jueves, 15 de julio de 2010

LOS HÉROES PUEDEN MORIR DOS VECES


Por Luis Sexto
La Historia no es una secesión de hechos sucedidos sucesivamente, como aseguraba cierta ingenua definición que aprendí en mi lejana infancia -¿podemos verdaderamente creer lejana nuestra niñez?-, cuando transitaba por la primaria. No quisiera ahora redefinir la historia. No hallaría la fórmula exacta. A mí, como decía Juan Ramón Jiménez refiriéndose a la poesía, más me gusta sentir la Historia que definirla. Y sentirla, a mi entender, equivale a voltear la vista, observar la teoría de años y siglos que nos anteceden y reconocernos en la masa de hechos y dichos que parten de nuestras espaldas hacia el pasado, y obrar por que el futuro sea fiel a las corrientes matrices de nuestra personalidad como pueblo.
Lo aprendí tardíamente. De adulto. Crecí sin que nadie me dijera que en la porción sur de mi pueblo, bajo unos mangos, amarraba su hamaca o su caballo el Mayor General Francisco Carrillo. No había entonces historia local. Ni geografía de patio. Qué emoción cuando, muchos años después de marcharme, supe que aquel río donde me bañaba se nombraba Caunao, cuyo nombre yo estudié en los textos escolares.
También me sentí, que es lo esencial, más apegado a mi pueblo cuando conocí en amarillentas lecturas sus vínculos con el mambí de las tres guerras, oriundo de Remedios. Si toda esa crónica local, si todos esos valores se me hubieran impartido allí, en mi pueblo, mi conciencia cubana habría sido más raigal, más palpable. Porque qué lejanos me parecían Demajagua, Baraguá, Baire, Las Guásimas, Jimaguayú, la calle Paula, el Castillo de la Punta, privilegios de orientales, camagüeyanos y habaneros que nacían o morían en sitios con tanto eco glorioso.
Mi pueblo, sin embargo, poseía también su privilegio histórico. Había entregado su aporte a la nación. Pequeño, pero propio. Ahora ya no me avergüenza que mi villorrio natal apenas se aprecie en el mapa junto a Remedios. Mi mapa histórico es, en mi conciencia, más profundo. Parte de aquella aldea de tres o cuatro calles y casas de madera y tejas, cuyo origen radica en unos mangos insurrectos y se agranda con la presencia de Camilo Cienfuegos y una conferencia azucarera en 1958.
¿Es mucho decir que la identidad nacional brota, se apuntala, se consolida en la historia local? La gente ha de saber que en el sitio por el cual entró en la vida y donde asimiló los amores y valores primeros y decisivos, o donde reside, vivieron antes otros seres que añadieron pensamiento y acción fundacionales a viviendas y paisajes. El pasado del lar municipal no está vacío. Uno habita en el vacío que antes colmó otro. Soy, en cierto sentido, por aquel que es mi vecino y antecesor en la tradición. Mi semilla.
El ombligo de la historia y la cultura no exhibe su oquedad en el abdomen del último, sino en el del primero. El cordón avanza hacia atrás. Y a él debo el perfil iniciático. Aunque a veces lo olvide culposamente.
Hace mucho escribí un artículo argumentando la idea de que los héroes de la patria pueden morir dos veces. La primera, como sabemos, el día en que saltan sobre el tiempo y se mudan a la Historia. La segunda vez, cuando… nosotros los matamos. ¿Y hay acaso pueblos asesinos de sus héroes?
Escribo figuradamente. Pueblo que maltrata su historia se desintegra, porque demuele los bloques sobre los cuales halla solidez, figura y tamaño. Pero morir o dar muerte no son conceptos unívocos. ¿No decimos acaso: estoy muerto en vida? Y cuando la tropología popular inventó esa metáfora sabía la relatividad del no ser, que es la muerte. Y uno puede no ser siendo, si vive deprimido, descreído, sin acicates que diversifiquen y coloreen los impulsos interiores.
Los héroes, pues –y me refiero a los personajes decisivos de la Historia-, pueden morir otra vez sin que haya que repetir el acto físico de extirparles la vida. Los matamos cuando los alejamos de los vivos, cuando los representamos descalzados de sus botas humanas, descontaminados de imperfecciones. Hace años hablaba de estas ideas con Humberto Ballesteros, en aquel instante joven historiador de Jagüey Grande, y hoy convertido en un recuerdo que ahora reavivo, porque aún me agobia la inconformidad con su prematura muerte, hace ya también más de una década. Su recuerdo es quizás la ración de añoranza que introduzco en estas líneas tan raras. Ballesteros no siempre estaba de acuerdo con cuanto yo escribía en Bohemia, pero en esa charla –un día cuando me le aparecí en Jagüey para colectar datos sobre el naufragio del Valvanera, que yo supe que él poseía- coincidimos sin polemizar. Coincidimos en que los héroes, para que sean de verdad propuestas morales, han de dibujarse en toda su dimensión de hombres capaces de errar, pero capaces igualmente de erguirse sobre el error y responder en hora a las exigencias de su momento.
Y Ballesteros ejemplificaba el concepto contándome una experiencia entonces muy reciente. Hablaba de Antonio Maceo a alumnos de una secundaria básica del Plan Citrícola de Jagüey Grande. Y fue silueteando el perfil maceico… Expuso en verdad: colérico, ético, a veces injusto, valiente. Lo bojeó en la integridad de un hombre a quien nada humano podía hacerle ajeno, como definió desde la antigüedad latina la resobada sentencia de Terencio. Y al finalizar, el profesor preguntó: ¿No sería más fácil ahora intentar ser como Maceo?
-Sí, profesor; ahora es un hombre.
Y del brazo de un hombre que respiró el aire que más tarde respiré, de mi General Carrillo ando por las avenidas de la historia de mi país.

