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miércoles, 8 de septiembre de 2010

OPINIONES LARGAS Y CORTAS

Por Luis Sexto
La doble moral es, a mi parecer, el problema ético más grave de la sociedad cubana. ¿Sabemos en verdad qué es la doble moral? Al menos sé que no se trata de una moral de uso y otra de repuesto, como una muda de ropa. Más bien hablamos de la que adopta dos –o más- caras, dos visiones, dos criterios, dos conductas ante la gente y las cosas. Una actitud y un actuar poliédricos…
A veces la remitimos exclusivamente a la vida familiar: a la infidelidad. El varón con dos mujeres, dos casas. Todo doble. Pero eso no es cuanto se puede aportar en la definición de la doble moral. Su alcance atañe a la salud política, social, cultural, ética de la sociedad. Hace mucho que estamos en contra, al menos con las palabras, de que alguno diga sí pensando que es no. Que estime de bueno esto o aquello, y luego, en otro sitio, diga que es malo. O salgamos de donde hemos aplaudido y en los pasillos empecemos a destilar la inconformidad…
Así de tortuosa, irreverente, clandestina resulta la doble moral. Unos 20 años atrás, pregunté a un especialista su parecer sobre el teatro cubano de entonces. Publiqué su opinión, tan elogiosa que percutía los tambores del triunfalismo. Días más tarde, ese mismo experto, en una reunión que no era para publicar, dijo todo lo contrario. Le exigí cuentas. Mi periódico había hecho el ridículo. Me dijo muy orondamente que el tenía dos opiniones: una corta y otra larga. Y me había respondido con la larga. Es decir, la publicable. La sin conflicto.
Ya no vale la pena juzgar a ese compañero, muy competente y ya difunto. Lo básico es reflexionar de modo que lleguemos a saber porqué una persona inteligente, preparada, prestigiosa, teme repetir en público lo que dice en un ámbito escueto con toda certeza y justicia. No conviene ponerse a tirar cañonazos contra los que obran de esa manera, sin intentar explicarnos las causas de la llamada doble moral. Bombardear el efecto sin apuntar la razón última -o penúltima, que a más no puedo aspirar en este breve espacio-, equivaldría al ejemplo del perro que quiere morderse la cola…
¿Uno practica acaso la doble moral, porque es perverso? Podría ser. Pero lo que si no parece ser es que muchos seamos perversos y finjamos por el gusto de fingir. Me niego a aceptarlo. A mi entender, la sociedad ejerce determinada presión para que, en términos generales, florezca la doble moral: el pensar una cosa y obrar como si se pensara otra; exigir de los demás que actúen de una manera y luego actuar de manera opuesta. De ahí, de ese enconchamiento, de ese proteger lo más interior de uno, proviene esa otra manifestación que llamamos unanimidad. ¿Alguien en contra? Nadie. Qué raro.
Así sucede en ciertas asambleas laborales, sindicales y de otra especie. Uno calla lo que podría servir como un nuevo enfoque, algo distinto a cuanto se está diciendo o creyendo, pues, quizá, si expresara su parecer, saltaría alguno de la masa o de la mesa como si fuese a… comérselo. Sí. Esa es la palabra, aunque parezca impropia. Lo he visto con frecuencia en mi ya añoso quehacer periodístico. Y cuantos arremeten contra “el hereje” creen que el mundo, el nuestro, se despedaza si un prójimo expone un criterio contrario al mío o al nuestro. Vaya. La intolerancia, en su tuétano, expresa el miedo a no saber defender las ideas que uno sostiene. ¿Y de verdad las sostenemos si somos incapaces de defenderlas racional y civilizadamente?
Claro, el que práctica la doble moral no es inocente. Ni totalmente víctima. Cómo mínimo yerra por pusilánime. Y sin ánimo de posar como catedrático deduzco que la doble moral y su derivado la unanimidad –tan ligadas, por la otra cara, al oportunismo- dañan a la sociedad cubana. ¿Cómo sabremos que el que dice estar hoy con nosotros, mañana no estará en la posición contraria? No todo el que dice compañero, lo es. Pero hay que llamar a todos compañeros y dejar que, en efecto, este o aquel lo sean o no lo sean, con franqueza y libertad.

