lunes, 15 de septiembre de 2008

LA HISTORIA NO SE REPITE; SE PARECE A SÍ MISMA


Por Luis Sexto
En estos días lentos, colmados de agua, vientos y luto, recibí un mensaje desde un punto de Norteamérica, que callo por obvias precauciones: “Por favor, no reciban nada gratis de los Estados Unidos; cualquier ayuda aparentemente desinteresada exige un precio impagable.” Quien firmaba el email, cubano asentado allí por muchos años, temía que la Historia se repitiera.
¿Y la Historia se repite? Eso afirma el refranero, la conciencia de todos los días. Más bien, se repite el tiempo, en su múltiple condición de categoría filosófica como forma de existir de la materia, en su mensurabilidad física y en su circulo vicioso como clima. La Historia, no, aunque lo parezca. “El tiempo no va a ninguna parte”, digo en un epigrama que mantengo en un libro inédito y añado: “Solo la Historia avanza”, aunque se repita. La Historia suele avanzar entre signos negativos o positivos, como el álgebra, y conducir siempre hacia delante, aunque metros más allá se halle la ignominia, el descrédito, o el aparente retroceso de la restauración. Nunca lo reimplantado será igual a cómo fue. Ni ningún acto se replicará idéntico al del pasado.
Y entonces qué se repite. Ah, vengamos a decir que se repiten las actitudes humanas maquinizadas por los hábitos, y los comportamientos políticos condicionados por los intereses Eso sucede ahora en las no–relaciones, que son una forma de relacionarse, entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba desde hace 50 años, y mucho más atrás. Los Estados Unidos repiten la misma conducta cuando la lucha de los cubanos por su independencia de España: nunca reconocieron la beligerancia del Ejército Libertador ni de su Gobierno en armas, salvo cuando, a en 1898 decidieron intervenir para alcanzar, con poco esfuerzo, la “fruta madura”. De ese modo, continuaron esbozando el lema de su política exterior en los años sucesivos: Los Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses.
Ese compatriota inquieto –inquieto porque vive “en el monstruo y le conoce las entrañas”- nos alertaba de esa egoísta peculiaridad del gran país que comenzó, precisamente, su etapa imperialista al final de la guerra hispano cubana-americana, en 1898. ¿Cómo terminó aquel episodio? Sobra repetirlo: con Washington erigida en capital política de Cuba y el dinero yanqui dueño de las principales riquezas del archipiélago cubano. Por cualquier obra buena que hayan levantado, el precio fue criminalmente alto: de colonia, Cuba pasó a necocolonia. Del ideal de la independencia a la certeza de una nueva forma de dependencia.
Realmente todo ello es archiconocido. Pero cuando mi corresponsal en el Norte me remitía su advertencia, estaba sugiriendo muy oportunamente que miráramos atrás para recordar los antecedentes de las circunstancias actuales y la conducta del Águila. El águila, por alto que vuele, dirige su mirada abajo: hacia la próxima víctima. Claro, el águila sabe cazar. Para intervenir en la guerra entre cubanos y españoles a fines del siglo XIX, primeramente se cansaron de repetir mediante los periódicos de Hearts, que los soldados cubanos de la libertad eran salvajes, que guerreaban monstruosamente en una guerra inhumana. Después, conmovida la ingenua y manipulable opinión pública norteamericana, reconocieron el derecho de los cubanos a la independencia –que nunca antes habían hecho, repito- y declararon la guerra a España. Previamente prometieron garantizar la independencia de la Isla y cuatro años más tarde la desocuparon con los cubanos amarrados a la Enmienda Platt.