viernes, 9 de julio de 2010

ERROR CON ERROR SE PAGA


Por Luis Sexto

No sé cuándo quise responder la pregunta de por qué el hombre tropezaba dos veces con la misma piedra. Creo haber dicho que tropezaba porque desconocía las lecciones del pasado o porque… quería. Claro, me basaba en esa verdad que circula convertida en una frase latina: Errare humanum est. Es decir, que es propio del ser humano equivocarse, pero equivocarse dos veces en el mismo terreno, en el mismo asunto… Ah, ya eso es algo más que equivocarse.
Lo pienso ahora como lo pensé hace meses. Y regreso al tema, porque recientemente le oí decir a cierta persona que en Cuba estábamos acostumbrados a trabajar sobre el error. Lo decía con seriedad. Y no con ánimo de crítica, sino aceptando que esa era nuestra norma, nuestro método. Equivocarnos y tratar de rectificar. No resulta esa, desde luego, mala política. Uno yerra y corrige el error. Saludable. Justo. Lo que ocurre es que el contexto en que tan filosófico aspecto se ventilaba, admitía que habitualmente se corregía el error… con otro error.
Así el problema cambia de faz. Y lo que se apreciaba como un rostro amable, se transforma en la cara arrugada, repulsiva, de la bruja de Blanca Nieves, o en la del novelístico Retrato de Dorian Gray, el libro de Oscar Wilde, cuyo personaje, en un pacto con el diablo, se mantenía joven, pero su retrato adquiría las arrugas de todos sus yerros y pecados. Al final, podemos imaginar aquella pintura. Espantaba. ¡Cuánto mal había hecho aquel sujeto en su perdurable juventud! Su historia se resumía en un error sobre otro error.
No quisiera admitir que por algunas esquinas de nuestra patria pululan los retratos de Dorian Gray. Esos que rectifican a ojo pelado, siguiendo imperativos cuya ejecución es inmediata, sin pretextos, burocráticamente ordenada y burocráticamente ejecutada. Y la película filma y filma metros de cinta sin cambiar de imagen: Hoy corriges aquello que hiciste mal, y mañana, cuando se hace necesario rectificarlo, actúas cañoneando la razón en una segunda vuelta. Y la noria gira, gira, gira…
El hombre, pues, tropieza dos veces con la misma piedra, porque ignora las lecciones de la historia, la experiencia, la ciencia, o porque desea equivocarse; le importa poco el gasto, que al fin él no paga, y solo le interesa cumplir a cualquier costo. Lamentablemente, todo esto no significa la trama de una novela o el guión una película. Es verdad. La mentalidad burocrática nos empuja, incluso, a no tener en cuenta a la gente. ¿Que hace daño? ¿Que la solución de un problema molesta a los vecinos? Bueno, no estamos para reparar en exquisiteces. Ah no, compañero; los molesta porque hace diez años, cuando se construyó esto, ya los molestaba; ahora, con la solución, se agrava la molestia. ¿O cree usted que es solo un capricho, un preciosismo vecinal? Tenga en cuenta que aquello violó las leyes sobre el medio ambiente, y que esto otro, el llamado mejoramiento, las sigue violando, y los vecinos han sufrido perjuicios y los seguirán, ahora sufriendo. En suma, dos perjudicados: leyes y ciudadanos. Y también la racionalidad de la economía y de lo social. ¿Adónde vamos a parar?
Ojalá que no sea verdad. Pero lo es. Es un filme, más que realista, real, aunque yo lo exponga figuradamente, como en neblinas.

