viernes, 2 de octubre de 2009

LA MUERTE NO ES VERDAD


Por Luis Sexto
Ha muerto ayer, primero de octubre el escritor cubano Cintio Vitier. Nacido en Cayo Hueso, Estados Unidos, en 1921, quizás pocas veces el gentilicio cubano ha sido tan exacto y tan justo. Porque Vitier se dobló sobre cuartillas frescas y documentos viejos para dar a Cuba una visión clara, ancha de sí misma a través de la literatura. Escribió versos, ensayos, estudios críticos, novelas. Fue habitualmente un poeta de aproximaciones lúcidas al investigar y evaluar la papelería de cinco siglos concerniente al pasado literario cubano. No dudo en llamarlo el último de nuestros humanistas. También, por ello, asumió en estilo y verdad la talla de los descubridores.
Al saber de su deceso, he tomado de entre los libros domésticos, dos de los títulos más recurrentes en mis horas: Ese sol del mundo moral y Vida y obra del Apóstol José Martí. Tal vez ninguno de los cubanos que hallan en la lectura la justificación de su ser y su circunstancia, pueda permanecer impasible ante estos volúmenes. Si en alguna ocasión reciente he dudado de mi vocación o de mi modesta persistencia en asumir el destino de mi patria, he hallado en estos libros el sentido de los días que desvivo. Cintio me recuerda que la historia, que el pasado y la tradición prometen el sentido de la vida a quienes eligen las incertidumbres del ser ante las certidumbres del tener.
Muy joven me convertí en lector asiduo, admirador lejano y anónimo de Cintio y de su esposa Fina, pareja tan ejemplar en lo artístico como en lo ético. De Cintio leí cuanto podía hallar. Al adentrarme en sus letras sabía que era un autor en plenitud de sinceridad y cultura. Aun en cuanto podía estar en desacuerdo, encontraba yo una razón de aprendizaje. Su clásico texto Lo cubano en la poesía me trasmitió otra dimensión de la historia. Y la vida y la obra de José Martí me alcanzaron desde un mirador íntegramente eticista, sin la cual -me parece que Cintio lo demostraba- no es posible juzgar ni entender a Cuba y su historia
Esta nota no puede, sin embargo, transitar por el resumen de todo cuanto Cintio escribió. Su muerte me toca como si muriera con él uno de mis miembros más útiles. No he de decir que me apareé al pie de sus jornadas, como un centinela o un vecino de puerta con puerta. ¿Pero acaso ha de ser necesaria la proximidad espacial para estar próximo? ¿No tienen los afectos más entrañados el pudor que los distancia del objeto querido a la vez que los exalta y los acendra?
En 1968, tenía yo casi 23 años. Un sábado visité, como de costumbre, al ensayista, investigador, polígrafo José María Chacón y Calvo. Y mientras esperaba por la lentitud de su pierna enferma, registraba sus libreros de modo que tropecé con el polémico libro de don Ramón Menéndez Pidal sobre el Padre Las Casas. Me lo regaló. Otra noche, encontré Temas Martianos, de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Pero me lo negó. Está dedicado, le oí alegar en cierta protesta de su generosidad.
Entonces opté por pedírselo a los autores, en una carta cuya línea inicial recuerdo: “Husmeando en la biblioteca de nuestro común amigo Chacón y Calvo…” Ellos no me conocían ni de nombre: no había ninguna razón; tampoco las hubo en lo sucesivo. A poco, el cartero me entregó un ejemplar de Temas Martianos, firmado por Cintio y Fina: “A Luis Sexto Sánchez con saludos martianos de sus amigos”. .
Lo que quiero decir, pues, es que aquel gesto de 1968 fue el anticipo, la piedra fundacional, el imán, de la dicha que en 2005 merecí sin merecerla. Momento es para volver a contarla. Un día de ese último año Cintio y Fina me invitaron y recibieron como amigo tangible. Leían mis prosas periodísticas, y querían decírmelo como si fuesen lectores comunes deseosos de conocer al autor predilecto. ¿Sabían que premiaban la lealtad de un lector?
Experimento, desde luego, cierta desazón al contar este episodio. Mi escasa relación personal con Cintio y Fina a quien honra es a mí. Ellos pudieron seguir nutriendo su crédito, su prestigio de personas y artistas, sin haberme conocido en cuerpo y alma. Yo, en cambio, gané el estímulo, el reconocimiento de dos poetas a los que había querido, enconchado en la incógnita, durante casi dos tercios de mi existencia. Los empecé a querer primeramente, como quería Martí, por su integridad y por su sabia y lírica sustancia cubana. Luego, por su obra literaria de quintaesencias humanistas. Y siempre con la misma intensidad del discípulo que necesita maestros y los asume en actos y libros ajenos.
A esa entrevista –a la que faltó Fina involuntariamente; después nos veríamos- llevé un libro: Prosas leves, de Cintio. Al final, le pedí que me lo dedicara. Es mi predilecto entre sus libros, le advertí. Yo también lo prefiero, confesó. Su dedicatoria fue para mí la plenitud de aquella inicial, tan delicada y sobria, de 37 años antes. Ahora sí podría estar seguro, satisfecho, de que tanto Cintio como Fina –o tanto Fina como Cintio, el orden del binomio no alteraba la sensibilidad- conocían, en la acepción de “poseer”, al Sexto a quien le autografiaban un libro. Los días se habían amontonado larga, despaciosamente, para favorecer esta confluencia que traté de presagiar y disponer en mis años liminares como aprendiz de letras y estilos. Cintio escribió esta dedicatoria: “Para Luis Sexto, periodista de prosas leves…” Y lo demás, lo guardo en ese lado izquierdo donde afirma nuestra lengua, tomándolo del cor, cordis latino, que radica lo más entrañable del ser humano. Y en ese mismo nicho conservaré aquel modo tierno, sincero, inesperado, quizás inconsciente, con que Cintio, en mitad de nuestra charla, me dijo: Hijo mío.
¿Podría ahora no llorar o lamentar la muerte de Cintio? Puedo llorarlo. Y puedo prometerme continuar leyéndolo, reencontrándome con el estilo de un escritor cordialmente de cubano. Sobre mi mesa continúan abiertos sus libros. En hombres como Cintio Vitier, la muerte carece de tinta para poner el punto final. Como dijo Martí: no es verdad.

