las observaciones más favorables sobre el verdor eterno y el clima benigno de la Isla, sufrieron las quejas de esta mujer que no soportaba la monotonía de lo invariable. No le fue bien. Hasta el nombre del ingenio azucarero que su esposo compró en la jurisdicción de Matanzas, a unos 100 kilómetros al este de La Habana era un presagio de mala suerte en español: Desengaño, lo que equivale a decir la muerte de cualquier ilusión.
En un libro titulado From flag to flag, publicado en New York por la Editorial D. Appletton and Company, en 1889, entre otras experiencias, Elisa McHatton contó las peripecias de los 10 años que residió en Cuba. Nació en Kentucky en 1832 . Y en 1862 la guerra civil la obligo, junto con su marido, un hijo y dos criados, a marcharse de su plantación en Arlington, cerca de Bouton Rouge. Tres años después, tras una estadía en el México ocupado por los franceses, la familia McHatton–Ripley llegó a La Habana. Y seguidamente se estableció en el ingenio Desengaño donde Elisa conoció la decepción en una tierra que la misma autora estima como “el lugar más prolífico del globo”. El nombre de la plantación, repetido en ingenios de otras zonas del país, expresaba los altibajos que entonces sufría la industria azucarera cubana que, de prometer el paraíso, pasaba por temporadas de angustias e incertidumbres para cuantos había puesto su fortuna en la fabricación del grano.
From flag to flag se suma a los más de 700 libros que viajeros de diversa procedencia escribieron sobre Cuba hasta el final del siglo XIX. Y compone una visión muy especial, porque es una extranjera que no solo observa y ve, sino que su vida y la economía familiar dependen de la entonces riqueza principal de Cuba. Se comprende, pues, que la visión idílica del paisaje no aparezca en sus páginas; la escritora y su esposo tuvieron que trabajar duramente para que su plantación azucarera prosperara, y pudieran sostener aquella vivienda que, al comprarla junto con el ingenio, pasaba como una de las “más presuntuosas y considerables” de Matanzas. Las memorias de Mrs. McHatton-Ripley se dedican a describir las costumbres, las comidas, y el paisaje humano de la plantación, donde el negro y el chino esclavo conviven bajo el tañido de una campana de 900 libras que uniformemente les organiza la jornada desde el amanecer hasta la hora de dormir.
A pesar de su nombre, Desengaño prosperó. El trabajo y la agrotecnia sirvieron allí para que el suelo de Matanzas, uno de los más feraces de Cuba, no se cansara como en las haciendas colindantes, sometidas a una explotación que confiaba más en la bondad de la naturaleza que en la inteligencia y la aplicación de los hombres.
La familia McHatton-Ripley, sin embargo, se cansó. “Nos cansamos del eterno aire dulce y apacible, del invariable verdor del paisaje, la perpetua temperatura que hacía cómoda la ropa de hilo más delgada; las estaciones solo variaban en seca y en húmeda: la seca muy seca y polvorienta; la húmeda, muy húmeda y lodosa (...) Un clima como este empalaga a quien se haya acostumbrado a las variaciones de la zona templada. El verdor inalterable es como una boba sonrisa permanente en la cara de una mujer bonita: su constancia la hace inexpresiva e insípida.”
Del clima lo probó todo. Porque Mrs McHatton-Ripley, afrontó, como cualquier cubano actual según las estadísticas, la posibilidad de ver un ciclón catastrófico más de una vez cada 10 años. Y lo vio. Estuvo dentro, afanándose en atrancar puertas y ventanas, en proteger animales y bienes materiales. “Cuando, por último, después de 30 horas de lucha exhaustiva y alarma mortal, nuestras puertas volvieron abrirse de par en par, la escena de desolación que contemplamos desafiaba toda capacidad de descripción. Los ilimitados campos de caña ondulante, que solo antes de ayer deleitaban nuestra vista, habían desaparecido por completo; derribadas las cañas por el viento, las rápidas aguas en descenso las cubrían totalmente. La casa de azúcar había quedado enteramente destechada, y las anchas láminas de metal se trajeron durante días, desde campos a cientos de yardas de distancia, tan retorcidas como si el martillo de Vulcano les hubiera dado infinitas formas fantásticas.”
Dos o tres años más tarde, en 1875, los MacHotton-Ripley se fueron de Cuba para siempre. Pero no creo que el calor, la lluvia, el polvo, el lodo y los vientos, hayan influido en la determinación. La autora de From flag to flag había venido a Cuba buscando las ventajas económicas de la esclavitud que la guerra civil abolió en los Estados Unidos. Pero en la llamada Perla de las Antillas, la primera guerra por la independencia procuraba también eliminar la esclavitud. Y, por supuesto, la prosperidad del ingenio Desengaño se ahogaba en la libertad que poco a poco negros y chinos iban ganando. Además, refiriéndose a la administración colonial española, la autora concluyó: “Esa soberbia provincia, cuyos recursos naturales son casi inagotables, ha sido desangrada por las sanguijuelas y parásitos a quienes se confió su bienestar y su gobierno”
Elisa McHotton-Ripley murió en Kentucky en 1912. Tiempo tuvo para percatarse que los años más esplendorosos de su vida habían coincido en su patria y en Cuba con un cambio de época. Y tal vez haya recordado con cierta justiciera nostalgia sus días en Desengaño, allí donde creyó haber enterrado sus ilusiones.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
domingo, 24 de agosto de 2008
MEMORIAS OCULTAS DE LA HABANA
Por Luis Sexto
¿Quiere usted saber cómo murió José Lezama Lima, el novelista de Paradiso, o conocer cuál fue el crimen del siglo en La Habana, o adentrarse en los pormenores del caso de la trucidada de la calle Monte y además enterarse de duelos y duelistas, y de decenas de episodios que matizaron la vida de la capital cubana en el siglo XX? Si quiere, busque Las memorias ocultas de La Habana, del periodista cubano Ciro Bianchi Ross. Le garantizo que lamentará que el libro, como toda obra o vida humana, tenga fin y que por ello sea breve.
Los temas que el volumen explaya y especifica en sus pormenores, en el espacio de 267 páginas, habrán de interesar por sí mismo. Pero, en particular, por su autor. Ciro Bianchi ha sido, en los últimos 45 años, uno de los periodistas que cotidianamente, con una aplicación y una seriedad ejemplares, ha sazonado su prestigio con las especias de lo profundo y lo ameno, lo verídico y lo imaginativo. Nacido en 1948, Bianchi ha madurado su quehacer en la escuela de los clásicos del periodismo cubano, asimilados en el acercamiento a libros, revistas y periódicos viejos, o en la relación frecuente cuando algunos de los maestros vivían aún en la primera juventud del discípulo. Por ello, no hay riesgo cuando uno asegura que en su obra están presentes, bendiciendo al autor, periodistas como Enrique de la Osa, Eladio Secades, José A. Benítez, Lino Novás Calvo, Pablo de la Torriente, Jorge Mañach… Unos con más evidencia que otros. Todos influyendo, al menos, con sus lecciones de rigor.