jueves, 1 de julio de 2010

CRONISTAS DEL NUEVO TIEMPO

Por Jesús Arencibia Lorenzo

«El gran periodismo, es decir, el verdadero y el único, realiza el milagro de perpetuar lo efímero». Tal vez esta frase del insigne profesor Raimundo Lazo haya sido la brújula de las estudiantes Donarys Cruz Cruz y Leydi Torres Arias para emprender sus tesis de licenciatura como periodistas, en la Universidad Central de Las Villas «Marta Abreu» (UCLV).
Los trabajos de diploma, titulados: «Un análisis discursivo de la sección Abrecartas escrita por Guillermo Cabrera Álvarez en Granma en el contexto de Período Especial en Cuba (1994-1998)» y «La vida en crónicas. Análisis de contenido de la vida de Luis Sexto en Crónicas en Primera persona», ahondan en el quehacer profesional de dos de los paradigmas de la prensa nacional en las últimas décadas.
Guillermo (1943-2007), El Guille, o el Genio, apodo que le colocó el Comandante en Jefe Fidel, marcó pautas intelectuales de altura en medios como las revistas Mella y La Calle y los diarios Juventud Rebelde (JR) y Granma; de este último fue subdirector editorial.
«Abrecartas», sección a su cargo el órgano del Partido Comunista Cubano, constituyó un apartado de correspondencia particularmente agudo y reflexivo, que conectó a la publicación con sus públicos. El discurso de este espacio emplea «proposiciones críticas y reflexivas. El acontecer del cubano y sus inquietudes relacionadas con el Período Especial se enfocan desde un punto de vista analítico e interpretativo», apunta Donarys en las conclusiones de su investigación. El maestro de periodistas utiliza estos abordajes pues «a pesar de las carencias y dificultades, existían insuficiencias administrativas y organismos que obstaculizaban la solución de los problemas».
Era como si constantemente Guillermo dialogara con sus lectores, destacó en su exposición la estudiante de la UCLV. Y esta cualidad, precisamente, fue la que hizo tan relevante su incursión posterior en otros medios, como la que de 2001 a 2007 mantuvo en «Tecla Ocurrente», popular sección del Diario de la Juventud Cubana.
Y si de de puente con las audiencias hablamos, es notable el que ha desarrollado durante su carrera el periodista y profesor Luis Sexto (1945). Destacado reportero y columnista de medios como el deportivo Listos para Vencer (LPV), la revista Bohemia y el propio JR, Luis ha sido además, maestro de generaciones en la Universidad de La Habana.
A su sapiencia se deben varios títulos para la docencia como Periodismo y Literatura. El arte de las alianzas (2006) y Asunto de Opinión (2009), ambos de la Editorial Pablo de la Torriente Brau.
Leydi Torres ahondó en las huellas vitales del escritor en su espacio fijo de crónicas en JR. Pues Luis, aunque ha transitado con elegancia estilística y hondura filosófica por todos los géneros de la profesión, posee dotes relevantes que lo emparientan con los mejores cronistas cubanos.
«En las remembranzas de su vida, Luis Sexto demuestra ser un excelente narrador. Recrea el ambiente, imbrica al lector en las calles habaneras, lo traslada a conocer a personalidades de la cultura cubana. Mediante la narración en primera persona transmite emociones, tristezas, filosofía de vida…Se auxilia de la anécdota para compartir sucesos que pudieran ocurrirle a otros y que reflejan además rasgos de la sociedad», señala la novel investigadora santaclareña en el colofón de su estudio.
Las tesis de Periodismo en la universidad central del país en 2010 —cuyas defensas concluyen esta semana— han incluido estudios sobre los titulares y la fotografía en el periódico cienfueguero 5 de Septiembre; la recepción del semanario Vanguardia, de Villa Clara; el desarrollo de la radio en Caibarien y el discurso de la revista Cine Cubano.
A las exposiciones han asistido personalidades y directivos de la prensa como el vicepresidente de la Unión de Periodistas de Cuba, Antonio Moltó Matorell, y la profesora Miriam Rodríguez Betancourt, Premio Nacional de Periodismo (2010).
A juicio de varios profesionales, aún falta mucho en el camino de integración de las investigaciones universitarias y las rutinas diarias de los medios nacionales.
«Solo el futuro nos aprueba o desaprueba toda la letra que, siendo cronistas de nuestro tiempo –como nos llamó Carpentier- vamos dejando al mandato de una vocación rápida e inquieta, incómoda e ingrata a veces. Si en verdad servimos, algo de lo nuestro saldrá de la endeble papelería de las bibliotecas y todavía ofrecerá sugerencias de juicio y de estilo al futuro», afirmó Luis Sexto.
Con la vista en ese horizonte se graduarán el próximo día 16, Donarys, Leydi y los demás muchachos del centro de la Isla que pronto oxigenarán con nuevas rebeldías las redacciones de los medios cubanos.