No sigo; resultaría extenso. Ahora, tras las escobas de los huracanes Gustav y Ike, ofrecen 100 mil dólares a Cuba en ayuda si una comisión de expertos evaluadores viene al terreno y confirma que Cuba no exagera sus males, ni se robará esa gran fortuna. Como lo que siempre ha habido en Cuba, hasta para exportar, es el concepto de la dignidad nacional –aunque algunos dentro y fuera la hayan cambiado por lentejas y comodidades-, el Gobierno Revolucionario dice que no acepta comisiones de inspección o de evaluación, porque entre nosotros muchos saben tasar, evaluar, y con el valor agregado del dolor y la solidaridad, y que si Washington quiere ayudar, que permita a Cuba comprar a empresas norteamericanas y obtener los crédito comunes en las operaciones comerciales, para reponer sus más de 3 mil millones de dólares en pérdidas.
¿Esa respuesta equivale acaso a negativa? ¿Es acaso un secreto que desde hace casi medio siglo los Estados Unidos mantiene una maraña de leyes y prohibiciones que impiden que llegue a Cuba un producto con componentes de empresas norteamericanas, u consiga préstamos en el FMI o el Banco Mundial, y otras restricciones que en un lenguaje envuelto en melaza llaman embargo y que el entendimiento honrado conoce como bloqueo económico y financiero, pues se alarga hacia terceros países que, al violarlo, se someten a sanciones?
Resumiendo, los 100 mil dólares que ofrece la Casa Blanca –precio del ridículo- contrastan con las decenas de millones que la Nacional Endowmen Democracy trasiega a los grupúsculos que viven, dentro y fuera de Cuba, aparentando una resistencia al comunismo que ya deriva hacia lo patético, luego de agotarse en la retórica de los manuales de la CIA para la guerra política y psicológica.
Me pregunto: Si alguien me aprieta el cuello por décadas y cuando nota que por falta de oxígeno me pongo morado -como los ornamentos de Semana Santa- me ofrece una bolsita de oxígeno, una de esas que venden en Tokio para depurar los pulmones contaminados por el smog, qué le respondo. Bueno, los cubanos tendríamos, en el gráfico y vivaz lenguaje diario, una sola respuesta: Vete al carajo. Porque podremos sufrir carencia y pobrezas, incluso miserias, ahora agigantadas por el paso de dos huracanes que, coincidentemente, no han sido bautizados en español, pero sabemos que el bloqueo estadounidense y toda su perenne amenaza de subversión económica y militar también las han generado. No, señores del lado de allá y a algunos de lado de acá: si alguien me aprieta el cuello, mi nariz habitualmente tupida no es la causante principal de que el oxígeno no llegue a mis pulmones.
Ah, compatriota de ese punto que callo de los Estados Unidos, gracias por su mensaje de alerta. Martí ya nos advirtió del precio de ciertas deudas. Y Máximo Gómez pronosticó que los americanos no dejarían en Cuba ni un adarme de simpatía. En fin, la Historia no se repite, avanza, pero se mantienen a veces las mismas actitudes de ciertos protagonistas, en un relevo generacional de causas e intereses: Los “americanos” y sus meteoritos satelitales intentando dominar y los cubanos, al menos lo mejor de ellos, negándose. A mí, por lo menos, la oferta de un donativo de 100 mil dólares no me convence de la buena voluntad de los gobernantes de Washington, y mucho menos me convence –al contrario, aumenta mi suspicacia- que al gobierno de Cuba se le exija lo que nunca se le pidió a Somoza, a Pinochet, a Trujillo, a Batista, registrados exponentes en el aún inexistente récord Guinnes del crimen y el latrocinio ejecutados desde el poder político.