He dicho, en otro momento, que Bianchi por la seriedad de su oficio es un periodista labrado a la usanza antigua. Es decir, siguiendo estilos y disciplinas que honran la veracidad, la síntesis y la calidad de los enunciados del periodismo. Aunque por fuera vista ropa ligera propia de un clima caliente como el de Cuba, por dentro lleva el traje y la corbata de aquellos personajes de los periódicos en los 30 y los 40, cuando prosperó nuestro mejor periodismo, el formalmente mejor dotado, el más agudo y polémico.
Lo juzgo claramente: investigar en el pasado para estas crónicas históricas o de sucesos notorios de lo que Miguel de Unamuno llamó la “intrahistoria”, requiere de talento para no confundir verdad y rumor, y para saber sortear el patetismo de viejas gacetillas, juzgando el pasado con una irónica y amable sonrisa.
En este libro no está toda la memoria oculta de La Habana. Pero uno pulsa las letras de lo pretérito con la sensación de que todo ha sido reciente. Porque el periodista Bianchi busca en papeles, pero también en la memoria viva de viejos testigos. Si nos habla de Hemingway, acude a Gregorio Fuentes, en algún instante del longevo -aunque ya hoy difunto- patrón del yate Pilar, donde el narrador de Adiós a las Armas navegaba tras las agujas de la Corriente del Golfo.
Me falta decir que el autor de Memoria oculta de La Habana pose la varita mágica del olfato. No existe periodista sin la capacidad de intuir qué es lo interesante y dónde se encuentra. Bianchi se destaca, en particular, por su carisma de entrevistador. ¿Habrá otro como él entre nosotros? Por esa razón, entre sus libros sobre García Lorca, Hemingway, y otras figuras, sobresalen entrevistas como Voces de América Latina y Oficio de intruso, donde dejó la prueba de su vocación entrevistadora.
Cuanto he dicho, lo creo justo y necesario, como dice un texto del misal católico romano. Y después de haberlo dicho, me siento como el que ha cumplido un deber insoslayable. Los libros suelen defenderse solos después que el autor los libera, cosidos por el lomo con el sello de una editorial. Memoria oculta de La Habana tiene el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Pero, aunque eso baste para prometer calidad, he recomendado a su autor, porque los libros habitualmente se parecen a sus padres...
¿Quiere usted saber cómo murió José Lezama Lima, el novelista de Paradiso, o conocer cuál fue el crimen del siglo en La Habana, o adentrarse en los pormenores del caso de la trucidada de la calle Monte y además enterarse de duelos y duelistas, y de decenas de episodios que matizaron la vida de la capital cubana en el siglo XX? Si quiere, busque Las memorias ocultas de La Habana, del periodista cubano Ciro Bianchi Ross. Le garantizo que lamentará que el libro, como toda obra o vida humana, tenga fin y que por ello sea breve.
Los temas que el volumen explaya y especifica en sus pormenores, en el espacio de 267 páginas, habrán de interesar por sí mismo. Pero, en particular, por su autor. Ciro Bianchi ha sido, en los últimos 45 años, uno de los periodistas que cotidianamente, con una aplicación y una seriedad ejemplares, ha sazonado su prestigio con las especias de lo profundo y lo ameno, lo verídico y lo imaginativo. Nacido en 1948, Bianchi ha madurado su quehacer en la escuela de los clásicos del periodismo cubano, asimilados en el acercamiento a libros, revistas y periódicos viejos, o en la relación frecuente cuando algunos de los maestros vivían aún en la primera juventud del discípulo. Por ello, no hay riesgo cuando uno asegura que en su obra están presentes, bendiciendo al autor, periodistas como Enrique de la Osa, Eladio Secades, José A. Benítez, Lino Novás Calvo, Pablo de la Torriente, Jorge Mañach… Unos con más evidencia que otros. Todos influyendo, al menos, con sus lecciones de rigor.
He dicho, en otro momento, que Bianchi por la seriedad de su oficio es un periodista labrado a la usanza antigua. Es decir, siguiendo estilos y disciplinas que honran la veracidad, la síntesis y la calidad de los enunciados del periodismo. Aunque por fuera vista ropa ligera propia de un clima caliente como el de Cuba, por dentro lleva el traje y la corbata de aquellos personajes de los periódicos en los 30 y los 40, cuando prosperó nuestro mejor periodismo, el formalmente mejor dotado, el más agudo y polémico.
Lo juzgo claramente: investigar en el pasado para estas crónicas históricas o de sucesos notorios de lo que Miguel de Unamuno llamó la “intrahistoria”, requiere de talento para no confundir verdad y rumor, y para saber sortear el patetismo de viejas gacetillas, juzgando el pasado con una irónica y amable sonrisa.
En este libro no está toda la memoria oculta de La Habana. Pero uno pulsa las letras de lo pretérito con la sensación de que todo ha sido reciente. Porque el periodista Bianchi busca en papeles, pero también en la memoria viva de viejos testigos. Si nos habla de Hemingway, acude a Gregorio Fuentes, en algún instante del longevo -aunque ya hoy difunto- patrón del yate Pilar, donde el narrador de Adiós a las Armas navegaba tras las agujas de la Corriente del Golfo.
Me falta decir que el autor de Memoria oculta de La Habana pose la varita mágica del olfato. No existe periodista sin la capacidad de intuir qué es lo interesante y dónde se encuentra. Bianchi se destaca, en particular, por su carisma de entrevistador. ¿Habrá otro como él entre nosotros? Por esa razón, entre sus libros sobre García Lorca, Hemingway, y otras figuras, sobresalen entrevistas como Voces de América Latina y Oficio de intruso, donde dejó la prueba de su vocación entrevistadora.
Cuanto he dicho, lo creo justo y necesario, como dice un texto del misal católico romano. Y después de haberlo dicho, me siento como el que ha cumplido un deber insoslayable. Los libros suelen defenderse solos después que el autor los libera, cosidos por el lomo con el sello de una editorial. Memoria oculta de La Habana tiene el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Pero, aunque eso baste para prometer calidad, he recomendado a su autor, porque los libros habitualmente se parecen a sus padres...
sábado, 23 de agosto de 2008
EPITAFIO ORIGINAL
Por Luis Sexto
Crucé por primera vez bajo el arco de la portada del cementerio de Cristóbal Colón, empeñado en visitar a ciertos personajes que, en vida, me habrían exigido antesala o una llamada previa. Eran días vacantes. Y con 17 ó 18 años, recorría el camposanto más bien por convertir la cultura de los textos escolares en una experiencia sensitiva. Seguía quizás las carrileras de mi vocación por lo histórico, justificada hoy en la hilaza del periodismo cuya trama es el acta de nacimiento de la historia.