jueves, 17 de junio de 2010

LADRAN, SANCHO, SEÑAL ES DE QUE ANDAMOS

Por Luis Sexto

El dogma, que su primitiva raíz griega remite a "camino correcto", ha venido a significar modernamente, en el lenguaje político, todo lo contrario: el no camino; el por aquí no se pasa. Sus efectos son conocidos: intransigencia irracional, anquilosamiento, recurrencia del círculo vicioso. Y por ello parece que una de las alusiones más relevantes del discurso de Raúl Castro en el congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, el pasado 4 de abril, es la referente a la necesidad de "romper dogmas".
No ha sido común admitir oficialmente la supervivencia de una mentalidad dogmática en Cuba. Y quizás podríamos reconocer algo más en el texto que leyó el presidente cubano: estimable parte de su contenido tiende a atacar el dogmatismo. ¿O qué, si no, significa recomendar que los nuevos dirigentes de la UJC -y por extensión los del país- sean capaces de sostener diálogos con mente abierta, y rechacen la repetición de consignas y escuchen y argumenten racionalmente ante las discrepancias no antagónicas, que no han de ser asumidas como fuentes de problemas sino de soluciones?
Quien no quiera ver, tal vez siga siendo un ciego culposo, o un dogmático. Pero, según un criterio recto, el primer paso para resolver un problema es admitirlo; luego, expresar la voluntad de intentar solucionarlo. Y ambos requisitos, a mi modo de ver, los cumplió Raúl Castro en su reciente discurso. Pero esa profesión de fe antidogmática no opera necesariamente como un conjuro, una fórmula mágica que haga abrir puertas, demoler paredes y muros; o lavar oídos. Incluso, la misma cautela que volvió a definir como una norma táctica en la "actualización del modelo económico cubano", está directamente relacionada con esa mentalidad rígida, asentada sobre verdades preestablecidas, tras las cuales muchos en Cuba, ciudadanos o dirigentes, se abroquelan.
La palpable resistencia burocrática a la renovación se entronca, en efecto, con el dogma, con el culto supersticioso a ciertas "verdades" intocables. Apartemos, por hoy, la madeja de intereses orgánicos que puedan ligar a un individuo o conjunto de individuos a persistir en un camino sin salida reputado de "correcto". Y reparemos en que la tozudez de ciertas tendencias a retrancar, retrasar -a veces inconscientemente- una política de reforma, incluso de rectificación en lo económico, se junta con un enfoque doctrinario que convierte ideas y principios en una especie de código, manual tan irrevocable como la postura de un ídolo.
Ese tipo de fundamentalismo de izquierda se aprecia hasta en algunas de las cartas a Granma. El periódico suele mezclar las opiniones que publica en su ya popular sección de correspondencia de los viernes: no se inclina a ningún extremo; más bien establece un balance entre las opiniones, algunas de ellas opuestas entre sí. Las más ortodoxas azuzan el peligro del capitalismo como un lobo disfrazado de abuelita, y en la práctica sus prevenciones confunden en un mismo paquete la propiedad privada de los medios fundamentales de producción y la propiedad cooperativa o la pequeña propiedad privada artesanal o en los servicios más domésticos. Con lo cual uno se percata de que el exceso de celo más que definir una actitud de apego a la letra, encubre también el desconocimiento, en parte, de la teoría socialista y del pensamiento de los clásicos marxistas y leninistas.