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miércoles, 10 de septiembre de 2008

UNA HISTORIA DE CICLONES

Por Luis Sexto
Elisa McHatton-Ripley no conservó memorias gratas de su estancia en Cuba durante el último cuarto del siglo XIX. Aún las observaciones más favorables sobre el verdor eterno y el clima benigno de la Isla, sufrieron las quejas de esta mujer que no soportaba la monotonía de lo invariable. No le fue bien. Hasta el nombre del ingenio azucarero que su esposo compró en la jurisdicción de Matanzas, a unos 100 kilómetros al este de La Habana era un presagio de mala suerte en español: Desengaño, lo que equivale a decir la muerte de cualquier ilusión.
En un libro titulado From flag to flag, publicado en New York por la Editorial D. Appletton and Company, en 1889, entre otras experiencias, Elisa McHatton contó las peripecias de los 10 años que residió en Cuba. Nació en Kentucky en 1832 . Y en 1862 la guerra civil la obligo, junto con su marido, un hijo y dos criados, a marcharse de su plantación en Arlington, cerca de Bouton Rouge. Tres años después, tras una estadía en el México ocupado por los franceses, la familia McHatton–Ripley llegó a La Habana. Y seguidamente se estableció en el ingenio Desengaño donde Elisa conoció la decepción en una tierra que la misma autora estima como “el lugar más prolífico del globo”. El nombre de la plantación, repetido en ingenios de otras zonas del país, expresaba los altibajos que entonces sufría la industria azucarera cubana que, de prometer el paraíso, pasaba por temporadas de angustias e incertidumbres para cuantos había puesto su fortuna en la fabricación del grano.
From flag to flag se suma a los más de 700 libros que viajeros de diversa procedencia escribieron sobre Cuba hasta el final del siglo XIX. Y compone una visión muy especial, porque es una extranjera que no solo observa y ve, sino que su vida y la economía familiar dependen de la entonces riqueza principal de Cuba. Se comprende, pues, que la visión idílica del paisaje no aparezca en sus páginas; la escritora y su esposo tuvieron que trabajar duramente para que su plantación azucarera prosperara, y pudieran sostener aquella vivienda que, al comprarla junto con el ingenio, pasaba como una de las “más presuntuosas y considerables” de Matanzas. Las memorias de Mrs. McHatton-Ripley se dedican a describir las costumbres, las comidas, y el paisaje humano de la plantación, donde el negro y el chino esclavo conviven bajo el tañido de una campana de 900 libras que uniformemente les organiza la jornada desde el amanecer hasta la hora de dormir.
A pesar de su nombre, Desengaño prosperó. El trabajo y la agrotecnia sirvieron allí para que el suelo de Matanzas, uno de los más feraces de Cuba, no se cansara como en las haciendas colindantes, sometidas a una explotación que confiaba más en la bondad de la naturaleza que en la inteligencia y la aplicación de los hombres.
La familia McHatton-Ripley, sin embargo, se cansó. “Nos cansamos del eterno aire dulce y apacible, del invariable verdor del paisaje, la perpetua temperatura que hacía cómoda la ropa de hilo más delgada; las estaciones solo variaban en seca y en húmeda: la seca muy seca y polvorienta; la húmeda, muy húmeda y lodosa (...) Un clima como este empalaga a quien se haya acostumbrado a las variaciones de la zona templada. El verdor inalterable es como una boba sonrisa permanente en la cara de una mujer bonita: su constancia la hace inexpresiva e insípida.”
Del clima lo probó todo. Porque Mrs McHatton-Ripley, afrontó, como cualquier cubano actual según las estadísticas, la posibilidad de ver un ciclón catastrófico más de una vez cada 10 años. Y lo vio. Estuvo dentro, afanándose en atrancar puertas y ventanas, en proteger animales y bienes materiales. “Cuando, por último, después de 30 horas de lucha exhaustiva y alarma mortal, nuestras puertas volvieron abrirse de par en par, la escena de desolación que contemplamos desafiaba toda capacidad de descripción. Los ilimitados campos de caña ondulante, que solo antes de ayer deleitaban nuestra vista, habían desaparecido por completo; derribadas las cañas por el viento, las rápidas aguas en descenso las cubrían totalmente. La casa de azúcar había quedado enteramente destechada, y las anchas láminas de metal se trajeron durante días, desde campos a cientos de yardas de distancia, tan retorcidas como si el martillo de Vulcano les hubiera dado infinitas formas fantásticas.”
Dos o tres años más tarde, en 1875, los MacHotton-Ripley se fueron de Cuba para siempre. Pero no creo que el calor, la lluvia, el polvo, el lodo y los vientos, hayan influido en la determinación. La autora de From flag to flag había venido a Cuba buscando las ventajas económicas de la esclavitud que la guerra civil abolió en los Estados Unidos. Pero en la llamada Perla de las Antillas, la primera guerra por la independencia procuraba también eliminar la esclavitud. Y, por supuesto, la prosperidad del ingenio Desengaño se ahogaba en la libertad que poco a poco negros y chinos iban ganando. Además, refiriéndose a la administración colonial española, la autora concluyó: “Esa soberbia provincia, cuyos recursos naturales son casi inagotables, ha sido desangrada por las sanguijuelas y parásitos a quienes se confió su bienestar y su gobierno”
Elisa McHotton-Ripley murió en Kentucky en 1912. Tiempo tuvo para percatarse que los años más esplendorosos de su vida habían coincido en su patria y en Cuba con un cambio de época. Y tal vez haya recordado con cierta justiciera nostalgia sus días en Desengaño, allí donde creyó haber enterrado sus ilusiones.