Una tarde me proponía localizar la tumba de Luisa Pérez de Zambrana, la elegiaca que sobrevivió a todos sus hijos. O la de Julián de Casal, el solitario poeta que entonces soportaba la doble soledad de un panteón que ni siquiera mostraba su nombre cargado de resonancias perdurables. En otro momento, enrumbaba mi búsqueda hacia Juan Gualberto Gómez -amigo y delegado de Martí antes de la guerra de independencia- o Eduardo Chibás, líder político caracterizado por su lucha contra la corrupción administrativa en la repúblcia anterior a 1959, o el sepulcro de los estudiantes fusilados en 1871, o el de los bomberos mártires del altruismo. Y a veces, espontáneamente, hallaba la tumba de aquel periodista polémico y famoso o la de este político execrable.
Aunque pudiera parecer macabro, me aficioné al cementerio. Y le fui oyendo, en su pizarra del mármol, lecciones de historia, sociología, ética. Porque es el ámbito de la igualdad sin miramientos. La democracia del silencio. Como si la necrópolis anticipara una ciudad armónica donde los enemigos de ayer convivan uno junto al otro, compartiendo la mesa infinita del tiempo. Sin estorbarse, ni envidiarse el sitio de honor. Lo único que no cambia allí es la vanidad. En el cementerio de Colón pervive en ciertas zonas la actitud de los que no renunciaron a despojarse de las ínfulas de la riqueza. La huesa de los ricos se ahoga bajo la arquitectura redundante de cámaras faraónicas, como en el pregón de piedra de una declaración de fuerza: “Yo sigo siendo el mismo: el que puede”.
En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.
Pero la vanidad elige entre múltiples direcciones. Hacia arriba o hacia abajo. Adentro o afuera. Y en otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes. En la Ermita del Potosí, en Guanabacoa -ciudad vecina de La Habana, en el lado oriental de la bahía- se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.
Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notarían bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad. Pero don Juan de Acosta, fiel a su ringorrango, a su posición de jerifalte, personero colonial, no asumiría, sin ponerle precio, el escarnio de tanta humildad. Y sobre la losa se opaca una cuarteta que cobraba a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado. Ante esos versos el visitante ingenuo debía de haberse persignado recitando un ¡solavaya!:
Pasagero que oi me pisas,
Párate a considerar
Que has de venir a parar,
En ser como Yo, cenizas.
Crucé por primera vez bajo el arco de la portada del cementerio de Cristóbal Colón, empeñado en visitar a ciertos personajes que, en vida, me habrían exigido antesala o una llamada previa. Eran días vacantes. Y con 17 ó 18 años, recorría el camposanto más bien por convertir la cultura de los textos escolares en una experiencia sensitiva. Seguía quizás las carrileras de mi vocación por lo histórico, justificada hoy en la hilaza del periodismo cuya trama es el acta de nacimiento de la historia.
Una tarde me proponía localizar la tumba de Luisa Pérez de Zambrana, la elegiaca que sobrevivió a todos sus hijos. O la de Julián de Casal, el solitario poeta que entonces soportaba la doble soledad de un panteón que ni siquiera mostraba su nombre cargado de resonancias perdurables. En otro momento, enrumbaba mi búsqueda hacia Juan Gualberto Gómez -amigo y delegado de Martí antes de la guerra de independencia- o Eduardo Chibás, líder político caracterizado por su lucha contra la corrupción administrativa en la repúblcia anterior a 1959, o el sepulcro de los estudiantes fusilados en 1871, o el de los bomberos mártires del altruismo. Y a veces, espontáneamente, hallaba la tumba de aquel periodista polémico y famoso o la de este político execrable.
Aunque pudiera parecer macabro, me aficioné al cementerio. Y le fui oyendo, en su pizarra del mármol, lecciones de historia, sociología, ética. Porque es el ámbito de la igualdad sin miramientos. La democracia del silencio. Como si la necrópolis anticipara una ciudad armónica donde los enemigos de ayer convivan uno junto al otro, compartiendo la mesa infinita del tiempo. Sin estorbarse, ni envidiarse el sitio de honor. Lo único que no cambia allí es la vanidad. En el cementerio de Colón pervive en ciertas zonas la actitud de los que no renunciaron a despojarse de las ínfulas de la riqueza. La huesa de los ricos se ahoga bajo la arquitectura redundante de cámaras faraónicas, como en el pregón de piedra de una declaración de fuerza: “Yo sigo siendo el mismo: el que puede”.
En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.
Pero la vanidad elige entre múltiples direcciones. Hacia arriba o hacia abajo. Adentro o afuera. Y en otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes. En la Ermita del Potosí, en Guanabacoa -ciudad vecina de La Habana, en el lado oriental de la bahía- se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.
Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notarían bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad. Pero don Juan de Acosta, fiel a su ringorrango, a su posición de jerifalte, personero colonial, no asumiría, sin ponerle precio, el escarnio de tanta humildad. Y sobre la losa se opaca una cuarteta que cobraba a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado. Ante esos versos el visitante ingenuo debía de haberse persignado recitando un ¡solavaya!:
Pasagero que oi me pisas,
Párate a considerar
Que has de venir a parar,
En ser como Yo, cenizas.
jueves, 14 de agosto de 2008
LA FRUTA QUE FUE MADURA
Por Luis Sexto
“Sinuhé el egipcio” ha reaparecido gracias a una reciente edición cubana. Y algunos de cuantos lo conocían confiesan que ahora, treinta o cuarenta años después de haberlo leído por primera vez, penetraron con más provecho en el mundo de antigüedades que construyó Mika Waltari con su novela.
Unos, incluso, tratan de interpretar la vida, o ciertas cosas, mediante la filosofía amodorrada, cansada, de Sinuhé. Conozco al menos a una persona que, cuando conversamos ambos de los males de la actualidad, la cubana o la extranjera, riposta a mi inconformidad, a mis críticas, con el sonsonete del trepanador real y agente de la inteligencia faraónica: “Así ha sido siempre y así será”. Que el poderoso abuse del débil. Que el rico se encarame sobre el pobre. Que aquel robe o este mienta. Que ese responda con la indiferencia. Que el otro use prerrogativas del cargo para regalarse privilegios... Por qué inquietarse: así ha sido siempre y así será. Derrotismo. Resignación.
Terencio, el latino, se aproximó al egipcio Sinuhé cuando estableció que nada nuevo había bajo el sol. Capsular filosofía antirrevolucionaria. Contra la utopía. Por negarse precisamente a admitir que los tiempos y las cosas eran irremovibles, circulares en su fluir, la especie humana ha alcanzado su desarrollo. Quizás lo único que no cambia es la ocurrencia de dificultades. Porque a un problema resuelto lo sustituye otro. Lo sabemos. Pero autorícenme a seguir descubriendo Mediterráneos. Y si a cada problema se le hubiera tapado con un “así ha sido siempre”, paciencia, la pila superaría al Everest en altura. Y andaríamos en chancletas y comeríamos semillas.
La última década en Cuba ilustra que la lucha, la negativa a aceptar los obstáculos como voluntad inapelable del destino, empuja, azuza, la superación de cuanto parece irreversible. Quizás en 1991, si hubiéramos aplicado la fórmula fatalista de ciertos intelectuales y políticos anteriores a 1959, el esquife de la República, según la imagen del escritor José Antonio Ramos, se habría despedazado en “los acantilados de la Florida”, de acuerdo con la frase de Jorge Mañach, otro escritor de los años 30 y que naufragó precisamente en las aguas de los Estados Unidos después de haber denunciado el daño que la influencia del Norte le ocasionaba a Cuba. Nada –decían aquellos los pesimistas- es posible contra los americanos. Todo es posible, ha demostrado hoy la Revolución.