Otras cartas, las más equilibradas, también defienden la pervivencia del socialismo y de la independencia política frente a los Estados Unidos. Pero no pecan de extremistas. Sugieren abrir, afrontar riesgos, porque prefieren el riesgo de andar, al de perecer dentro de un esquema socioeconómico que ya ha perdido vigencia por su inoperancia ante una circunstancia cualitativamente distinta a la que lo vio surgir.
En esa dicotomía, en ese querer lo mismo apelando a caminos no correctos para el dogma, hierve hoy la discusión en Cuba. Y dentro de esa contradicción, claramente no antagónica, se mueve la actualización, la renovación del socialismo cubano, que supone un reajuste distanciado de la herencia del llamado socialismo real. ¿Cuánta duda o inconformidad podría provocar la eliminación de los subsidios estatales, la readecuación del Estado que hasta ahora ha sido previsor y provisor único? Estas ineludibles medidas tienden a atizar suspicacias en el dogma que asignó al Estado socialista la misión de complacer, dar, premiar sin exigir correspondencia.
Desde hace varios meses, este comentarista viene confirmando su parecer sobre la realidad cubana. Me ha inquietado, como a otros compatriotas, lo que uno ha tildado de demora, de peligro de llegar tarde, que peca también de impolítico, tanto como llegar temprano. Pero he admitido, en cambio, los escollos endógenos que van más allá de una oposición interna virtual, cuya fuerza artificiosa no degrada la paz interior del país. Escollos que suponen los enfoques de cambiar empleando las viejas e ineficaces fórmulas frente a las urgencias de actualizarse buscando un camino un tanto heterodoxo hacia el socialismo, hoy básicamente solo una aspiración de vivir en bienestar, igualdad y libertad, además de en independencia. Una aspiración no acabada del socialismo, porque aún le falta concreción creadora en estructura y en conceptos renovados sobre la eficiencia, la eficacia y la efectividad, a pesar de todo lo enriquecedor que le ha aportado a la nación cubana.
Fijémonos, siendo honrados, que como escollo pretende ganar beligerancia, influencia en el interior de Cuba, el otro dogma, el que dicta hoy la encarnizada oposición que desde el extranjero echa sobre la acción de los cubanos de dentro el veneno cocido en laboratorios de servicios secretos. Somos el patito feo del planeta, según el lenguaje de la Internacional de la calumnia. Un día tras otro revisando periódicos, televisoras, declaraciones de políticos y gobernantes mediáticamente serios, nos van dejando, entre muchos trabajos, algunas verdades. Y me parece que una de las más recientes consiste en que cuantos se dedican a denigrar al gobierno cubano y con él a los principios de la revolución del 59, ofrecen un punto vulnerable: suelen recibir la flecha allí en el talón donde se les esfuma la credibilidad. Porque no parece atinado creer a quienes niegan toda virtud en el que atacan con tanta aplicación. ¿Lo que poco vale, merece tanto aire, tanta atención?
Esgrimen, desde luego, los artilugios de la geopolítica., devenida programación cibernética de una mentalidad general que pretenden globalizada. ¿No es acaso verdad que tanta furia enlatada recuerda una frase de Don Quijote? Rememoremos, o imaginemos, aquel episodio cuando el Caballero y su ayudante andaban por caminos fuera de toda aparente cordura, trazados por la voluntad cuerda de quien tachaban de loco, y al salir los perros al camino con su dogmático gruñir de por aquí no se pasa, 'dicen que Don Quijote dijo: Ladran, Sancho, señal es de que andamos. Y por lo visto y oído, los perros no quieren que Cuba ande. (Tomado de Progreso semanal)