domingo, 7 de marzo de 2010

CUANDO ENGORDAN LOS PROBLEMAS

Por Luis Sexto
Una carta difundida en Hablando Claro, espacio de Radio Rebelde donde me enaltece participar tanto como en este periódico, nos recordó hace pocos días que los problemas tienden a engordar –esa es la frase del autor- si no se les ataca o si ni siquiera se les oye. No es mi propósito reproducir el texto en esta columna. Me valgo de ella en términos generales, solo para reflexionar sobre cómo ciertos problemas pueden derivar en un problema mayor, incluso irresoluble, a causa de la indiferencia.
El tiempo, lo reconocemos casi intuidamente, no se parece a una cuenta de ahorro que acumule intereses millonarios. Más bien, el tiempo carece de fondos. Y desde muy joven aprendí a nombrar esa actitud de echar al rincón las urgencias como “convivir con los problemas”. Desde luego, resulta cómodo mirar solo hacia un solo lado, allí donde hemos previsto que todo discurra planamente. Pero si en la peripecia doméstica, olvidarse del salidero o despreocuparse de con quiénes juegan y pasean nuestros hijos implica abocarse a una tragedia familiar, en lo político y lo social el resultado aumenta sus capítulos e incisos.
Cuando Raúl se refirió en 2007 a la necesidad de cambiar conceptos, me figuro que también incluía el cambio de la mentalidad predominante entre nosotros; a esa visión rígida, solemne, casi litúrgica, que aguarda por que alguien, de más arriba, levante el dedo para actuar. Vivimos perennemente en guardia, en una mentalidad de control y autocontrol que, evaluada en su provecho práctico, enrarece y deforma un tanto el clima de creación y trabajo en el país.
Esa mentalidad de hierro fundido, engordada en los años de periodo especial, tiene diversos ingredientes. Uno de ellos se remite a la estructura vertical de nuestra sociedad. Lo que quizás, por razones de supervivencia, fue necesario en un momento, hoy, en circunstancias internas y externas distintas, entorpece el avance hacia un país superior, capaz de multiplicar las posibilidades del gobierno del pueblo, para el pueblo y, sobre todo, con el pueblo, ente que compone la imprescindible base horizontal en Cuba. Si esa base faltara, cualquier sistema de raíz popular se transformaría en un régimen burocrático.
Por tanto, ese concepto estrecho de los deberes políticos, ese creer que hacemos bien cuando callamos nuestro parecer o reprimimos un juicio polémico determina que muchos de los espacios sean pobremente utilizados. Dicho de otra manera: hemos convertido en norma el creer que todo peligra si pensamos en voz alta o si actuamos sin órdenes ante las urgencias que en nuestro espacio se levantan. ¿En qué han venido a resultar, por ejemplo, las asambleas, o algunas de las asambleas, de rendición de cuentas, ámbito eminentemente democrático y socialista que, en diversos aspectos ya carece de la atmósfera de intercambio, de pulso que mi memoria aún conserva? Contemporáneamente hemos -yo al menos- soportado que cierto delegado nos advierta: no me hablen de esto, y de esto ni de esto otro... El análisis racional nos recomendaría, en cambio, que por ser esos los asuntos complicados merecerían la discusión colectiva.
La fría retórica, en suma, distingue a muchos actos y debates. Una retórica cautelosa que habla en nosotros para diluirse en el plural, que no compromete. Pero ¿alguien acaso puede asegurar que en nuestro país esté vigente una estrategia de la indiferencia, un código de la pasividad, una arquitectura que diseñe oficinas para que no penetren quejas e inquietudes y no salgan soluciones ni explicaciones responsables?
Responsables, en efecto. Porque toda acción que intenta resolver problemas o toda palabra que pretenda explicar el porqué no se pueden solucionar es un acto de responsabilidad. Lo irresponsable sería echarles el maíz de la indiferencia para que engorden, como dijo aquel oyente cuando nos escribió a Hablando Claro pidiendo que comentáramos su particular situación después de dos años yendo de una a otra oficina, y ver al fin cómo se abultó lo que, atendido a tiempo, hubiera resultado menos costoso. El sobrepeso, aun en los problemas, compromete el paso y la salud.