Los gobiernos norteamericanos, sin embargo, continúan afiliados al “así ha sido siempre”de Sinuhé el egipcio. En particular con respecto a Cuba. La ven y juzgan como la vieron y juzgaron desde 1805. Primeramente, en esa época, como una isla por conquistar, por anexarla a la Unión. Después como la “fruta madura”que por ley de gravedad histórica debía caer, algún día, en las manos de los Estados Unidos. En el siglo XX, al fin, la manzana se desprendió luego de la guerra hispano-cubana-americana. Y hasta 1959 la consideraron posesión suya, como protectorado o necolonia, que ambas categorías significaron lo mismo: absorción de la riqueza, la independencia, la política cubanas mediante la condición de “factoría yanqui” con que invistieron a la isla.
Antes y después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido igual. El presidente W. Bush ha asegurado recientemente que solo dialogará con el pueblo cubano, y no con el Gobierno Revolucionario, que ha hecho pública, mediante palabras de Raúl Castro, su disposición a resolver, mediante negociaciones, el diferendo entre los Estados Unidos y Cuba. Parece que W. Bush, al igual que sus predecesores, cree que el Gobierno Revolucionario carece de representatividad ante su pueblo. Un error que se repite desde hace casi medio siglo. Porque basta preguntarse por qué se ha sostenido tantos años en el Poder. Claro, en Washington responderán que mediante la represión: la mitad de los cubanos vigila a la otra mitad. Y cómo puede ser posible si cuantos manipulan las armas son los hijos de los trabajadores y profesionales que desfilan por calles y plazas. ¿Acaso puede una parte de la población vigilar a la otra?
Así ha sido siempre y así será en la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba. Todo cubano que se le oponga -como decía el interventor de turno sobre Juan Gualberto Gómez uno de los adalides de la independencia, contradictor de la Enmienda Platt- es un “degenerado”. Y todo gobierno de La Habana que pretenda mantener su independencia y soberanía, será dictatorial, antidemocrático, como afirman en Washington que es el Gobierno de Fidel Castro.
De la tiranía del general Gerardo Machado y la del general Fulgencio Batista-cuyas víctimas aparecían torturadas y asesinadas en las cunetas de las carreteras o colgadas en los árboles del campo-, ningún funcionario de la Casa Blanca dijo alguna vez que eran enemigos de los Estados Unidos o que violaban los derechos humanos. Entonces Cuba era “nuestras colonia”, según el decir del historiador míster Jensk.
A fines del 2006, una delegación de legisladores visitó a Cuba. Uno podía haber creído que componía un “gesto de buena voluntad” en tantas décadas de hostilidad e incomprensión. Cuando regresaron, algunos de los congresistas emitieron declaraciones. Una, sobre todas, centró mi interés. Pudo haberla suscrito cualquier miembro del grupo bipartidista; flotaba en la atmósfera: “Con los cubanos no se puede hablar de democracia y derechos humanos.” ¿Por qué ha de poderse? ¿Por qué los cubanos habrán de aceptar la agenda que los gobernantes o funcionarios de los Estados Unidos deseen? No creo que la administración de la Casa Blanca aceptara que una delegación cubana pretendiera localizar cualquier conversación en la guerra de Irak o Afganistán. Evidentemente, las diferencias entre Cuba y los Estados Unidos no tienen por qué pasar por los asuntos internos. Los cubanos, celosos de su independencia, calificarán de ingerencia el interés en aspectos políticos que solo atañen a los ciudadanos cubanos, en primer término a cuantos residen dentro de la Isla. Y puede asegurarse, analizando el proceder histórico de los revolucionarios cubanos, que las discusiones en ese sentido, mientras subsista el riesgo de la intervención norteamericana, serán aplazadas. Por lo inmediato, entre Cuba y los Estados Unidos podrá debatirse el bloqueo, que priva a Cuba de sus mercados cercanos y del comercio libre entre las naciones; habrá que discutir las emisiones radiales y televisivas con fines subversivos, a despecho de la legislación internacional. Podrá hablarse de indemnizaciones mutuas. Pero de lo demás, no será ahora como fue antaño. Y será como ha sido desde 1959.
La Casa Blanca y el Congreso de la Unión tendrán que admitir la sensibilidad nacional, el apego de los cubanos a su soberanía y a la herencia de vasallaje que los Estados Unidos dejaron en Cuba cuando se marcharon en 1961. Además, tendrán que rectificar un enfoque: el pueblo cubano no es el que habita y gobierna la ciudad de Miami. El pueblo, aglutinado aun en sus diferencias e inconformidades, radica en el Caribe, donde la fruta, que fue madura, ha vuelto a reverdecer, para que siempre sea verde para los americanos. O cualquier otro intruso.
Cuanto he dicho no significa que en Cuba también apliquemos “el así ha sido siempre” del ficticio Sinuhé, cuando dirigimos el juicio a nuestra vida interna. Al menos este comentarista, que percibe cómo piensan muchos cubanos, incluso muchos de los que gobiernan o administran el país, cree que la sociedad cubana tendrá que renovarse social y económicamente en su interior para que el daño de la hostilidad foránea sea neutralizado adentro. Porque resistir con los brazos cruzados supone que, con el tiempo, los órganos principales del trabajo se anquilosen y se fracturen a causa de su rigidez. Así, parece, ha sido siempre cuando un ser humano se resigna...
“Sinuhé el egipcio” ha reaparecido gracias a una reciente edición cubana. Y algunos de cuantos lo conocían confiesan que ahora, treinta o cuarenta años después de haberlo leído por primera vez, penetraron con más provecho en el mundo de antigüedades que construyó Mika Waltari con su novela.
Unos, incluso, tratan de interpretar la vida, o ciertas cosas, mediante la filosofía amodorrada, cansada, de Sinuhé. Conozco al menos a una persona que, cuando conversamos ambos de los males de la actualidad, la cubana o la extranjera, riposta a mi inconformidad, a mis críticas, con el sonsonete del trepanador real y agente de la inteligencia faraónica: “Así ha sido siempre y así será”. Que el poderoso abuse del débil. Que el rico se encarame sobre el pobre. Que aquel robe o este mienta. Que ese responda con la indiferencia. Que el otro use prerrogativas del cargo para regalarse privilegios... Por qué inquietarse: así ha sido siempre y así será. Derrotismo. Resignación.
Terencio, el latino, se aproximó al egipcio Sinuhé cuando estableció que nada nuevo había bajo el sol. Capsular filosofía antirrevolucionaria. Contra la utopía. Por negarse precisamente a admitir que los tiempos y las cosas eran irremovibles, circulares en su fluir, la especie humana ha alcanzado su desarrollo. Quizás lo único que no cambia es la ocurrencia de dificultades. Porque a un problema resuelto lo sustituye otro. Lo sabemos. Pero autorícenme a seguir descubriendo Mediterráneos. Y si a cada problema se le hubiera tapado con un “así ha sido siempre”, paciencia, la pila superaría al Everest en altura. Y andaríamos en chancletas y comeríamos semillas.