BREVE RESUMEN
VITIER BOLAÑOS, Cintio (Cayo Hueso, Estados Unidos, 25.9.1921). Es hijo del educador Medardo Vitier. Inició sus estudios en el colegio «Froebel», fundado por su padre en Matanzas. En 1935 se trasladó a La Habana. Estudió en el colegio La Luz, donde conoció al poeta Eliseo Diego. Se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto de La Habana. Editó los cuadernos Clavileño (1942-1943). Se graduó de Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana en 1947, pero nunca ha ejercido la carrera. Durante sus años de estudiante hizo amistad con Lezama Lima y con Fina García Marruz, con la que contrajo matrimonio en 1947. Formó parte del Grupo Orígenes junto con Lezama Lima -su figura central-, Eliseo Diego y otros poetas. Entre 1947 y 1961 ejerció como profesor de francés en la Escuela Normal para Maestros de La Habana. Ha ofrecido conferencias en diversas instituciones culturales, como el Ateneo de La Habana, el Círculo de Amigos de la Cultura Francesa, el Lyceum, las universidades de La Habana, Las Villas y Oriente. En la Universidad Central de Las Villas fue profesor de literatura cubana e hispanoamericana y director de su Departamento de Estudios Hispánicos (1959-1960). En 1959 dirigió la Nueva Revista Cubana. En la Biblioteca Nacional, donde trabaja como investigador literario, ha sido director de la Revista de la Biblioteca Nacional «José Martí» (1962), del Anuario Martiano (1968-1972) y de la Sala Martí (1968-1973). Participó en el Coloquio Internacional José Martí, celebrado en la Universidad de Burdeos en 1972. Ha viajado además a Estados Unidos, Italia -como participante en el congreso Terzo Mondo e Comunitá Mondiale (Génova, 1965)-, España, México, Unión Soviética y Checoslovaquia. A todo lo largo de su trayectoria intelectual ha colaborado en numerosas publicaciones periódicas: Espuela de Plata, Poeta, Orígenes -revista del grupo del mismo nombre, en la que colaboró asiduamente y dio a conocer sus traducciones-, Lyceum, Revista Cubana, Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, Prometeo, El Mundo, Diario de la Marina, Grafos, Luz, Magazine Social, Mensajes, Cuadernos de la Universidad del Aire, Islas, Cuba en la UNESCO, Lunes de Revolución, Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Bohemia, Signos, Taller Literario, Santiago, todas cubanas. Ha colaborado además en las publicaciones extranjeras Cuadrante, Cuadernos Americanos, Revista Mexicana de Literatura, Asomante, Sin Nombre, Diálogos, Cuadernos Hispanoamericanos, Europe, Courrier du Centre International d'Etudes Poétiques, Journal des Poètes, Odissey Review. Es autor de las antologías Diez poetas cubanos. 1937-1947 (La Habana, Orígenes, 1948), Cincuenta años de poesía cubana. 1902-1952 (La Habana, Ministerio de Educación. Dirección de Cultura, 1952), Las mejores poesías cubanas (Lima, Organización Continental de los Festivales del Libro, 1959), Los grandes románticos cubanos (La Habana, Organización Continental de los Festivales del Libro, 1960) -reeditada con el título Los poetas románticos cubanos (La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1962)-, La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano (La Habana, Biblioteca Nacional «José Martí». Depto. Colección Cubana, 1968-1974. 3 t.), José Martí. Antologia di testi e antologia critica a cura e con una introduzione di [...] (Roma, Edizioni di Ideologie, 1974). Editó y prologó la Obra poética de Emilio Ballagas (La Habana, 1955), Espejo de paciencia (La Habana, Universidad Central de Las Villas. Depto. de Estudios Hispánicos, 1960 y La Habana, Publicaciones de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1962, ésta en facsímil), de Silvestre de Balboa, y el Epistolario (La Habana, Academia de Ciencias. Instituto de Literatura y Lingüística, 1966. 2 t.), de Juana Borrero. Prologó el cuento de Tristán de Jesús Medina, Mozart ensayando su requiem (La Habana, Biblioteca Nacional «José Martí». Depto. Colección Cubana, 1964), y la antología de Jean Lamore, José Martí. La guerre de Cuba et le destin de l'Amérique Latine (París, Aubier Montaigne, 1973). Es autor de diversos ensayos sobre Martí, recogidos en Estudios críticos (La Habana, 1964), donde se incluyen también trabajos de Fina García Marruz, y en Temas martianos (La Habana, 1969), también en colaboración con su esposa. Ha traducido a Paul Valéry («Primer fragmento de Narciso»), Stéphane Mallarmé («Un golpe de dados»), Paul Claudel (El canje y poemas), Arthur Rimbaud (Iluminaciones, publicado en Ebro en 1961 con un ensayo introductorio). Una parte importante de su obra poética fue antologada en De la poesía cubana contemporánea (Regino E. Boti, José Manuel Poveda, Emilio Ballagas, Cintio Vitier, Eliseo Diego) (Moscú. Progreso, 1972), traducida al ruso por Pavel Grushkó. También ha sido traducido al inglés, francés, italiano, alemán. (Ficha tomada del Diccionario de la Literatura Cubana)