domingo, 25 de octubre de 2009

PALABRAS CLAVES

Por Luis Sexto
Una lectora me envió un mensaje en el que usa dos palabras a mi entender claves: flexible y extremo. Es decir, deducía ella que para lograr un enfoque constructivo de las relaciones laborales y, por extensión, de las sociales, las actitudes inflexibles y extremas son contraproducentes.
Varios mensajes entraron en mi bandeja esta semana para intentar proseguir un debate, cuyos términos, lamentablemente, deben quedar en el único sitio posible: el correo del periodista, porque no dispongo de espacio para publicarlos. Entre las dos o tres ideas primordiales de una de mis notas recientes, una gozaba del mayor énfasis, aunque no del mayor espacio: el enfoque constructivo en nuestros juicios sobre la realidad. Suelen obrar así las técnicas del periodista, cuyo acierto radica en salir a la circulación, para dispersar la inquietud que conduce a pensar, y no quedarse en blanco o a medias por un ímpetu excesivo y, por tanto, inconveniente.
La lectora convoca a ser flexibles, esto es, a mirar la realidad desde una posición realista. Ella, cuyo nombre no transcribo, pues no le pedí permiso, dice, al final de su mensaje, luego de enumerar una cantidad de dificultades del ciudadano común, relacionadas con el transporte, la hora de entrada en los centros de trabajo y los horarios de las oficinas públicas- obstáculos todos que limitan el cumplimiento estricto de la disciplina laboral-: “No tengo dudas de que sí las cosas no son de otra manera, por gusto no ha de ser; por tanto, una de cal y otra de arena: sean flexibles para compensar los déficit, ello sin caer en los extremos que siempre son malos. En fin hay tela por donde cortar con este tema de forma constructiva y sin renunciar a todo lo bueno que una sociedad socialista brinda.”
Lo veo claramente. Si a veces echamos de menos el enfoque constructivo en la solución de nuestros problemas, me parece que puede responder a una total falta de flexibilidad. Vemos la vida de modo absoluto, irremovible, rígido, porque las cosas han de ser como dice la teoría, o como deseamos que sean, aunque se maltrate a la teoría y a la práctica. Olvidamos, desde luego, que hay deseos imposibles de conseguir en determinados momentos, y que aplazarlos hasta tanto concurran las condiciones que lo propicien es un acto de racionalidad. El ciclón derriba los árboles que se le resisten; los que se joroban, se flexionan, suelen permanecer erguidos después que pasan los vientos.
Una antigua raíz de política, remite el origen de la palabra a “polis” –ciudad en griego-, y por tanto un significado inicial establecería que la política es la ciencia que se ocupa de los asuntos de la “polis”. ¿Ciencia? Sí, y también arte, delicado arte que necesariamente no implica esa otra palabra que menciona la lectora: extremos o extremismo. Hace poco le dije a un amigo muy querido que a veces era preferible el medio. Y él, muy apurado, me dijo que Dante había colocado, en uno de los lugares más calientes del Infierno, a aquellos que no tomaban partido. Le repliqué diciéndole que el filósofo chino Lao Tse, tal vez más profundo que el Dante, definió que el medio no era una posición, sino la lucha por no irse a uno de los extremos.
El enfoque constructivo -que rechaza suponer que todos somos culpables hasta tanto demostremos nuestra inocencia, sino todo lo contrario- lleva dos ingredientes que aclaran y precisan la imagen en sus cristales: la flexibilidad y el equilibrio. Ni tanto para allá, ni tanto para acá. En lo justo, que es lo posible. Y hacer lo posible es lo racional. Y todo lo racional es responsable. Y realista, digo adecuando la frase de un filósofo de los de verdad.