La última década en Cuba ilustra que la lucha, la negativa a aceptar los obstáculos como voluntad inapelable del destino, empuja, azuza, la superación de cuanto parece irreversible. Quizás en 1991, si hubiéramos aplicado la fórmula fatalista de ciertos intelectuales y políticos anteriores a 1959, el esquife de la República, según la imagen del escritor José Antonio Ramos, se habría despedazado en “los acantilados de la Florida”, de acuerdo con la frase de Jorge Mañach, otro escritor de los años 30 y que naufragó precisamente en las aguas de los Estados Unidos después de haber denunciado el daño que la influencia del Norte le ocasionaba a Cuba. Nada –decían aquellos los pesimistas- es posible contra los americanos. Todo es posible, ha demostrado hoy la Revolución.
Los gobiernos norteamericanos, sin embargo, continúan afiliados al “así ha sido siempre”de Sinuhé el egipcio. En particular con respecto a Cuba. La ven y juzgan como la vieron y juzgaron desde 1805. Primeramente, en esa época, como una isla por conquistar, por anexarla a la Unión. Después como la “fruta madura”que por ley de gravedad histórica debía caer, algún día, en las manos de los Estados Unidos. En el siglo XX, al fin, la manzana se desprendió luego de la guerra hispano-cubana-americana. Y hasta 1959 la consideraron posesión suya, como protectorado o necolonia, que ambas categorías significaron lo mismo: absorción de la riqueza, la independencia, la política cubanas mediante la condición de “factoría yanqui” con que invistieron a la isla.
Antes y después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido igual. El presidente W. Bush ha asegurado recientemente que solo dialogará con el pueblo cubano, y no con el Gobierno Revolucionario, que ha hecho pública, mediante palabras de Raúl Castro, su disposición a resolver, mediante negociaciones, el diferendo entre los Estados Unidos y Cuba. Parece que W. Bush, al igual que sus predecesores, cree que el Gobierno Revolucionario carece de representatividad ante su pueblo. Un error que se repite desde hace casi medio siglo. Porque basta preguntarse por qué se ha sostenido tantos años en el Poder. Claro, en Washington responderán que mediante la represión: la mitad de los cubanos vigila a la otra mitad. Y cómo puede ser posible si cuantos manipulan las armas son los hijos de los trabajadores y profesionales que desfilan por calles y plazas. ¿Acaso puede una parte de la población vigilar a la otra?
Así ha sido siempre y así será en la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba. Todo cubano que se le oponga -como decía el interventor de turno sobre Juan Gualberto Gómez uno de los adalides de la independencia, contradictor de la Enmienda Platt- es un “degenerado”. Y todo gobierno de La Habana que pretenda mantener su independencia y soberanía, será dictatorial, antidemocrático, como afirman en Washington que es el Gobierno de Fidel Castro.
De la tiranía del general Gerardo Machado y la del general Fulgencio Batista-cuyas víctimas aparecían torturadas y asesinadas en las cunetas de las carreteras o colgadas en los árboles del campo-, ningún funcionario de la Casa Blanca dijo alguna vez que eran enemigos de los Estados Unidos o que violaban los derechos humanos. Entonces Cuba era “nuestras colonia”, según el decir del historiador míster Jensk.
A fines del 2006, una delegación de legisladores visitó a Cuba. Uno podía haber creído que componía un “gesto de buena voluntad” en tantas décadas de hostilidad e incomprensión. Cuando regresaron, algunos de los congresistas emitieron declaraciones. Una, sobre todas, centró mi interés. Pudo haberla suscrito cualquier miembro del grupo bipartidista; flotaba en la atmósfera: “Con los cubanos no se puede hablar de democracia y derechos humanos.” ¿Por qué ha de poderse? ¿Por qué los cubanos habrán de aceptar la agenda que los gobernantes o funcionarios de los Estados Unidos deseen? No creo que la administración de la Casa Blanca aceptara que una delegación cubana pretendiera localizar cualquier conversación en la guerra de Irak o Afganistán. Evidentemente, las diferencias entre Cuba y los Estados Unidos no tienen por qué pasar por los asuntos internos. Los cubanos, celosos de su independencia, calificarán de ingerencia el interés en aspectos políticos que solo atañen a los ciudadanos cubanos, en primer término a cuantos residen dentro de la Isla. Y puede asegurarse, analizando el proceder histórico de los revolucionarios cubanos, que las discusiones en ese sentido, mientras subsista el riesgo de la intervención norteamericana, serán aplazadas. Por lo inmediato, entre Cuba y los Estados Unidos podrá debatirse el bloqueo, que priva a Cuba de sus mercados cercanos y del comercio libre entre las naciones; habrá que discutir las emisiones radiales y televisivas con fines subversivos, a despecho de la legislación internacional. Podrá hablarse de indemnizaciones mutuas. Pero de lo demás, no será ahora como fue antaño. Y será como ha sido desde 1959.
La Casa Blanca y el Congreso de la Unión tendrán que admitir la sensibilidad nacional, el apego de los cubanos a su soberanía y a la herencia de vasallaje que los Estados Unidos dejaron en Cuba cuando se marcharon en 1961. Además, tendrán que rectificar un enfoque: el pueblo cubano no es el que habita y gobierna la ciudad de Miami. El pueblo, aglutinado aun en sus diferencias e inconformidades, radica en el Caribe, donde la fruta, que fue madura, ha vuelto a reverdecer, para que siempre sea verde para los americanos. O cualquier otro intruso.
Cuanto he dicho no significa que en Cuba también apliquemos “el así ha sido siempre” del ficticio Sinuhé, cuando dirigimos el juicio a nuestra vida interna. Al menos este comentarista, que percibe cómo piensan muchos cubanos, incluso muchos de los que gobiernan o administran el país, cree que la sociedad cubana tendrá que renovarse social y económicamente en su interior para que el daño de la hostilidad foránea sea neutralizado adentro. Porque resistir con los brazos cruzados supone que, con el tiempo, los órganos principales del trabajo se anquilosen y se fracturen a causa de su rigidez. Así, parece, ha sido siempre cuando un ser humano se resigna...
martes, 22 de julio de 2008
EL ATEÍSMO COMO RELIGIÓN
Por Luis Sexto
Montano, hereje del siglo II después de Cristo, aportó al cristianismo cierto gusto por el martirio; la iglesia Católica Romana, en particular, suele sentir gozo bajo el statu de “iglesia perseguida”. Paralelamente, los socialismos utópicos o primitivos de los siglos XVIII y XIX condicionaron cierto complejo de “verdugo” en sus afiliados. Y, así, existen pocos cristianos que en momentos difíciles no se regocijen por la oportunidad de evocar carnalmente las épocas del circo romano, ni izquierdista militante que no se sienta llamado a ejercer de “león”, al menos ideológica y discriminatoriamente, sobre la conciencia de los creyentes.