jueves, 1 de octubre de 2009

TIERRA DE NADIE



Por Luis Sexto
El mundo ambiente se deslava entre nuestros pies y lejos del corazón. Se desconchan las paredes, se agrieta el piso y se agujerea el techo de nuestra habitación terrestre. ¿Qué estamos pensando? ¿Acaso trasladar la tienda a otra bola en las planicies aún inexploradas del Cosmos? Habría para ello una dificultad. Una sola. Mientras buscamos y acomodamos el nuevo medio, se acabará el tiempo.
Un poeta legó a sus hijos el tiempo, todo el tiempo. Pero es casi imposible heredarlo. Se consume. El tiempo de una vela concluye al consumirse el pabilo. Se apagó la llama. Y murió la vela. El ejemplo, tan sencillo como la evidencia, tal vez no ejerza presión sobre la conciencia de cada terrícola. Cada sujeto apenas dura lo que un relámpago. Y no suele proyectarse más allá de su momento. Quizás alguna vez se conmueva la conciencia general nuestra especie logre entender que perdurar es, ante todo, un principio de amor. Hacia sí en lo particular y hacia el prójimo, el semejante, que vendrá.
El hombre, como género, se ama poco. Thomas Merton, escritor norteamericano de quintaesencias meditativas, anotó en su libro Conjeturas de un espectador culpable que el amor a la naturaleza enruta la prolongación del amor hacia nosotros mismos. Pero nos acercamos a nuestra casa, la habitamos incluso, como extraños, en actitud de propietarios usurpadores, cuando somos un elemento más, hermano de la flor, del ave y de la nube.Lo recomendable, ha dicho otro meditador, es humanizar el medio ambiente. Quizás lo más favorable sea introducirnos en él como lo que somos: parte.
La inocencia de los bosques de Cuba empezó a naufragar con la Armada Invencible de Felipe Segundo en el siglo XVI. Árboles preciosos, duros y durables, de la Ínsula edénica y fiel de la corona española sirvieron de cuadernas y mástiles en aquella flota ambiciosa de geopolítica dorada. El hacha desembarcó en aquellos bosques -que entonces sombreaban y a veces hacían impenetrable, el 85 por ciento del territorio cubano- entre los bártulos de conquistadores y colonizadores. Llegó junto con la cruz, la afición notarial y el gusto por el dinero.¿Habrá plantado alguna vez un árbol el rey Felipe? ¿O su padre Carlos Quinto? ¿Y los hacendados criollos del XVIII o del XIX, incluso del siglo XX? ¿Lo habrá plantado W. Bush, que se negó a firmar el protocolo de Kyoto para preservar el “mundoambiente” de las emanaciones tóxicas?
Tampoco lo han plantado los gerentes y dueños de las corporaciones globales, que deciden que los desechos de sus empresas escamoteen el oxígeno de los peces de ríos y mares, y le disputen la pureza a los nutrientes del subsuelo, y propicien sequías saharianas y temperaturas de infierno. Antes que aquellos dos leñadores hubiera querido entrevistar a uno de esos potentados tecnotrónicos y postmodernos, y preguntarle lo mismo que a aquellos cuya humildad les hacía distinguir entre un árbol bonito y útil y otro feo o inhábil. En inglés, desde luego, o en un español primitivo, habría contestado: Ah, mi no saber... O habría pretextado la excusa típica en la retórica de los poderosos: Ha sido obra de mi sucesor, o de mis empleados. Y alargaría un texto enumerando las infinitesimales razones del desarrollo.
Ya nadie vacila en achacar la culpa básica a los países desarrollados. Ellos deciden y escriben diariamente la sentencia de extinción de planeta. Y no es el desarrollo el culpable en esencia. Es el modo irracional de asumirlo y ejercerlo. Ese consumismo, ese confort vitalicio, creciente, que inventa una necesidad huera hoy para sustituirla mañana por otra más excéntrica y banal, y que desgasta el perfil humano de la gente. Y cuya finalidad primordial –promover el consumo extremo- se enreda con la voracidad de bancos, corporaciones, y compañías.
La naturaleza se sustenta en el equilibrio. Este es, quizás, el término más grácil, dulce, de la física, de la lengua y de la vida. Si un cocodrilo, ha escrito un ecólogo brasileño, expresara sus deseos más afines a su condición de ser saurio, exigiría que el mundo fuese un total pantano. Y el león, a su turno, que el orbe se trocara en una llanura africana con gacelas en panales. El Hombre, que entre sus libertades utiliza la capacidad de concebir formas inexistentes y convertirlas en obras, pretende, en su más inconsciente e insensible sector – el de los más ricos, los menos- urbanizar el globo; convertirlo en una ciudad que aplaste el equilibrio vital. Civilización proviene de civitas, nombre latino de ciudad. Y hoy la civilización que el capitalismo ha conducido hacia la desmesura, el paroxismo, adquiere un matiz devastador. Civilización corrosiva. Autogeneratriz de la desgracia.
La humanidad, por más que muchos lo desconozcan, es parte de la naturaleza. Y perecerá con ella... si la destruye. Las culturas antiguas intuyeron con más tino esa peculiaridad del hombre. Leonardo Boff, que de teólogo derivó en ecólogo, ha contado que los miembros de cierta tribu del Matto Grosso van suicidándose según las compañías inversionistas talan y despejan la selva. Pierden con la tierra la identidad y el sentido de la vida. Yibran Jalil Yibran, poeta oriental, procedente de esas culturas mediterráneas que tanto penetraron en el alma humana, compuso un verso insuperable, que se acopla, por la soterrada y distante comunicación de las culturas, con un principio de José Martí: Yibran escribió: “La tierra es mi patria y la humanidad mi familia.” Y Martí: “Patria es humanidad.”
Hagámonos, para terminar, dos preguntas: ¿Será posible que el árbol, por mencionar un ser sensitivo, prevalezca sólo en fotografías y pinturas? ¿Tantos hombres y mujeres del futuro solo verán desde su ventana ramas de hormigón y un cielo de aluminio?
El futuro parece ser una heredad incierta. Porque, como leo en un libro conmovedor –El viejo que leía novelas de amor- del chileno Luis Sepúlveda, el desierto es la obra maestra de los seres humanos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

