viernes, 2 de mayo de 2008

¿OFICIO O PROFESIÓN?

Por Luis Sexto

Hace poco escribí un alegato por mi oficio, y esa crónica pudo pasar como un texto más si algunos no me hubieran reprochado que yo rebajara a tanta poquedad lo que es técnicamente una profesión. Vuelve así a confirmarse la refranesca verdad de que no hay palabra mal dicha sino mal interpretada. Un alegato, desde luego, no rebaja, sino exalta; no condena, sino defiende. Y por lo tanto puede colegirse que el concepto con que utilicé el término oficio no es el que engaveta al periodismo en los casilleros de lo mínimo o lo vulgar.
Conozco que esa nomenclatura compone los extremos de un debate. ¿Profesión u oficio?, establecen los tratadistas la disyuntiva. Y yo, que solo soy periodista, me ubico en el medio, allí donde parece estar la verdad a salvo de la manipulación y la intolerancia. Es profesión -apuntemos ahora someramente- porque se cursan estudios superiores en universidades que licencian o doctoran, o porque cuantos la ejercen se inscriben en colegios de profesionales. Y es oficio… Ah, ¿por qué es oficio?, me preguntan y ya la respuesta no parecer estar tan pronta, ni tan clara.
Una de las tendencias en litigio aboga por que el periodista sea ducho en los instrumentos primordiales de su ejercicio. La cultura, el conocimiento general, la preparación teórica componen solo vestidos de domingo para cuantos exaltan el papel del dominio del instrumental técnico estilístico. Lo que necesitan los periodistas –sostienen- es “saber escribir y reportear”. Con mi elección del término oficio no me adscribo a ese concepto tan escueto. Poco podríamos acarrear para defenderlo. ¿Es posible un periodismo sin cultura, o solo con la cultura como elemento aleatorio, temporero? El periodismo es una manifestación de cultura. Y mal comprenderíamos su papel en la sociedad humana, si lo excluyéramos del ancho universo donde la cultura se nos define –según Nicolás Abbagnano- como el conjunto de la obra material y espiritual de la humanidad. O, en otra vertiente o acepción como el dominio que un pueblo o un individuo ejerce sobre la cultura general como resultado de la Historia. Soy culto –es un decir- en la medida en que estoy pulimentado, versado en los modos de vivir, conocedor, en particular, de la cultura espiritual. Silvio Rodríguez aseveraba recientemente en una entrevista que sin saber quién es Jean Valjean no se podría aspirar a dirigir hombres. Ni a escribir en un periódico, añado para establecer mi posición exacta ante la falsa disyuntiva de que el periodista sea un profesional o un obrero o un artesano.
Parece evidente que simplifican el dilema cuantos se abroquelan en uno de los extremos: o mucha técnica y práctica periodística, o mucho conocimiento universitario. Y, resumiendo, creo que la razón está en el equilibrio de ambas opciones. O de ambas vocaciones, porque tanto el periodismo como la cultura dependen –como definió un ensayista cubano- más de la vocación que de la preparación académica. Por tanto, no estimo plausible una reducción del conocimiento de las formas periodísticas para priorizar el dominio de las historias de la literatura, la filosofía, la política, la economía y otras materias de cultura general. Ni considero apropiado disminuir el currículo de materias que formen, sobre todo, al futuro periodista para desarrollar la capacidad de asociación de los fenómenos de la realidad, a cambio de exagerar el aprendizaje de los secretos del periodismo. Los males que sobrevendrían en caso de que se acumulara mucho saber culto, pero se careciera del dominio del estilo y la técnica periodísticos, tendrían que ver con cierto descrédito del periodismo y la comunicación al faltarles a los enunciados la clara, rápida y atractiva síntesis de la prensa, sea impresa, radial o televisiva. De otro lado, mucha sagacidad y rapidez reporteril, pero sin la influencia de la cultura, limitaría la profundidad del reportaje.
García Márquez, para quien la universidad que enseña periodismo nunca ha sido una institución afectuosa, ha propuesto esta norma curricular: “Técnicas básicas (narración, investigación periodística, fotografía, edición). Ética periodística y sus conflictos (libertad de prensa, responsabilidad social, independencia profesional). Nuevas tecnologías y sus efectos en la práctica profesional. Especialidades del oficio (economía, internacionales, etcétera).”
¿Quién no lo ve claro? Sin embargo, hay algo más. A mis alumnos de periodismo les suelo recordar un saber que va más allá de los libros: el de la vida. Eso que el norteamericano James J. Kilpatrick llama el desván de la abuela. Se precisa vivir, haber vivido, para convertirse en un periodista. Saber lo que se siente cuando a uno le cantan el tercer strike, y cuál es el color de la angustia cuando te quedas sin gasolina en una carretera desierta. ¿Cómo puede el profesor, el aula universitaria, impartir esas lecciones de experiencia vital? Tal vez esa asignatura se resuelva en la ética de cada estudiante, de cada graduado. Hay que vivir para luego escribir. Por ello, les recomiendo a mis alumnos que no se anticipen en firmar en la página de opinión; que anden, desanden caminos y veredas, que aprendan a saber en contacto con la gente del llano y la sierra; del mar y la ciénaga; de la ciudad y el campo. Oír, copiar, reportar, y más tarde, curtido como la piel de un becerro sacrificado, escribir con la útil gravidez de la universidad, el medio y la vida.
Ya voy argumentando el porqué llamé al periodismo oficio. Oficio es lo que habitualmente se ejecuta con las manos. Así nos referimos a las funciones del albañil, el plomero, el carpintero, el ceramista… Oficios manuales. Y cómo las manos son, quizá, los miembros más humanos del hombre -porque con las manos trabajamos, acariciamos el vientre de la mujer, la cabeza del niño-, por ello el oficio está tocado de una integridad cordial que tal vez no tenga el término profesional. Kapuscinski, que se ha vuelto imprescindible, ha dicho que “El periodismo no es solamente una profesión, sino también una manera de vivir y de pensar.” Y para el argentino Tomás Eloy Martínez –lamentablemente menos conocido entre nosotros- el compromiso del periodista con la palabra es “a tiempo completo, a vida completa”.
Es decir, hace falta una dosis de cordialidad, de entrega, de sensible apropiación de la realidad asumiéndola con todo lo que uno es, con los jugos de la vida, además de que con el instrumental técnico y los datos de la cultura. García Márquez, y no sobra volver a citarlo, ha dicho que se equivocan los que niegan que el periodista es un artista. Y traduciendo a una imagen el razonamiento de este artista que lo ha sido en la novela y también en el reportaje o la crónica, me parece que quien lo niegue está tapando la verdad con una cuartilla. Y esa cortina siempre queda corta.