Viendo el cuadro, uno se percata que la resabida ley dialéctica del retraso relativo de la conciencia social con respeto a la Historia se apega a las verdades del hombre y la sociedad. Los términos predominantes en este litigio, en lo que a las fuerzas revolucionarias atañe, parecen estar detenidos en estaciones de dos, tres o más siglos antes. El análisis y juicio de la religión se concentra en dos o tres aparentes verdades: Todas las religiones conspiran contra el Hombre; todos los creyentes son ingenuos o tontos y todos los sacerdotes e iglesias son farsantes e hipócritas. Por supuesto, habré de decir que esos enfoques poca o ninguna relación mantienen con el marxismo o el leninismo; ni ciertos “marxistas” o ciertos “leninistas” lo son legítimamente si les gustara fundar una internacional contra la religión y los religiosos. Me parece, incluso, que la doxa racional del ciudadano común repugnaría actitud tan drástica.
La experiencia de los últimos 100 años nos revela que lo menos marxista de Marx resulta posiblemente alguna porción de sus adeptos, que le estrujan sus páginas con aplicaciones e interpretaciones encartonadas, tan dogmáticas como los principios de ciertas iglesias. Alguien ha dicho que el peor marxismo olvidó que el hombre es también materia. Pienso, paralelamente, que el marxismo menos humano y menos preciso fue el que olvidó que el Homo Sapiens coexiste con el Homo Demens, es decir, el hombre de la subjetividad, de la fantasía, de la soledad, la angustia, del que siente y experimenta, según Spinosa, que “es eterno” porque si no la vida significaría solo una toma de oxígeno sin sentido. ¿Por qué somos, de donde venimos, hacia dónde vamos? Se preguntan el filósofo y el poeta, y también, a su modo casi inconsciente, entre neblinas, se interroga el hombre común. Pero cuando lleguemos a la sociedad perfecta y pasemos “del reino de la necesidad al de la libertad’ –sueño de los revolucionarios-, ¿habremos con ello eliminado las pasiones, las frustraciones, la angustia, la fragilidad de cada individuo? ¿Encontrará la persona humana el consuelo en sí misma; dejará de punzarlo la inexorabilidad de la muerte y por ende no necesitará “la fantasía” de Dios?
Vivir en Cuba me ha dado múltiples privilegios, entre ellos de ver o sufrir el error y después alegrarme por su corrección. A principios de los 60 del sigo XX, el episcopado católico, casi todo de origen español y de resonancias políticas vinculadas a la Falange y al régimen de Franco, se enfrentó a la recién triunfante revolución de Fidel Castro. Y como secuela de esa pugna, se extendió por la conciencia revolucionaria del país el rechazo y la desconfianza hacia todo cuanto mostrara signos de religiosidad. Del combate político contra manifestaciones contrarrevolucionarias dentro de las iglesias, se derivó a la lucha ideológica. El cristiano, en particular católico, se trocó automáticamente, mediante una falsa conciencia, en sinónimo de enemigo de la revolución. Pocos pudieron combinar su apoyo a la causa del pueblo y su fe religiosa. Hubo –sea dicho honradamente- una conducta injusta desde el lado revolucionario. Las creencias religiosas invalidaban para ciertas carreras universitarias, ciertos trabajos, incluso para militar en el Partido Comunista. Muchas de esas limitaciones no aparecían en leyes ni documentos: las condicionaban actitudes individuales que contaban con anuencia social y política.
El primer congreso del Partido Comunista de Cuba resolvió y teórica y políticamente la dicotomía. La resolución sobre la religión, la iglesia y los creyentes determinó, de acuerdo con Lenin, que la batalla por la conciencia científica de los trabajadores, es decir la lucha contra la religión, estaba supeditada a la construcción del socialismo y había que sumar también a los creyentes. Tres años antes, en 1972, Fidel Castro había afirmado, en una reunión con sacerdotes y laicos, en Chile, que los cristianos eran aliados estratégicos de la revolución. Sin embargo, las políticas y declaraciones pluralistas y unitarias no pudieron impedir que el ingreso en el Partido Comunista continuara prohibido a los creyentes.
En 1990, Fidel terminó con ese, quizás único, vestigio oficial de discriminación en Cuba. Desde el cuarto congreso del Partido, en 1991, los creyentes que sean ciudadanos ejemplares pueden aspirar a la militancia política junto con los más destacados trabajadores del país. No sé cuántos creyentes quieren militar o ya militan. Tampoco cuántos comunistas ateos desean de verdad compartir los fines y la disciplina del Partido con sus compatriotas religiosos. Pero la justicia ha ganado el diferendo: el derecho eliminó los exclusivismos. Al año siguiente, la referencia a la concepción científica del mundo, como norma ideológica en la Constitución Socialista, renunció a su espacio para que la condición laica rigiera la vida nacional con mayor espíritu de pluralidad. Porque, está claro, la unidad política, el apoyo a un programa político, no entraña obligatoriamente unidad filosófica. “Qué seríamos, míseros humanos –dijo Proudhon- si los creyentes no valieran más que las creencias.”
No parece sensato practicar un ateísmo excluyente, tan excluyente y acérrimo como cualquier doctrina fanatizada, cuando hoy mundialmente el movimiento de la teología del pluralismo religioso intenta quebrar exclusivismos y milenarismos, y el reconocimiento, aunque entre negaciones, de las “semillas del Verbo” – es decir, la cuota de verdad de cada religión- adoptado por el Concilio Vaticano segundo, todavía continúa desbrozando intolerancias. ¿En suma, qué separa al ateo del cristiano o del musulmán o del budista? La fe o su ausencia. ¿Y es inteligente dividir a los hombres y mujeres del mundo en creyentes y ateos? Si es repudiable discriminar a los negros o a los asiáticos por sus características étnicas en oposición al blanco europoide, y a la mujer por su sexo, llamado débil, con respecto al del varón, es condenable, de igual forma, echar a un lado de la raya al creyente y hacia el otro al ateo. De esa operación discriminadora se obtiene un resultado: la división artificial de las fuerzas del progreso.
¿Y qué ventaja posee el ateo por sobre el creyentes? Ah, ¿acaso el desvirtuado apotegma de Marx de que la religión es el opio del pueblo? El jurista y filósofo cubano Julio Fernández Bulté en un artículo titulado genéricamente Socialismo y Religión, fechado en el 2000, demuestra cómo se ha asumido, con crédito de programa y una definición “ex catedra”, la frase de autor de “El capital”, sin tener en cuenta su contextualización epocal y geográfica. Marx no se refirió, según el doctor Fernández Bulté, a la religión en general, sino que “es a esa versión concreta de aquella religión supuestamente criticada por Hegel a la que califica de opio del pueblo”. Este trabajo pueden confrontarlo en “Futuro del socialismo y religión cristiana en Cuba”, libro de varios autores y que publicó la editorial Nueva Utopía, en Madrid.