LA APLANADORA DE MIAMI: NUEVA VERSIÓN DE LOS "PANZER"HITLERIANOS

Por Luis Sexto
¿Chiste o comedia; ridículo o farsa? Esta es la pregunta con que uno trata de hallar el término justo para redondear una opinión sobre ese acto en que “un mar de fragmentos de discos compactos y fotos de Juanes –como informó El Nuevo Herald- fueron rotos por una aplanadora”, en protesta por el concierto que el reconocido cantante y autor colombiano patrocinó en La Habana el pasado 20 de septiembre.
No contaré la historia. Porque la multitudinaria convergencia de músicos latinoamericanos, europeos y cubanos y un millón de concurrentes a la Plaza de la Revolución es en sí misma historia, protagonizada ante millones de teleespectadores del mundo. Vayamos más bien a lo colateral. Porque el Concierto por la Paz no requiere de interpretaciones: nada subliminal se puede detectar cuando la música y la poesía se esmeran por exaltar lo que nuestro planeta malherido necesita: paz y concordia. Ni siquiera las canciones pudieron sugerir un mensaje enmascarado contra Cuba y la Revolución, como algún medio supuso. Por lo general, esas piezas interpretadas por Juanes, la Tañón, Silvio, Bosé, Víctor Manuel y otros son usualmente escuchadas en Cuba en la radio, la Tv o en DVDs domésticos. ¿Acaso los cubanos de la Isla viven en la edad de piedra?
Yendo, pues, a lo colateral, podíamos decir que en la edad de piedra habitan cuantos, fanatizados en una presunta Vigilia que es solo trasnochado ejercicio de pose “patriótica”, demolieron con aplanadoras y mandarrias la voz y la imagen de unos de los más populares juglares de la actualidad. Admitamos, como sabemos, que esos grupúsculos del llamado exilio, esos que parecen estar a la derecha de toda derecha, cobran sus salarios en la agencia por el “desarrollo de la democracia” o alguna parecida institución federal de los Estados Unidos, de donde, sea dicho de paso, surgieron también los Bin Laden. Pero habrá que seguir preguntando: ¿toda esa algazara, ese espectáculo cuadrupédico, ese remake de los “progromos”nazis contra los judíos, han sido solo para mantener el sueldo? ¿No vemos acaso algo más en ese alarde de demencia?
Al menos, este comentarista ve mucho más. Entremos en la psicología social; evoquemos esa figura llamada en Cuba “guapo de barrio”, que existe con otro nombre en cualquier ciudad del orbe; analicemos su conducta habitualmente destinada a lograr ser temido. Y para ello, grita, amenaza, provoca, dejando entrever en sus desafueros ante cualquier nimiedad que lo beneficie, una histriónica capacidad de alardear que “se faja por lo que sea y con quien sea”. Los corifeos de la Vigilia Mambisa de Miami buscan, pues, meter miedo; delinear con aplanadoras y mandarrias la idea de que su transformación de ciudadanos decentes y comedidos en el desaforado e inescrupuloso mister Hyde del cuento, puede tener como objeto, llegada la oportunidad, además de los discos, también las personas. ¿Y a quiénes intentan aterrorizar? Para responder habrá que estudiar algo de la composición demográfica de Miami, particularmente de Miami. Cerca de un millón de cubanos habitan esta ciudad de la Florida. Y es fácilmente demostrable que la mayoría salieron de Cuba como emigrantes para ser inmigrantes en los Estados Unidos. Conozco varias encuestas serias y honradas que avalan el hecho y cuyos números, por evitar cansarlos, no voy a citar.
Emigrantes e inmigrantes componen una categoría común en nuestro planeta, desde hace siglos; tal vez milenios. Emigran las personas de uno a otro país, de una a otra región, por que desean cambiar de ambiente, solucionar sus problemas económicos, olvidar una pasión frustrada, reunirse con sus seres queridos; en fin, por decenas de causas razonables. La emigración, por su índole de solución personal a problemas individuales o colectivos, no implica esencialmente una actitud política de partido. En una época, al pisar suelo miamense eran obligados a adquirir la falsa conciencia de refugiados. Pero en el curso de 50 años, la emigración ha ido cambiando su naturaleza. Los que eligieron salir de Cuba por razones políticas no son emigrantes, sino exiliados. Es decir, exiliado es aquel que sale de su país por causas políticas, a veces mediante la intervención de una embajada, por vías clandestinas o legales, pero impelido por una militancia partidista o el sustento activo de una doctrina cuya práctica es inadmisible en su tierra. Se marcha con una intención: luchar desde el extranjero contra el poder que los desalojó y recuperar el poder perdido, el statu social y sus tesoros y propiedades.
Por tanto, Vigilia Mambisa y los demás grupúsculos del exilio duro -temprano o tardío según el tiempo en que se exiliaron sus adeptos- se ha percatado que ese cubano al cual solo le interesa trabajar, tener casa, automóvil, beber cerveza los domingos por la mañana con los amigos, y regresar temporalmente a su patria a ver a sus familias y enviar remesas, como cualquier mexicano o centroamericano, puede en algún momento no servirles de aliados. Y de hecho, ante el concierto por la Paz, mientras que de un lado -prensa, radio y TV incluidas- Juanes recibía insultos y amenazas, en la calle el ciudadano de todos los días lo alentaba a seguir en la empresa de solidaria vocación artística del cantor. Lo confesó el propio Juanes.
Para que esta nota no se alargue, invito a recordar que esta gente que grita, amenaza, tiembla entre rencores, cuando en 1990 parecía que todo el socialismo mundial naufragaba, pidió al gobierno norteamericano tres días de licencia para matar en Cuba. Claro, esa propuesta siempre sería el guión de un filme trucado, sin locaciones y presupuesto. Pero en Miami, las amenazas que se profieren allí contra alguien de allí pueden cumplirse. Y por ello uno se inclina a decir: la acción de Vigilia Mambisa es una comedia, un chiste, un gesto ridículo, una farsa. Todo a la vez. Pero resulta también una tragedia. No lo olvidemos. Ellos, como ha dicho una voz inteligente de quien ahora no recuerdo el nombre, solo pueden reconocerles a cualesquiera de los que consideran enemigos el derecho a morir por sus ideas. Y ellos los ejecutan.