lunes, 14 de junio de 2010

OH, LA HABANA

Por Luis Sexto

Ciudad idiota llamó Miguel Ángel Limia a La Habana. Más o menos contemporáneamente, Jorge Mañach admitió que era indiscreta e ingenua como un muchacho grandullón. Un poco antes, Miguel Ángel de la Torre la tachó de ciudad pecadora y soberbia. ¿Quién entonces no tenía una queja contra la capital? Rubén Martínez Villena, que había afirmado que Limia era el cronista de aquella generación y que polemizó con Mañach sobre poesía y política desde la izquierda, también desahogó en esos días de la década de los 1920 un eructo sobre La Habana y sus ediles, al recoger en una crónica el fanguillo indeleble que, tras la lluvia, se amontonaba en las calles y salpicaba automóviles, pantalones y piernas con ronchas de sarampión negro.
Hoy pasa lo mismo. Aunque ya la crónica no es en los periódicos “la sonrisa de la primera plana” que festejó el propio Miguel Ángel de la Torre, la gente echa en el tintero de la prisa callejera sus invectivas sobre la ciudad. La irreverencia colorea la relación con La Habana. Unos la maldicen; otros la rebajan. Le gritan sucia. Caliente. Bulliciosa. Y sin embargo, ahora como antes, vivimos entre el odio y el amor. Porque, detrás del insulto, estira sus dorados crespos la melcocha, el ditirambo, el ronroneo de los felinos inferiores cuando se rascan en las canillas del amo.
Lo más impresionante de esta paradójica tradición de insolencias y querencias se halla en que lo menos habanero de La Habana son sus pobladores. Limia vino de Baracoa; De Sagua, Mañach; de Cienfuegos, De la Torre; Rubén, de Alquízar. Y miles que pasan por ser de aquí, somos de… por allá, del Juan de las Quimbambas que a veces no aparece en el mapa. Ninguno de aquellos nombres de prosa enhiesta y talento zahorí abandonó la ciudad idiota, indiscreta, ingenua, soberbia. Ni otros, con menos alcurnia, hemos abandonado después la sucia, caliente, bulliciosa ciudad. A pesar de las demandas, del pleito cotidiano con la insuficiencia o la desmesura, La Habana es única, irrepetible, insustituible, máxima, para los mismos que la denostan.
Sus inicios de villorrio fueron inconstantes. Como nuestro amor. La semilla de la ciudad futura se movió saltando tal un caballo de ajedrez. Puso sus cascos de guano y adobe en tres casillas distintas: primeramente en el sur, en un sitio que nadie podrá asegurar por el momento, con puntería histórica, si fue Batabanó o la desembocadura del Mayabeque, o un punto más adelante, quizás empeñada en calificarse dentro de la actual provincia de Pinar de Río; después al noroeste, cerca del hoy barrio de Puentes Grandes, y luego se asentó al borde de la bahía. Vino prehecha, en el sofocón de las carabelas, agitándose en los esquemas medievales de los conquistadores.
No hay que descubrirla. Pero ha sido descubierta una y mil veces, cuando algún cubano se hospeda en La Habana con la sensación de llegar a la gaveta de los misterios nacionales. Y se engendra así el primer enigma. Porque de pronto nuestra relación con La Habana comienza a desenvolverse de persona a persona; la tratamos como un ser vivo. La ciudad se introduce en el recién llegado por el olor -como una mujer con su perfume-, cuando entrando por ferrocarril, o en ómnibus, desde el oriente –incluso en tren desde occidente- lo agarrota a uno el vaho inigualable de gas y humo, monóxido y pescado de la zona de Tallapiedra, ahí, donde otro cronista de aquellos tiempos atinó a decir que se retorcían los intestinos de La Habana. Y al pasar en mayoría por la puerta del retrete, descubrimos la humanidad espacial de La Habana.
Y por qué tan humana. ¿Cuál ensalmo o conjuro amarra de modo tan pugnaz y tierno la relación entre la ciudad y sus habitantes, ese te odio y te quiero, esa lágrima por que te añoro y esta otra por que no te soporto? Oh, La Habana… Es un ser vivo, porque nació en la contradicción. Se levantó junto al agua, lejos de la que podía beber. Contaba cuatro casas de familia alrededor del Castillo de la Fuerza, y los vecinos se recreaban en 50 tabernas, y fue albergue de dos futuros santos –San Luis Beltrán y San Francisco Solano- y al par crucero marinero de putañerías y escándalos… La hicimos y nos hizo. Como nos dobla la imagen un espejo. Y después de saberlo qué queréis, pregunta mi amigo Argelio Santiesteban, experto en habanerías. ¿Qué queréis: el vuelto?