domingo, 24 de agosto de 2008

MEMORIAS OCULTAS DE LA HABANA

Por Luis Sexto

¿Quiere usted saber cómo murió José Lezama Lima, el novelista de Paradiso, o conocer cuál fue el crimen del siglo en La Habana, o adentrarse en los pormenores del caso de la trucidada de la calle Monte y además enterarse de duelos y duelistas, y de decenas de episodios que matizaron la vida de la capital cubana en el siglo XX? Si quiere, busque Las memorias ocultas de La Habana, del periodista cubano Ciro Bianchi Ross. Le garantizo que lamentará que el libro, como toda obra o vida humana, tenga fin y que por ello sea breve.
Los temas que el volumen explaya y especifica en sus pormenores, en el espacio de 267 páginas, habrán de interesar por sí mismo. Pero, en particular, por su autor. Ciro Bianchi ha sido, en los últimos 45 años, uno de los periodistas que cotidianamente, con una aplicación y una seriedad ejemplares, ha sazonado su prestigio con las especias de lo profundo y lo ameno, lo verídico y lo imaginativo. Nacido en 1948, Bianchi ha madurado su quehacer en la escuela de los clásicos del periodismo cubano, asimilados en el acercamiento a libros, revistas y periódicos viejos, o en la relación frecuente cuando algunos de los maestros vivían aún en la primera juventud del discípulo. Por ello, no hay riesgo cuando uno asegura que en su obra están presentes, bendiciendo al autor, periodistas como Enrique de la Osa, Eladio Secades, José A. Benítez, Lino Novás Calvo, Pablo de la Torriente, Jorge Mañach… Unos con más evidencia que otros. Todos influyendo, al menos, con sus lecciones de rigor.
He dicho, en otro momento, que Bianchi por la seriedad de su oficio es un periodista labrado a la usanza antigua. Es decir, siguiendo estilos y disciplinas que honran la veracidad, la síntesis y la calidad de los enunciados del periodismo. Aunque por fuera vista ropa ligera propia de un clima caliente como el de Cuba, por dentro lleva el traje y la corbata de aquellos personajes de los periódicos en los 30 y los 40, cuando prosperó nuestro mejor periodismo, el formalmente mejor dotado, el más agudo y polémico.
Lo juzgo claramente: investigar en el pasado para estas crónicas históricas o de sucesos notorios de lo que Miguel de Unamuno llamó la “intrahistoria”, requiere de talento para no confundir verdad y rumor, y para saber sortear el patetismo de viejas gacetillas, juzgando el pasado con una irónica y amable sonrisa.
En este libro no está toda la memoria oculta de La Habana. Pero uno pulsa las letras de lo pretérito con la sensación de que todo ha sido reciente. Porque el periodista Bianchi busca en papeles, pero también en la memoria viva de viejos testigos. Si nos habla de Hemingway, acude a Gregorio Fuentes, en algún instante del longevo -aunque ya hoy difunto- patrón del yate Pilar, donde el narrador de Adiós a las Armas navegaba tras las agujas de la Corriente del Golfo.
Me falta decir que el autor de Memoria oculta de La Habana pose la varita mágica del olfato. No existe periodista sin la capacidad de intuir qué es lo interesante y dónde se encuentra. Bianchi se destaca, en particular, por su carisma de entrevistador. ¿Habrá otro como él entre nosotros? Por esa razón, entre sus libros sobre García Lorca, Hemingway, y otras figuras, sobresalen entrevistas como Voces de América Latina y Oficio de intruso, donde dejó la prueba de su vocación entrevistadora.
Cuanto he dicho, lo creo justo y necesario, como dice un texto del misal católico romano. Y después de haberlo dicho, me siento como el que ha cumplido un deber insoslayable. Los libros suelen defenderse solos después que el autor los libera, cosidos por el lomo con el sello de una editorial. Memoria oculta de La Habana tiene el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Pero, aunque eso baste para prometer calidad, he recomendado a su autor, porque los libros habitualmente se parecen a sus padres...