viernes, 18 de septiembre de 2009

EL DOGMA Y SU ANTÓNIMO



Por Luis Sexto

Ha sido una vocación inclaudicable del hombre la de actuar en contra de cuanto pretenda ser definitivo, inexorable, o le limite el pensamiento, el criterio racional, de modo que la historia de las doctrinas políticas y religiosas podría ser también la historia de la lucha entre el dogma y la herejía. Donde se plantó la cuadriculada y hermética aspiración de constituir una verdad inapelable, se irguió la heterodoxia para destapar cajas, demoler muros, deshollinar gavetas, aunque más adelante el heresiarca de hoy se convirtiera en el dogmático de mañana.
Fue contradictoriamente un religioso, un jerarca eclesiástico, pero a la vez un filósofo –quizás el más sabio, audaz y auténtico filósofo cristiano- el que legitimó la herejía y a los herejes. Conocido es el apotegma de San Agustín en que el autor de la “Ciudad de Dios” y de unas “Confesiones” en plenitud de debilidad humana, reconoce el necesario papel regulador de los herejes: “Oportet enim heresses esse”. Esto es, el hereje opera como una rendija a través de la cual se filtra la prueba que afianza y perfecciona el dogma. Desde luego, el Obispo de Hipona cocinó la idea para servirla en su mesa. No obstante, partiendo del criterio agustino de la necesaria y plausible heterodoxia, podemos emprender una aventura hacia lo profundo del dogma y sus paradojas.
Un escritor y periodista católico –periodista que punza, no complace- ha escrito, a fines del siglo XX, que “siempre que el hombre expone lo que ha hecho el hombre, da un juicio implícito sobre los hechos, aunque solo sea por sus omisiones o sus silencios”. Hasta aquí el francés Jean Guitton parece estar de acuerdo con casi todo el pensamiento de su época. Pero enseguida adopta una posición antidogmática: “Lo que a mi modo de ver lo deshonraría sería dar a entender que tiene la objetividad de un aparato, o que todo historiador debería interpretar los hechos de la misma manera.” Y más adelante, establece que “la fuente de todas las herejías está en concebir el acuerdo de dos verdades opuestas y creer que son incompatibles”.

Deduzco, pues, que el origen de las herejías se enraíza en la rigidez de la ortodoxia. La ortodoxia -el pensar apegado al dogma- no ha aprendido a utilizar la flexibilización como una de las fórmulas de su invulnerabilidad y, por tanto, de la perdurabilidad de las verdades que se estiman correctas. Dogma es palabra de origen griego que, teniendo una prosapia limpia, ha venido ensuciándose en su actitud irremovible e intransigente de “cosa acabada, terminada definitivamente”, que eso significa “dokein” cuando se une a un pronombre personal, yo, por ejemplo, he acabado.
El dogma carece de recursos. La razón no le es afín. Incluso el dogma la rechaza con un “odio lúcido”, y es lúcido porque posiblemente los dogmas intuyan que su caída depende, en primordial medida, de la crítica. ¿De que se sirven aquellos para apuntalar su inaccesibilidad al debate y al cuestionamiento? En la autoridad. En el poder de cuantos lo establecen, imponen y sostienen. Ha sido, así, adoptado por el autoritarismo como el garante de su poder incuestionable.
Focalizado en el plano de la religiosidad, quizás sea menos dañino, aunque en una época atizó la candela bajo los pies de cuantos pretendieron removerlo o modificarlo. Y ocurrió así determinado por los vínculos e intereses comunes del poder político y las jerarquías eclesiales. Porque, cuando el dogma pasa a la política como instrumento, como piedra fundamental, comienzan los riesgos para los grupos, sociedades y Estados que lo organizan y ubican sobre un pedestal ideológico. Una de los problemas del llamado socialismo del siglo XX, el también nombrado real, fue la aplicación dogmática del marxismo. De guía para la acción, se transformó en “señor feudal” de la acción. Un rápido paneo por sobre la historia de las sociedades socialistas europeas, nos abastecería de actos tan irracionales que podrían añadir un nuevo volumen a la “Historia de la estupidez humana”, del húngaro Paul Tabori. El dogma, por insuficiencias reflexivas, es incapaz de detectar las contradicciones que se generan en su nombre. Y con estas, sobreviene la parálisis. Y con la parálisis, el lento deterioro de las sociedades dirigidas por el dogma filosóficamente político, que es el me parece más actual y peligroso. El religioso ofrece, en estos tiempos modernos, la libertad de creer o no creer. Y nada pasa.