Mal opio podría ser, pongo de ejemplo, una religión, como la cristiana católica, que en América Latina ha inspirado a laicos, sacerdotes y obispos a luchar o morir por la liberación de los pobres: Romero, Torres, Sardiñas, Ellacuría, Espinal, Helder Cámara. El cristianismo fue una religión que, en sus inicios, hace 20 siglos, empezó a erradicar y cambiar los conceptos sociales fundamentados en la opresión. Me enviaste un esclavo y te devuelvo un hombre, algo así dice san Pablo a uno de sus discípulos. El cristianismo fue una revolución en las ideas y comenzó por liberar espiritualmente a los seres humanos, con lo cual confirmó que la libertad surge en el interior del hombre, porque primeramente necesita personalizarse: para ser libre se precisa querer serlo. Voluntad de ser libre. Impulso de la subjetividad. ¿Podemos dudar de que todo cuanto advino después en el plano ideológico de Occidente está humedecido por el cristianismo, a pesar de torceduras y agravios institucionales?
Malos socialistas, y mal socialismo por tanto, a su vez, podrían ser cuantos conciben un proyecto de sociedad que no reconoce, ni respeta las tendencias y las pasiones humanas. O que se funda intentando unificar, globalizar la conciencia individual e impone una cosmovisión que, a la larga, por su encarnizado fanatismo se convierte en una confesión. Raúl Valdés Vivó, director de la escuela de cuadros del Partido Comunista de Cuba, escribió un libro precioso, publicado a fines de la década de 1980, con título de “El bonzo de Kioto”. Todas sus páginas se resuelven en el diálogo culto, tenso, profundo, entre un enviado de Cuba que procura convencer a un monje budista, de general crédito entre sus correligionarios, a que condene la agresión de los Estados Unidos a Viet Nam. Valdés Vivó plantea, en síntesis, la posible alianza entre revolucionarios y creyentes. Y afirma una verdad clave: todo cuanto se pueda discutir sobre la existencia o no existencia de Dios se sabrá exactamente, o no se sabrá nunca, después de la muerte. Y nadie volverá para legitimar la verdad o rechazarla. No admite la revelación, pero, bien juzgada, su posición es muy práctica: elimina la contraposición e incluye respetar la fe del otro.
De qué, pues, estamos hablando. ¿De perder el tiempo? ¿De restar en lugar de sumar? Nos dedicamos a criticar, ofender, insultar las creencias y a los sacerdotes y jerarcas de unos hombres y mujeres que deben de ser nuestros aliados, mientras el yanqui desguaza a Irak, y prepara la otra guerra en Irán, y el orbe se desmenuza con el maltrato contaminante de modo que nadie puede discernir hacia dónde enrumbará la nave humana. Habrá que percatarse también de que, políticamente, lo esencial para lo correcto o lo incorrecto es la afiliación a uno de los dos bandos que, según José Martí, se dividen los hombres: el de los que aman y fundan y el de cuantos odian y destruyen. En ambos grupos se mezclan ateos y creyentes. Si fuera necesario fragmentarnos habría que hacerlo poniendo a los que aman la paz y la libertad de esta parte de la barricada y a los que la odian y persiguen de la otra. Solo así estaríamos actuando acompañados de la escurridiza deidad de la razón. Si los abanderados de la generosidad –diría Bertolt Brecht- no somos generosos de qué servirán nuestras banderas.
Montano, hereje del siglo II después de Cristo, aportó al cristianismo cierto gusto por el martirio; la iglesia Católica Romana, en particular, suele sentir gozo bajo el statu de “iglesia perseguida”. Paralelamente, los socialismos utópicos o primitivos de los siglos XVIII y XIX condicionaron cierto complejo de “verdugo” en sus afiliados. Y, así, existen pocos cristianos que en momentos difíciles no se regocijen por la oportunidad de evocar carnalmente las épocas del circo romano, ni izquierdista militante que no se sienta llamado a ejercer de “león”, al menos ideológica y discriminatoriamente, sobre la conciencia de los creyentes.
Viendo el cuadro, uno se percata que la resabida ley dialéctica del retraso relativo de la conciencia social con respeto a la Historia se apega a las verdades del hombre y la sociedad. Los términos predominantes en este litigio, en lo que a las fuerzas revolucionarias atañe, parecen estar detenidos en estaciones de dos, tres o más siglos antes. El análisis y juicio de la religión se concentra en dos o tres aparentes verdades: Todas las religiones conspiran contra el Hombre; todos los creyentes son ingenuos o tontos y todos los sacerdotes e iglesias son farsantes e hipócritas. Por supuesto, habré de decir que esos enfoques poca o ninguna relación mantienen con el marxismo o el leninismo; ni ciertos “marxistas” o ciertos “leninistas” lo son legítimamente si les gustara fundar una internacional contra la religión y los religiosos. Me parece, incluso, que la doxa racional del ciudadano común repugnaría actitud tan drástica.
La experiencia de los últimos 100 años nos revela que lo menos marxista de Marx resulta posiblemente alguna porción de sus adeptos, que le estrujan sus páginas con aplicaciones e interpretaciones encartonadas, tan dogmáticas como los principios de ciertas iglesias. Alguien ha dicho que el peor marxismo olvidó que el hombre es también materia. Pienso, paralelamente, que el marxismo menos humano y menos preciso fue el que olvidó que el Homo Sapiens coexiste con el Homo Demens, es decir, el hombre de la subjetividad, de la fantasía, de la soledad, la angustia, del que siente y experimenta, según Spinosa, que “es eterno” porque si no la vida significaría solo una toma de oxígeno sin sentido. ¿Por qué somos, de donde venimos, hacia dónde vamos? Se preguntan el filósofo y el poeta, y también, a su modo casi inconsciente, entre neblinas, se interroga el hombre común. Pero cuando lleguemos a la sociedad perfecta y pasemos “del reino de la necesidad al de la libertad’ –sueño de los revolucionarios-, ¿habremos con ello eliminado las pasiones, las frustraciones, la angustia, la fragilidad de cada individuo? ¿Encontrará la persona humana el consuelo en sí misma; dejará de punzarlo la inexorabilidad de la muerte y por ende no necesitará “la fantasía” de Dios?
Vivir en Cuba me ha dado múltiples privilegios, entre ellos de ver o sufrir el error y después alegrarme por su corrección. A principios de los 60 del sigo XX, el episcopado católico, casi todo de origen español y de resonancias políticas vinculadas a la Falange y al régimen de Franco, se enfrentó a la recién triunfante revolución de Fidel Castro. Y como secuela de esa pugna, se extendió por la conciencia revolucionaria del país el rechazo y la desconfianza hacia todo cuanto mostrara signos de religiosidad. Del combate político contra manifestaciones contrarrevolucionarias dentro de las iglesias, se derivó a la lucha ideológica. El cristiano, en particular católico, se trocó automáticamente, mediante una falsa conciencia, en sinónimo de enemigo de la revolución. Pocos pudieron combinar su apoyo a la causa del pueblo y su fe religiosa. Hubo –sea dicho honradamente- una conducta injusta desde el lado revolucionario. Las creencias religiosas invalidaban para ciertas carreras universitarias, ciertos trabajos, incluso para militar en el Partido Comunista. Muchas de esas limitaciones no aparecían en leyes ni documentos: las condicionaban actitudes individuales que contaban con anuencia social y política.