sábado, 23 de agosto de 2008

EPITAFIO ORIGINAL

Por Luis Sexto

Crucé por primera vez bajo el arco de la portada del cementerio de Cristóbal Colón, empeñado en visitar a ciertos personajes que, en vida, me habrían exigido antesala o una llamada previa. Eran días vacantes. Y con 17 ó 18 años, recorría el camposanto más bien por convertir la cultura de los textos escolares en una experiencia sensitiva. Seguía quizás las carrileras de mi vocación por lo histórico, justificada hoy en la hilaza del periodismo cuya trama es el acta de nacimiento de la historia.
Una tarde me proponía localizar la tumba de Luisa Pérez de Zambrana, la elegiaca que sobrevivió a todos sus hijos. O la de Julián de Casal, el solitario poeta que entonces soportaba la doble soledad de un panteón que ni siquiera mostraba su nombre cargado de resonancias perdurables. En otro momento, enrumbaba mi búsqueda hacia Juan Gualberto Gómez -amigo y delegado de Martí antes de la guerra de independencia- o Eduardo Chibás, líder político caracterizado por su lucha contra la corrupción administrativa en la repúblcia anterior a 1959, o el sepulcro de los estudiantes fusilados en 1871, o el de los bomberos mártires del altruismo. Y a veces, espontáneamente, hallaba la tumba de aquel periodista polémico y famoso o la de este político execrable.
Aunque pudiera parecer macabro, me aficioné al cementerio. Y le fui oyendo, en su pizarra del mármol, lecciones de historia, sociología, ética. Porque es el ámbito de la igualdad sin miramientos. La democracia del silencio. Como si la necrópolis anticipara una ciudad armónica donde los enemigos de ayer convivan uno junto al otro, compartiendo la mesa infinita del tiempo. Sin estorbarse, ni envidiarse el sitio de honor. Lo único que no cambia allí es la vanidad. En el cementerio de Colón pervive en ciertas zonas la actitud de los que no renunciaron a despojarse de las ínfulas de la riqueza. La huesa de los ricos se ahoga bajo la arquitectura redundante de cámaras faraónicas, como en el pregón de piedra de una declaración de fuerza: “Yo sigo siendo el mismo: el que puede”.
En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.
Pero la vanidad elige entre múltiples direcciones. Hacia arriba o hacia abajo. Adentro o afuera. Y en otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes. En la Ermita del Potosí, en Guanabacoa -ciudad vecina de La Habana, en el lado oriental de la bahía- se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.
Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notarían bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad. Pero don Juan de Acosta, fiel a su ringorrango, a su posición de jerifalte, personero colonial, no asumiría, sin ponerle precio, el escarnio de tanta humildad. Y sobre la losa se opaca una cuarteta que cobraba a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado. Ante esos versos el visitante ingenuo debía de haberse persignado recitando un ¡solavaya!:

Pasagero que oi me pisas,
Párate a considerar
Que has de venir a parar,
En ser como Yo, cenizas.