Pero en la política, la cerca que bordea al dogma está vidriada con picos y fondos de botellas: se hiere quien los toque. La discusión, la discrepancia, la crítica se proscriben o se toleran entre condicionamientos. Y con ello el dogma se priva de su principal aliado: los herejes. Porque los herejes anticipan con sus audacias y temeridades la verdad más completa, que ha de sobrevenir en los días próximos. Al fin llega, pero nadie reivindica a sus gestores, porque se ha de pagar el precio por anticiparse. Pagarlo asumiendo el descrédito del revisionista o del inoportuno.
En las izquierdas, a pesar de la experiencia del socialismo europeo, de tan claras moralejas, y las derechas, no obstante los fracasos de ciertas “verdades inconmovibles” propuestas por Bush junior, aún subsiste el dogmatismo. Es un hábito cómodo. Significa decidir en las cúpulas sin el esfuerzo que implica el debate. Y a veces, para cancelar el exceso de presión, apelan a la unidad del grupo, del partido, de la sociedad. Pero, a mi modo de ver, en la unidad propugnada por el dogmatismo no cabe la diversidad. Exige la unidad de los unánimes. Porque los dogmas no distinguen entre la necesidad y los fines, entre el derecho y la intención, entre la opinión y la oposición, la sugerencia y la impertinencia. Y por ello favorecen el desarrollo tentacular de la doble moral y sus normas éticas encapsuladas en apariencias sin esencias. Pero la unanimidad, reducida tan solo a levantar la mano, alguna vez empezará por resquebrajarse en nombre de los mismos derechos que el dogma reconoce defender y garantizar: la libertad y la razón.
Parece escabroso comprender que la unidad política excluye la imposición de dogmas. Porque la unidad política se formula y reformula constantemente en torno de un programa, jamás alrededor de las abstracciones de una cosmovisión. Y su agente principal consiste en el esfuerzo de hombres libres que alcen la mano para… opinar, debatir, cuestionar sobre todo cuanto ayude a que la diversidad fortalezca la unidad. Y que debatan y opinen como herejes necesarios que impidan la dogmatización de las ideas y la burocratización de las acciones. Ah, sí. Dogma y burocracia son afines.