lunes, 12 de octubre de 2009

ASPIRAR A QUIJOTE Y QUEDAR EN SANCHO

Por Luis Sexto

El sentido del deber ha de tener sentido
He estado pensando si el sentido del deber basta para que los individuos y las colectividades se concilien con la sociedad y sus normas. Me refiero, en particular, a las obligaciones del trabajo, reflejadas en un convenio, a veces tácito, en el que dos partes: el contratado y el contratante, se comprometen a “cumplir con su deber”.
Habitualmente nos hemos educado en el sentido del deber como un fetiche ante el cual hay que postrarse sin condiciones. Tanto así es que incluso, cuando alguien intenta justificar alguna acción fea, acude a esa razón que ha de estar fuera de toda duda: “He cumplido con mi deber”, aunque haya ensuciado un prestigio por cualquier tontería o por un afán incontenible de hacer daño.
Existen filósofos para quienes el sentido del deber significa una especie de “imperativo categórico”; otros piensan contrariamente: creen que el deber, así, a secas, no lleva muy lejos a la generalidad del ser humano. En todo caso conduce a producir personas rígidas, sin matices, medio autómatas.
Entre uno y otro conceptos es evidente que este columnista se queda con el deber entendido relativamente. Ni poco, ni mucho. El justo, el necesario para que la sociedad sea un conglomerado de hombres libres. Es decir, de hombres y mujeres que elijan voluntariamente cumplir con su deber.
Entre nosotros los cubanos se ha probado que el deber impulsa a subir la escalera del heroísmo. Pero los que llegan son los menos. Los héroes no son las figuras más abundantes. Detrás de cada acto heroico, hay miríadas de acciones pusilánimes, hechas a medias o nunca hechas. Es la medida de lo común y lo corriente. Eso que somos casi todos. Me parece que José Martí pensaba de ese modo cuando admitió –y cito la idea no la letra exacta- que pocos hombres podían llevar el decoro de muchos.
Desde luego, hemos de aspirar al héroe. Aspirar a Don Quijote –como dijo alguien que he olvidado- para quedarnos en Sancho, esto es, superar a Rocinante.
Ahora bien, si de verdad queremos aspirar al héroe, o cuando menos al ciudadano cumplidor de leyes, normas y contratos, hace falta, tanto como el sentido del deber, que el deber tenga sentido. El más somero estudio de la psicología y las tendencias humanas nos confirma que, para vivir, las cosas han de tener un sentido. Trabajar para qué, puede uno preguntar. Pues, para comer. Y comer para qué. Hombre, para vivir. Y vivir para qué… La respuesta a esta última interrogante podría ser múltiple; unas extremas, de un lado o del otro. Mas la correcta es la que está en el medio. Ni tanto para la derecha ni tanto para la izquierda. En el punto de equilibrio, que según un filósofo chino muy antiguo no es una posición sino la lucha por no caer.
Para terminar estas líneas, que podrían aparentar un misterio que no tienen, pues se refieren a los problemas y las soluciones con que actualmente pretendemos eliminar en Cuba la indisciplinas y la pérdida de rigor en nuestros centros de trabajo; para terminar, repito, estimo que junto con el restablecimiento del sentido del deber hace falta que el deber tenga sentido moral y material. Y, por tanto, además del código de obligaciones, el país necesita un sistema de estímulos que reavive la ilusión de trabajar para vivir. Plenamente.