4 comentarios:

El Sureño dijo...

Maestro:
Muy interesante su trabajo sobre esta difícil, pero encantadora profesión.
Su alumno Julián (El Sureño)

Anónimo dijo...

¿PERIODISTAS?

Tengo dudas de quien es más vil, si el terrorista que asesina a sangre fría o quienes justifican sus asesinatos. Con fecha 8 de mayo aparece un articulo en Juventud Rebelde titulado “En España, ley ¿y en Bolivia? donde su autor califica a ETA no como terrorista sino como “grupo separatista armado”.

El pasado 7 de marzo en la localidad de Mondragón ETA asesinó a Isaías Carrasco de varios disparos en la cabeza, el cuello y el abdomen. Según ETA asesinó a este trabajador vasco por ser militante del Partido Socialista Obrero Español.

Matar a sangre fría a un padre de familia, vasco, trabajador y socialista es lo que el autor del artículo califica de “el enfrentamiento entre el Estado español y el grupo separatista vasco armado ETA”

El autor del artículo acostumbra a voltear los cadáveres de las victimas asesinadas por el odio terrorista para una vez identificados calificar a sus asesinos como “connotado terrorista” o “grupo separatista” apartando todo sentimiento humano, según convenga políticamente.

Unas consideraciones finales para terminar. En el año 1938 el abuelo de Isaías Carrasco fue fusilado por las tropas fascistas de Franco y en el año 2008 su nieto es vilmente asesinado por otros fascistas.

Las elecciones celebradas el 9 de marzo, dos días después del asesinato de Isaías, dieron como vencedor al PSOE con 425.567 votos, superando en más de 120.000 votos al segundo el PNV.

Los que distinguen entre terrorismo "bueno" y terrorismo "malo" me producen un infinito desprecio. La respuesta a mi duda la he solucionado: son más viles los que justifican a los terroristas que los asesinos, al menos estos arriesgan su vida.

Ricardo.

Anónimo dijo...

Cuando el periodismo esta limitado por barreras ideologicas, no importa cuales sean, el periodista se convierte en un embasador de la ideologia que lo limita. Cuando se aceptan esas limitaciones el periodismo deja de ser una profesion o un oficio. Es simplemente una manera mas de ganarse el pan diario.

Saludos.

Anónimo dijo...

A LOS ESTUDIANTES DE PERIODISMO

Era mi intención cuando hablé del articulo de Juventud Rebelde del pasado 8 de mayo titulado “En España ley, ¿y en Bolivia…? incidir sobre la deshumanización del autor cuando habla del terrorismo en España, (para otros terrorismos si es humano), sin tocar el tema de fondo. No quería salirme de esa idea central, pero No me puedo resistir a explicarles que el fondo del asunto del que habla el autor es rotundamente falso: el periódico El País no defiende en absoluto el referéndum de Santa Cruz.

El autor del articulo manipula, y para demostrarlo permítanme extractarles algunas frases del editorial de El País titulado “Bolivia confederal” del día 6 de mayo, dos días antes del artículo aparecido en Juventud Rebelde. Entre otras frases el editorial decía:

“La autonomía aprobada por referéndum en Santa Cruz carece de base LEGAL…”

“la consulta ILEGAL era sobre todo, un pulso político con La Paz…”

“Morales, que no ha querido convertir en un caso de guerra un referéndum celebrado al margen de cualquier Constitución…”

Queda por lo tanto muy claro que el editorial está en contra del referéndum. El autor del artículo además de ensalzar a los terroristas y denigrar a las victimas, además de eso, miente cuando dice que El País apoyó la celebración del referéndum. El autor del artículo sabe que la opinión de un periódico es su editorial, no lo que diga el corresponsal.

Decía el autor “¿es mucho pedirle a El País y a otros respeto para las leyes de un país”

Digo yo que podría empezar el autor del artículo respetando la verdad.

Ricardo.