martes, 15 de septiembre de 2009

VIVIR O NO VIVIR EN DIALÉCTICA

Por Luis Sexto

La crónica de las revoluciones nos facilita una conclusión: casi todas han sido hábiles al conquistar el poder, pero menos hábiles al defenderlo. Pocas han perdurado sin que la restauración del “viejo régimen” haya dado una vuelta a ese ciclo que llamamos, en una imagen cómoda, “la rueda de la historia”.
Juzgar desde el presente el pasado es comúnmente fácil, opondrá alguno a mi afirmación. Pero el análisis de los hechos pasados se hace no solo para justificar las acciones de cuantos nos precedieron, sino para aprender de aquello que, aunque pueda ser explicable racionalmente, nos trasmite una especie de aviso: obrando igual podrás llegar al mismo fin, aunque sean distintas las circunstancias. Qué nos enseña, por ejemplo, el fracaso de la Revolución de Octubre, después de que el mundo que ella había generado y en apariencias consolidado hizo implosión en 1990. Primeramente, ese trágico episodio de fines del siglo XX confirma mi aserto inicial: fue muy capaz para destronar al zar y su tinglado de opresión medieval; incluso, se defendió con armas triunfales de la invasión hitleriana, pero no pudo impedir que todas sus conquistas se extraviaran en un camino de retorno. Lo que parecía imbatible, cayó; lo que reputamos de eterno, feneció.
La disolución de la Unión Soviética, el País de los Soviet, el primer país socialista de La Tierra, como llamábamos al vasto conglomerado de repúblicas socialistas surgidas a partir de Octubre de 1917 –según el calendario Juliano-, ha dejado numerosas experiencias para las revoluciones que aspiren, en el siglo XXI, a permanecer como génesis de cambios irreversibles. El tema, claro, resulta excesivo para un análisis periodístico. Pero como sólo escribo a título de periodista, con ese derecho abordo lo que, me parece, todavía no ha encontrado una juicio equilibrado y definitivo. Tal vez, deban pasar cien años para hallar el justo medio en nuestra evaluación. Por ahora, me parece que una verdad, entre muchas, asoma como la punta de un volcán desde lejos: la voluntad política de hacer la revolución necesita de la voluntad política de hacerla perdurar. ¿Y quién no tiene esa intención? No niego que la voluntad de existir perennemente anima a los revolucionarios. Sucede, sin embargo, que la voluntad política de permanecer exige vivir en dialéctica, en actuar utilizando el sí y el no, en un careo creador que evite el anquilosamiento, la rigidez de las estructuras.
En la URSS predominó un apego inflexible a los llamados principios. Nadie en 1917, ni antes, ni después, ha sabido con certeza –Fidel Castro lo ha reconocido- cómo se levanta el socialismo sobre las ruinas del capitalismo o las supervivencias de la Edad Media. Los bolcheviques creyeron haber hallado una ruta. Más tarde, Lenin se percató, al parecer, que no conducía a ningún sitio seguro, y comenzó a tantear. Para mí, la NEP fue eso: un tanteo que se frustró con la muerte del líder de Octubre y la vuelta a las posiciones originales que Stalin impuso: la propiedad estatal como ficción de la propiedad socialista. Lenin tenía razón: una sociedad, como una casa, no empieza a edificarse por el techo: se precisa fraguar los cimientos y eso no es cosa de poco tiempo, ni de pocas y primarias conquistas. Con ese modelo basado en el control de la burocracia estatal, un país tan dotado de bienes naturales solo pudo alcanzar unas ocho décadas de existencia. Y sin plenitud. Sí; desarrollo en un sector y subdesarrollo en otro. No olvido cuando, en 1988, visité la región siberiana de Sukpay, donde leñadores cubanos trabajan la madera que el gobierno soviético le concedía a Cuba, y supe que los médicos del contingente tenían que asistir, sobre todo los estomatólogos, a escolares que con su dentadura podrida acusaban la falta de ese servicio 70 años después de la Revolución.