jueves, 14 de agosto de 2008

LA FRUTA QUE FUE MADURA

Por Luis Sexto

“Sinuhé el egipcio” ha reaparecido gracias a una reciente edición cubana. Y algunos de cuantos lo conocían confiesan que ahora, treinta o cuarenta años después de haberlo leído por primera vez, penetraron con más provecho en el mundo de antigüedades que construyó Mika Waltari con su novela.
Unos, incluso, tratan de interpretar la vida, o ciertas cosas, mediante la filosofía amodorrada, cansada, de Sinuhé. Conozco al menos a una persona que, cuando conversamos ambos de los males de la actualidad, la cubana o la extranjera, riposta a mi inconformidad, a mis críticas, con el sonsonete del trepanador real y agente de la inteligencia faraónica: “Así ha sido siempre y así será”. Que el poderoso abuse del débil. Que el rico se encarame sobre el pobre. Que aquel robe o este mienta. Que ese responda con la indiferencia. Que el otro use prerrogativas del cargo para regalarse privilegios... Por qué inquietarse: así ha sido siempre y así será. Derrotismo. Resignación.
Terencio, el latino, se aproximó al egipcio Sinuhé cuando estableció que nada nuevo había bajo el sol. Capsular filosofía antirrevolucionaria. Contra la utopía. Por negarse precisamente a admitir que los tiempos y las cosas eran irremovibles, circulares en su fluir, la especie humana ha alcanzado su desarrollo. Quizás lo único que no cambia es la ocurrencia de dificultades. Porque a un problema resuelto lo sustituye otro. Lo sabemos. Pero autorícenme a seguir descubriendo Mediterráneos. Y si a cada problema se le hubiera tapado con un “así ha sido siempre”, paciencia, la pila superaría al Everest en altura. Y andaríamos en chancletas y comeríamos semillas.
La última década en Cuba ilustra que la lucha, la negativa a aceptar los obstáculos como voluntad inapelable del destino, empuja, azuza, la superación de cuanto parece irreversible. Quizás en 1991, si hubiéramos aplicado la fórmula fatalista de ciertos intelectuales y políticos anteriores a 1959, el esquife de la República, según la imagen del escritor José Antonio Ramos, se habría despedazado en “los acantilados de la Florida”, de acuerdo con la frase de Jorge Mañach, otro escritor de los años 30 y que naufragó precisamente en las aguas de los Estados Unidos después de haber denunciado el daño que la influencia del Norte le ocasionaba a Cuba. Nada –decían aquellos los pesimistas- es posible contra los americanos. Todo es posible, ha demostrado hoy la Revolución.
Los gobiernos norteamericanos, sin embargo, continúan afiliados al “así ha sido siempre”de Sinuhé el egipcio. En particular con respecto a Cuba. La ven y juzgan como la vieron y juzgaron desde 1805. Primeramente, en esa época, como una isla por conquistar, por anexarla a la Unión. Después como la “fruta madura”que por ley de gravedad histórica debía caer, algún día, en las manos de los Estados Unidos. En el siglo XX, al fin, la manzana se desprendió luego de la guerra hispano-cubana-americana. Y hasta 1959 la consideraron posesión suya, como protectorado o necolonia, que ambas categorías significaron lo mismo: absorción de la riqueza, la independencia, la política cubanas mediante la condición de “factoría yanqui” con que invistieron a la isla.
Antes y después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido igual. El presidente W. Bush ha asegurado recientemente que solo dialogará con el pueblo cubano, y no con el Gobierno Revolucionario, que ha hecho pública, mediante palabras de Raúl Castro, su disposición a resolver, mediante negociaciones, el diferendo entre los Estados Unidos y Cuba. Parece que W. Bush, al igual que sus predecesores, cree que el Gobierno Revolucionario carece de representatividad ante su pueblo. Un error que se repite desde hace casi medio siglo. Porque basta preguntarse por qué se ha sostenido tantos años en el Poder. Claro, en Washington responderán que mediante la represión: la mitad de los cubanos vigila a la otra mitad. Y cómo puede ser posible si cuantos manipulan las armas son los hijos de los trabajadores y profesionales que desfilan por calles y plazas. ¿Acaso puede una parte de la población vigilar a la otra?