El primer congreso del Partido Comunista de Cuba resolvió y teórica y políticamente la dicotomía. La resolución sobre la religión, la iglesia y los creyentes determinó, de acuerdo con Lenin, que la batalla por la conciencia científica de los trabajadores, es decir la lucha contra la religión, estaba supeditada a la construcción del socialismo y había que sumar también a los creyentes. Tres años antes, en 1972, Fidel Castro había afirmado, en una reunión con sacerdotes y laicos, en Chile, que los cristianos eran aliados estratégicos de la revolución. Sin embargo, las políticas y declaraciones pluralistas y unitarias no pudieron impedir que el ingreso en el Partido Comunista continuara prohibido a los creyentes.
En 1990, Fidel terminó con ese, quizás único, vestigio oficial de discriminación en Cuba. Desde el cuarto congreso del Partido, en 1991, los creyentes que sean ciudadanos ejemplares pueden aspirar a la militancia política junto con los más destacados trabajadores del país. No sé cuántos creyentes quieren militar o ya militan. Tampoco cuántos comunistas ateos desean de verdad compartir los fines y la disciplina del Partido con sus compatriotas religiosos. Pero la justicia ha ganado el diferendo: el derecho eliminó los exclusivismos. Al año siguiente, la referencia a la concepción científica del mundo, como norma ideológica en la Constitución Socialista, renunció a su espacio para que la condición laica rigiera la vida nacional con mayor espíritu de pluralidad. Porque, está claro, la unidad política, el apoyo a un programa político, no entraña obligatoriamente unidad filosófica. “Qué seríamos, míseros humanos –dijo Proudhon- si los creyentes no valieran más que las creencias.”
No parece sensato practicar un ateísmo excluyente, tan excluyente y acérrimo como cualquier doctrina fanatizada, cuando hoy mundialmente el movimiento de la teología del pluralismo religioso intenta quebrar exclusivismos y milenarismos, y el reconocimiento, aunque entre negaciones, de las “semillas del Verbo” – es decir, la cuota de verdad de cada religión- adoptado por el Concilio Vaticano segundo, todavía continúa desbrozando intolerancias. ¿En suma, qué separa al ateo del cristiano o del musulmán o del budista? La fe o su ausencia. ¿Y es inteligente dividir a los hombres y mujeres del mundo en creyentes y ateos? Si es repudiable discriminar a los negros o a los asiáticos por sus características étnicas en oposición al blanco europoide, y a la mujer por su sexo, llamado débil, con respecto al del varón, es condenable, de igual forma, echar a un lado de la raya al creyente y hacia el otro al ateo. De esa operación discriminadora se obtiene un resultado: la división artificial de las fuerzas del progreso.
¿Y qué ventaja posee el ateo por sobre el creyentes? Ah, ¿acaso el desvirtuado apotegma de Marx de que la religión es el opio del pueblo? El jurista y filósofo cubano Julio Fernández Bulté en un artículo titulado genéricamente Socialismo y Religión, fechado en el 2000, demuestra cómo se ha asumido, con crédito de programa y una definición “ex catedra”, la frase de autor de “El capital”, sin tener en cuenta su contextualización epocal y geográfica. Marx no se refirió, según el doctor Fernández Bulté, a la religión en general, sino que “es a esa versión concreta de aquella religión supuestamente criticada por Hegel a la que califica de opio del pueblo”. Este trabajo pueden confrontarlo en “Futuro del socialismo y religión cristiana en Cuba”, libro de varios autores y que publicó la editorial Nueva Utopía, en Madrid.
Mal opio podría ser, pongo de ejemplo, una religión, como la cristiana católica, que en América Latina ha inspirado a laicos, sacerdotes y obispos a luchar o morir por la liberación de los pobres: Romero, Torres, Sardiñas, Ellacuría, Espinal, Helder Cámara. El cristianismo fue una religión que, en sus inicios, hace 20 siglos, empezó a erradicar y cambiar los conceptos sociales fundamentados en la opresión. Me enviaste un esclavo y te devuelvo un hombre, algo así dice san Pablo a uno de sus discípulos. El cristianismo fue una revolución en las ideas y comenzó por liberar espiritualmente a los seres humanos, con lo cual confirmó que la libertad surge en el interior del hombre, porque primeramente necesita personalizarse: para ser libre se precisa querer serlo. Voluntad de ser libre. Impulso de la subjetividad. ¿Podemos dudar de que todo cuanto advino después en el plano ideológico de Occidente está humedecido por el cristianismo, a pesar de torceduras y agravios institucionales?
Malos socialistas, y mal socialismo por tanto, a su vez, podrían ser cuantos conciben un proyecto de sociedad que no reconoce, ni respeta las tendencias y las pasiones humanas. O que se funda intentando unificar, globalizar la conciencia individual e impone una cosmovisión que, a la larga, por su encarnizado fanatismo se convierte en una confesión. Raúl Valdés Vivó, director de la escuela de cuadros del Partido Comunista de Cuba, escribió un libro precioso, publicado a fines de la década de 1980, con título de “El bonzo de Kioto”. Todas sus páginas se resuelven en el diálogo culto, tenso, profundo, entre un enviado de Cuba que procura convencer a un monje budista, de general crédito entre sus correligionarios, a que condene la agresión de los Estados Unidos a Viet Nam. Valdés Vivó plantea, en síntesis, la posible alianza entre revolucionarios y creyentes. Y afirma una verdad clave: todo cuanto se pueda discutir sobre la existencia o no existencia de Dios se sabrá exactamente, o no se sabrá nunca, después de la muerte. Y nadie volverá para legitimar la verdad o rechazarla. No admite la revelación, pero, bien juzgada, su posición es muy práctica: elimina la contraposición e incluye respetar la fe del otro.
De qué, pues, estamos hablando. ¿De perder el tiempo? ¿De restar en lugar de sumar? Nos dedicamos a criticar, ofender, insultar las creencias y a los sacerdotes y jerarcas de unos hombres y mujeres que deben de ser nuestros aliados, mientras el yanqui desguaza a Irak, y prepara la otra guerra en Irán, y el orbe se desmenuza con el maltrato contaminante de modo que nadie puede discernir hacia dónde enrumbará la nave humana. Habrá que percatarse también de que, políticamente, lo esencial para lo correcto o lo incorrecto es la afiliación a uno de los dos bandos que, según José Martí, se dividen los hombres: el de los que aman y fundan y el de cuantos odian y destruyen. En ambos grupos se mezclan ateos y creyentes. Si fuera necesario fragmentarnos habría que hacerlo poniendo a los que aman la paz y la libertad de esta parte de la barricada y a los que la odian y persiguen de la otra. Solo así estaríamos actuando acompañados de la escurridiza deidad de la razón. Si los abanderados de la generosidad –diría Bertolt Brecht- no somos generosos de qué servirán nuestras banderas.
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