Fue políticamente erróneo adoptar con rigidez principios a los que los fundadores del Marxismo solo calificaron de “guía para la acción”. Los principios no pueden estar separados de los fines. Si en la esfera personal el sacrificio de un hombre a sus normas puede resultar admirable, en los procesos sociales la inmolación como destino, no como accidente parcial, logra el valor del fracaso. Porque habría que preguntarse: ¿Para qué edificamos el socialismo? ¿Para acatar principios o para, mediante principios, alcanzar los fines del desarrollo, la libertad y el bienestar humano dentro de reglas de equidad, igualdad, justicia? Habrá, pues, que aceptar que los mejores principios son los que más cabalmente cumplen sus fines de transformar la vida. Socialismo que pretenda la igualdad sobre la pobreza y las restricciones, no puede llamarse así. Con lo cual uno va aceptando que más que las filosofías, los revolucionarios han de tener a la vista las tendencias de la naturaleza humana. A veces se legisla y se teoriza contra ella. Inútilmente. Porque las necesidades de nuestra especie no toleran barreras: cumplida la norma cuantitativa, las demuelen o saltan sobre ellas.
Queremos, en efecto, transformar al hombre viejo: delinear y sustanciar al nuevo. Pero no parece plausible que en sociedades con esquemas económicos incapaces de producir riquezas y que más que con soluciones, respondan con sueños “a las necesidades siempre crecientes” de las personas, pueda surgir un hombre distinto. ¿Cuánto de lo viejo no desempolvan la pobreza y las carencias en la conciencia humana?
Vivir en dialéctica -ese gobernar previendo, según José Martí, ese obrar al tanto de lo que empieza a ser inservible para sustituirlo por una réplica creadora- resulta trabajoso. No creo que aquel ensayo del español Mira y López sobre “la psicología del revolucionario” haya perdido su vigencia. Uno ha lamentado que los revolucionarios de ayer, los hábiles, los dispuestos a destruir el viejo régimen, se hayan convertido en conservadores de su obra, conservadores renuentes a aplicar la dialéctica, ley y método que, por otra lado, pululan en sus referencias. Ese tipo de revolucionario encorsetado por la burocracia, que ha trenzado sus intereses personales con su posición en el esquema del nuevo poder, suele sustituir la visión crítica de la realidad con la autocomplacencia; la actividad política con la retórica.
Espero que nadie confunda que en estas notas abogo por los principios generales -claros, precisos y posibles- que informen la acción revolucionaria para tomar el poder, pero sobre todo, apoyo la actitud de mantenerlos siempre en posibilidad de cambiar, que no equivale a desfigurarlos, sino a adaptarlos. Mayor que el riesgo de cambiar, de responder a las urgencias de la vida modificando enfoques y tácticas, es el de no cambiar. Porque si los principios se revisten de blindaje excluyendo lo que un ideólogo cubano, muy inteligente, llama “tesis que los adecuan”, obtendremos quizás la certeza próxima de oxidarlos entre los hierros que estimamos su salvaguarda.
La historia de las revoluciones sigue dictando su cátedra de experiencia. De sentido práctico. Vivir o no vivir en dialéctica, esa es la cuestión.