miércoles, 18 de junio de 2008

LEVANTO LAS MANOS POR EL DEBATE

Por Luis Sexto

Suele ocurrirles particularmente en las izquierdas que unos pocos pretendan por momentos asumir la tarea de pensar, invalidando el entusiasmo de otros. Esa es una técnica de predominio antidemocrático en el ejercicio intelectual: para tener la razón basta decir que los demás no la tienen, porque a fin de cuentas estos son ilusos, ingenuos y todos los caracteres afines que distinguen a los que solo sirven para ejecutar lo que los “razonables”, los elegidos por la “verdad”, dictan en medio de un aura de privilegio infalible. La discusión, incluso la polémica, es, para estos profesionales de la división del trabajo político e intelectual, una vía cerrada por inútil y por… incómoda. Porque, en el fondo, quienes esquivan el debate negando el derecho de otros a contradecir, parecen estar tan inseguros en sus argumentos que no los exponen a la prueba. El tufo llega a nuestras narices en un aire conocido: el dogmatismo.
Hemos tenido prueba en estas últimas semanas. Tanto nos acerca la Internet que nada de lo publicado en la “red de redes “nos parece ajeno. Hemos estado al tanto del debate sobre el socialismo del siglo XXI. Algunos lo han creído necesario; otros lo estiman improcedente porque, a fin de cuentas, es una categoría bolivariana, latinoamericana: parte de Venezuela, específicamente del presidente Chávez, y todo cuanto se abone fuera de ese ámbito para intentar universalizarlo –dicen- yerra por equívoco geográfico y cultural. La postura es impugnable. Si Venezuela halla una fórmula para construir el socialismo, es hallazgo que atañe al mundo. Con la caída del “socialismo real” –o “realmente existente”- en el siglo XX, las aspiraciones de una porción de la humanidad quedaron sin paradigma. ¿Dónde radica la esperanza de cambiar las relaciones de sumisión y explotación por relaciones de libertad y solidaridad? ¿Cuál es el modelo exacto, justo, efectivo y perdurable? Un modelo pensado, porque, al parecer, la construcción del socialismo no puede dejarse a la improvisación, o a leyes ciegas que, en su torpeza, irán a parar presumiblemente al punto que intentan evadir.
Hablábamos, durante los últimos días, de la lexicalización compuesta por el sintagma “socialismo del siglo XXI”como un probable relevo ordinal o numérico del que lo precedió en la centuria anterior. Si hubo un socialismo, al menos uno, en el siglo XX, el que sobrevenga en este siglo tendrá que clasificarse temporalmente como del XXI. Esa posibilidad, desde luego, es la que nos inquieta: que todos sea un cambio de nombre y el corpus teórico y la subsiguiente práctica sociopolítica sea la misma del llamado socialismo del siglo XX, de origen marxista – un marxismo distorsionado, voluntaristamente aplicado-que por unas siete décadas rigió en la Unión Soviética y luego, tras la Segunda Guerra Mundial, se extendió con el Ejército Rojo por Europa oriental.
Parece forzado precisar que el socialismo posee más de una definición. Y todas dependerán, en su alcance, de la posición desde donde se configuran sus términos. Para mí, en una generalización neutral, el socialismo sigue siendo una aspiración de la sociedad humana. Creo que esa formación económico-social será la sucesora del capitalismo y la reivindicadora de cuanta injusticia, desmán, catástrofe de lesa humanidad nos deja la burguesía y su sistema. Y ya estamos hablando, necesariamente, de clases. No creo que el socialismo –sea del XXI o del XXXII- podrá prescindir de una verdad que Marx reveló para siempre: la historia humana es la historia de la lucha de clases. Quizás no sea tan evidente, pero en última instancia -según la adecuación equilbradora preferida por Engels- para que la sociedad humana sea realmente una sociedad de fraternidad, igualdad y libertad –viejas demandas de la revolución burguesa y no por ello menos necesarias- se precisa que los minoritarios sectores dominantes renuncien a sus intereses, o se les arrebaten para que los mayoritariamente dominados puedan hacer valer los suyos. Unos han pensado en conciliarlos. ¿Tendrán razón? Tal vez en la teoría la cuenta cuadre. Pero en la práctica… Ummmm. ¿Pueden los capitalistas renunciar a su cuota de ganancia media por amor a sus asalariados? Quizás un filántropo, que, por supuesto, dejaría de ser rico. Pero no toda la clase de propietarios.
No insistiré ahora en las formas en que los trabajadores han de tomar el poder político, sin el cual el socialismo continuará siendo una aspiración más que una concreción. Lo que quiero decir, sin absolutizar mis referencias, es que el socialismo de cualquier denominación –“cristiano”, “latinoamericano”, “asiático”- tendrá que tener en cuenta los hallazgos fundamentales del marxismo y utilizarlos creadamente, esto es, fuera de cualquier cercado dogmático, burocrático y, sobre todo, demagógico, esa actitud en la que el discurso y su ejecución no comparten la misma tienda.
Tampoco abundaré en cómo construir el socialismo. Los manuales han dado una lección a partir de 1990: la inconfiabilidad de los manuales. Solo creo entrever que el problema primordial de la construcción de socialismo radica en hallar la fórmula que les otorgue efectivamente a los trabajadores, en plena libertad, el papel dominante.
Voy, pues, a abordar lo más importante de esta nota. Algunos se oponen a este debate, porque creen que se les ajusta las cuentas al socialismo del siglo XX y a la Unión Soviética. Ese criterio se amarra a un equívoco. Si la Unión Soviética y el socialismo que ese gran país representaba se extinguieron, y con su disolución frustraron nuestras esperanzas, urge que ajustemos las cuentas, es decir, que profundicemos con la crítica en las causas que los tiraron hacia las alcantarillas de la historia. No se trata de echar campanas al aire por que hayan desaparecido, sino de indagar en las causas que, lamentablemente, condicionaron sus errores y limitaron lo que parecía estar llamado a la perdurabilidad.
Eso, me parece, es un ejercicio elemental sin el cual el debate afrontaría el riesgo de escamotear lo sustancial. Porque muy poco de aquella experiencia deberá ser en un segundo intento como fue en el primero. La imagen es vieja, tal vez grosera, pero oportuna: para cocinar una tortilla hace falta romper los huevos. Con los huevos en su cascarón solo podría hacerse, en un recetario urgente, huevos duros. Pero ya no sería una tortilla. Y así, pasando de la cocina a la política, habrá que admitir que las mejores acciones son las que primeramente rompen la cáscara de la reflexión y el debate en un concierto de diversas voces, incluso las disonantes.