Así ha sido siempre y así será en la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba. Todo cubano que se le oponga -como decía el interventor de turno sobre Juan Gualberto Gómez uno de los adalides de la independencia, contradictor de la Enmienda Platt- es un “degenerado”. Y todo gobierno de La Habana que pretenda mantener su independencia y soberanía, será dictatorial, antidemocrático, como afirman en Washington que es el Gobierno de Fidel Castro.
De la tiranía del general Gerardo Machado y la del general Fulgencio Batista-cuyas víctimas aparecían torturadas y asesinadas en las cunetas de las carreteras o colgadas en los árboles del campo-, ningún funcionario de la Casa Blanca dijo alguna vez que eran enemigos de los Estados Unidos o que violaban los derechos humanos. Entonces Cuba era “nuestras colonia”, según el decir del historiador míster Jensk.
A fines del 2006, una delegación de legisladores visitó a Cuba. Uno podía haber creído que componía un “gesto de buena voluntad” en tantas décadas de hostilidad e incomprensión. Cuando regresaron, algunos de los congresistas emitieron declaraciones. Una, sobre todas, centró mi interés. Pudo haberla suscrito cualquier miembro del grupo bipartidista; flotaba en la atmósfera: “Con los cubanos no se puede hablar de democracia y derechos humanos.” ¿Por qué ha de poderse? ¿Por qué los cubanos habrán de aceptar la agenda que los gobernantes o funcionarios de los Estados Unidos deseen? No creo que la administración de la Casa Blanca aceptara que una delegación cubana pretendiera localizar cualquier conversación en la guerra de Irak o Afganistán. Evidentemente, las diferencias entre Cuba y los Estados Unidos no tienen por qué pasar por los asuntos internos. Los cubanos, celosos de su independencia, calificarán de ingerencia el interés en aspectos políticos que solo atañen a los ciudadanos cubanos, en primer término a cuantos residen dentro de la Isla. Y puede asegurarse, analizando el proceder histórico de los revolucionarios cubanos, que las discusiones en ese sentido, mientras subsista el riesgo de la intervención norteamericana, serán aplazadas. Por lo inmediato, entre Cuba y los Estados Unidos podrá debatirse el bloqueo, que priva a Cuba de sus mercados cercanos y del comercio libre entre las naciones; habrá que discutir las emisiones radiales y televisivas con fines subversivos, a despecho de la legislación internacional. Podrá hablarse de indemnizaciones mutuas. Pero de lo demás, no será ahora como fue antaño. Y será como ha sido desde 1959.
La Casa Blanca y el Congreso de la Unión tendrán que admitir la sensibilidad nacional, el apego de los cubanos a su soberanía y a la herencia de vasallaje que los Estados Unidos dejaron en Cuba cuando se marcharon en 1961. Además, tendrán que rectificar un enfoque: el pueblo cubano no es el que habita y gobierna la ciudad de Miami. El pueblo, aglutinado aun en sus diferencias e inconformidades, radica en el Caribe, donde la fruta, que fue madura, ha vuelto a reverdecer, para que siempre sea verde para los americanos. O cualquier otro intruso.
Cuanto he dicho no significa que en Cuba también apliquemos “el así ha sido siempre” del ficticio Sinuhé, cuando dirigimos el juicio a nuestra vida interna. Al menos este comentarista, que percibe cómo piensan muchos cubanos, incluso muchos de los que gobiernan o administran el país, cree que la sociedad cubana tendrá que renovarse social y económicamente en su interior para que el daño de la hostilidad foránea sea neutralizado adentro. Porque resistir con los brazos cruzados supone que, con el tiempo, los órganos principales del trabajo se anquilosen y se fracturen a causa de su rigidez. Así, parece, ha sido siempre cuando un ser humano se resigna...